Pero
incluso cuando nuestras convicciones nos permiten fácilmente
rechazar las grasas saturadas, el colesterol y las demás
sustancias nocivas animales, a veces identificar y eliminar
los aditivos y colorantes de origen animal, suele ser mucho
más complejo.
En
la antigüedad los alimentos se conservaban con humo, sal,
vinagre o especias. En la actualidad, la sociedad de consumo,
junto con la colaboración interesada de las industrias
químicas, nos incita a consumir cada vez más productos
manufacturados que -aunque dejen mucho que desear en cuanto
a valor nutritivo y características originales-, garantizan
el aspecto, y facilitan la preparación, conservación,
almacenamiento o el transporte de tales productos, enmascarando
también la falta de algún ingrediente o su baja
calidad: colorantes para dar incluso al producto un color mejor
que el original, emulsionantes, estabilizantes y espesantes
para mantener la textura, antioxidantes para evitar la oxidación
o cambio de color, saborizantes, para mejorar el sabor de algo
insípido y desagradabe, y conservantes con el fin de
retrasar su descomposición.
Además
de la relación de los aditivos con la industria alimentaria,
su uso también está estrechamente relacionado
con la proliferación de productos químicos: artículos
de limpieza, cosméticos, medicamentos, textiles, pesticidas,
y contaminantes de origen industrial, entre otros.
Para
la ética vegana el hecho de testar los aditivos en animales
es una razón de más para cuestionarlos y rechazarlos,
lo cual además de no garantizar su inocuidad los hace
aún menos fiables y más peligrosos.
Se entiende que los plaguicidas o pesticidas, no se consideran
aditivos propiamente dichos sino sustancias contaminantes añadidas
a la composición original de los alimentos de un modo
accidental, cuya composición exacta se desconoce. Lo
único que se puede decir es que los aditivos o aderezos
de origen natural suelen ser más inocuos que los de síntesis.
Dejando
aparte los aspectos relativos a la fiabilidad de estos ingredientes
-de importancia vital para la salud-, la práctica del
veganismo nos reta a descubrir qué productos de consumo
contienen sustancias animales -la industria alimentaria emplea
unos cuatro mil aditivos distintos-, cuyo origen puede ser cualquier
parte del cuerpo o extracto de un animal, (carne, músculos,
glándulas, pezuñas, pelo, etc.); productos obtenidos
de insectos como la abeja, o de los huevos y partes grasas de
la hembra del insecto Coccus cacti o cochinilla, de apariencia
similar a la garrapata, que se mata en agua caliente para obtener
el carmín de cochinilla o colorante alimentario (E-120)
que se utiliza principalmente en charcutería, yogures
de fresa y bebidas alcohólicas; los derivados de los
huevos y la leche; de origen mineral o sintético, o de
origen totalmente vegetal, los únicos éticamente
aptos para el consumo humano.
Los
productos provenientes de los animales a menudo se presentan
bajo nombres que no reflejan la naturaleza real del producto,
como "la jalea real", eufemismo que describe las secreciones
glandulares de las abejas, igualmente, el origen de los "saborizantes
naturales", o "colorantes autorizados", puede
no ser otro que un insecto machacado, el mineral de una mina
de carbón, o quizá una zanahoria. Hasta las pobres
vacas han dejado de ser animales herbívoros, como corresponde
a su naturaleza, al haber sido forzadas a consumir despojos
de matadero mezclados con el pienso para abaratar los costes
de producción de carne o leche.
Pero
nadie se salva de las graves consecuencias derivadas de la modificación
de la naturaleza de los alimentos: ni las vacas locas, que sufren
la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) -por consumir
harina de carne y de huesos infectada-, debido a la avaricia
y la insensatez humana, ni quienes -habiendo perdido su sentido
de la estética, o sentido común- ponen en peligro
su salud y su vida siguiendo los interesados consejos de los
"expertos" oficiales, arriesgándose a contraer
la enfermedad de Kreutzfeldt-Jakob -el equivalente humano de
la EEB que sufren las vacas-, u otras enfermedades nutricionales,
alimentándose de productos contaminados procedentes de
cadáveres de animales, que nunca debieron ser considerados
aptos para el consumo humano.
El
peligro de los aditivos
El
peligro de los aditivos o ingredientes usados en los productos
de consumo radica en que a menudo se trata de sustancias extrañas
al organismo no investigadas en seres humanos y, aunque la mayoría
sean cancerígenas en altas dosis, se desconoce el efecto
epidemiológico de varias juntas, habiéndose constatado
solamente las siguientes reacciones: asma, alergias, hiperactividad
en los niños, nauseas y vómitos, dolores de cabeza,
erupciones cutáneas, hinchazones, visión borrosa,
etc. Para tratar de reducir estos riesgos y contrarrestar los
efectos cumulativos nocivos de los agentes cancerígenos
en los productos de consumo y en el mismo aire que respiramos,
aparte de la necesidad de fortalecer nuestro sistema inmunológico
consumiendo más alimentos frescos naturales, debemos
acostumbrarnos a comprobar los ingredientes de los productos
que compramos y consultar una guía europea de aditivos
(precedidos de la letra E), para conocer su origen -animal,
mineral o vegetal- y su composición.
Los
Colorantes
Los colorantes (de E100 a E199). De origen natural y artificial,
utilizados en confitería, refrescos, pastelería,
quesos, mantequilla, margarina, frutas envasadas, etc. Exceptuando
los colorantes obtenidos de los insectos, como el E 120, su
origen suele ser sintético: derivados minerales de la
hulla o el petróleo, o natural, derivados de plantas:
clorofilas, carotenoides, cúrcuma, etc. A pesar de las
declaraciones de los fabricantes y distribuidores, el El0l,
El0la, y el E153, pueden ser derivados de origen animal.
La
Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) considera
que los colorantes son inadmisibles, engañosos e inútiles.
Los
conservantes (de E200 a E299) evitan o retardan la fermentación,
enmohecimiento o putrefacción del alimento causado por
los microorganismos.
Los
alimentos se han conservado tradicionalmente con el humo, encurtiéndolos
o salándolos. Uno de los conservantes más utilizados
es el dióxido de sulfuro, de origen mineral, que se añade
a la cerveza, el vino, jugos de fruta, mermeladas y vegetales
secos y enlatados. Entre otros conservantes se encuentran: el
ácido benzóico, benzoatos, propionatos y sorbatos.
Los alimentos también se conservan congelados, secos
o pasterizados, aunque su calidad no es comparable con la de
los productos frescos. A pesar de ser cancerígenos en
dosis altas, el uso de nitratos y nitritos en la conservación
de carnes y embutidos, se justifica para evitar la enfermedad
mortal del botulismo. Los conservantes: E203, E213, E227, E270
y E282, pueden ser derivados de origen animal.
Los
antioxidantes (E300-E321) evitan que los alimentos se oxiden
y se pongan rancios. Las vitamina C y E son antioxidantes naturales,
aunque se suelen emplear otros sintéticos y más
baratos como el BHA (Butil-hidroxi-anisol) o E320, y el BHT
(Butil-hidroxitoluol) o E321 (que producen problemas toxicológicos),
la lecitina obtenida generalmente de la soja, los cacahuetes,
el maíz o la clara de huevo, los galatos, el tocoferol
(vitamina E). Son normalmente de origen mineral o vegetal, se
añaden a los productos de la fruta, en forma de ácido
ascórbico, a los aceites y grasas, las patatas fritas,
las galletas, los cereales para el desayuno, las sopas preparadas,
el vino y la cerveza.
Los
emulsionantes, espesantes y estabilizantes (entre E322 y E499),
se utilizan para dar consistencia a un producto que no la tiene,
o para disimular la falta de un ingrediente básico como
el aceite en la mahonesa, o permitir que los aceites se mezclen
con el agua en las margarinas, cremas, salsas, dulces, pasteles
y postres. Se obtienen de varios productos vegetales, animales
y minerales: la judía del algarrobo, las algas, alginatos,
pectinas, las lecitinas, los ácidos grasos derivados
de las grasas, mayormente animales, y también sintéticos.
Los siguientes pueden ser derivados de origen animal: E322,
E325, E326, E327, E333, E341(a), E341 (b), E341 (c), E404, E422,
E470, E471, E472 (a), E472 (b), E472 (c), E472 (d), E472 (e),
E473, E474, E475, E476, E477, E481, E482, E483.
Los
edulcorantes (E420, E421 y de E950 a E960). Sacarina, ciclamatos
y sorbitol son los más frecuentes y sus efectos no se
conocen perfectamente todavía, aunque no se consideran
aptos para el consumo infantil.
Potenciadores
de sabor (de E620 a E640). Aumentan los sabores del alimento
-tradicionalmente se han usado: la sal, las especias, el azúcar
y el vinagre -. El glutamato monosódico es el más
conocido y se obtiene mediante un proceso de hidrólisis
a partir de los cereales, la remolacha o las judías de
soja. Se añaden a los productos industriales por ser
insípidos y de peor calidad.
Según
la OCU, los que van del E620 al E623, además de engañar
al paladar, pueden ser tóxicos. Las sopas deshidratadas,
los sazonadores para carne y pescado, los aperitivos salados,
la charcutería o las croquetas congeladas, son los preparados
que más glutamato contienen. Si se supera un gramo de
glutamato diario puede sufrirse el llamado síndrome del
restaurante chino, que provoca distintos problemas gastrointestinales,
visión borrosa, dolores de cabeza, debilidad, diversas
patologías, sudoración y enrojecimiento.
Alimentos
a Evitar
Además
de los aditivos hay una gran cantidad de productos, vitaminas
o derivados de animales que se añaden a los alimentos
y productos de consumo que también debemos evitar, como
los siguientes ejemplos:
1.
La gelatina, obtenida de los huesos, cartílago y piel
de vacas y cerdos, se encuentra en pastelería, dulces,
yogures, cosméticos, en la envoltura de las vitaminas,
película fotográfica, etc.
2.
La glicerina animal -como el glicerol E422 derivado de la industria
jabonera -, se encuentra en las pastas de dientes, jabones,
cosméticos, lubricantes, etc. También se consigue
del petróleo.
3.
La vitamina A puede ser de aceite de hígado de pescado,
yema de huevo, mantequilla, o del caroteno de las zanahorias;
la vitamina B-12 se obtiene habitualmente de hígado animal,
pero la sintética es vegetal, aunque viene en una cápsula
de gelatina animal; la vitamina D se obtiene exponiéndose
brevemente a la luz solar; la D2 (ergo-calciferol) es vegetal
y se obtiene irradiando ergosterol, una provitamina de las plantas
o la levadura, pero la D3 (chole-calciferol) se deriva del aceite
de pescado o de la lanolina, la grasa que contiene la lana de
las ovejas. Estas vitaminas se usan en las comidas preparadas
y en suplementos alimenticios.