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son muy conocidas las transformaciones materiales que
ocurren en el hígado. Sobre todo, es función
fundamental suya la producción de albúmina,
y de albúmina justamente individual. |
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Y puede verse
en esta función la esencial importancia del hígado,
puesto que la sustancia viva de nuestro organismo está
compuesta de albúmina.
La
Funcion del Hígado
Pero también
compete al hígado la transformación de las grasas
y su formación partiendo de los carbohidratos. Cuando la
provisión de grasas es de permanente abundancia, el hígado
queda sobrecargado y se hace adiposo: es el llamado hígado
de la opulencia. Pero el hambre crónica provoca también
un trastorno del hígado.
Además,
el hígado es un órgano esencial de todo el contenido
de agua y, por lo tanto, del metabolismo de la sal. Regula también
la cantidad de hormonas, de manera que puede decir se justificadamente
que el hígado es el órgano esencial de todo el metabolismo,
y particularmente del asimilativo.
Ocupa una
posición clave en el metabolismo de los hidratos de carbono.
Con el azúcar, forma el glucógeno, que corresponde
aproximadamente a la fécula vegetal.
Cuando el
hígado está completamente sano, tiene riqueza de
esta sustancia, que puede ofrecer al organismo, por ejemplo, en
caso de sobrecarga. Pero sí el hígado está
dañado, es poco el depósito de reserva y el cuerpo
se agota con facilidad. Esta disminución de la capacidad
de rendimiento puede manifestarse, por ejemplo, en un cansancio
y prematuro agotamiento por la tarde o por la noche, antes de
haber podido cumplir la tarea diaria.
Esto, en el
anciano, es perfectamente natural, pues tiene que ver con la reducción
del hígado, es decir, de la función vital. Pero
si esta disminución del rendimiento se manifiesta en una
persona de 40 años, significa una merma de la calidad de
vida y de la capacidad de trabajo, a largo plazo, sino por toda
la vida.
Cuando tal
estado se produce poco a poco, no se nota al principio, explicándoselo
quizá como sobrecarga profesional, por la mayor edad, por
una gripe mal curada, y demás. Es un proceso que empieza
a menudo por una hepatitis aguda. Si tiene una manifestación
ostensible, como en la ictericia, se reconoce y puede tratarse
con facilidad. Pero los casos más ligeros son precisamente
los que pocas veces se descubren, en especial, cuando se presentan
en época de vacaciones en un clima cálido, en el
que se da más bien el peligro de infección con los
virus correspondientes.
El paciente
suele creer que se le ha estropeado el estómago o que "no
ha descansado bien durante las vacaciones". Siempre hay explicaciones
a mano. Si los trastornos persisten, va al médico..., que
ya no ve nada, porque se ha mitigado el fenómeno que, de
otro modo, habría podido mostrarse fácilmente en
el laboratorio. Queda sólo la citada disminución
de rendimiento, o sea, no una enfermedad verdadera, sino "únicamente"
una debilidad del hígado, una merma de función,
mucho más difícil de diagnosticar.
Pero es ésta
precisamente la que, en caso de conducta inadecuada, puede persistir
mucho tiempo, trasladándose a diversas zonas, como corresponde
a la función universal del hígado.
El
Sistema Hígado-Bilis y los Temperamentos
En época
primitiva, el alma y el cuerpo no se consideraban tan separadamente
como en la actualidad. En Grecia se conocían cuatro humores
fundamentalmente diferentes del alma humana y se los designaba
con funciones orgánicas o con sustancias relacionadas con
el sistema hígado-bilis. El colérico (griego jolé,
bilis) es un "bilioso". Se creía que en él
predominaba la formación de bilis y, por tanto, en relación
directa, la actividad y la impulsividad, que puede llegar al desenfreno
y a los estallidos de ira. En alemán se designa también
esta relación cuando se dice que a alguien "se le
exalta la bilis".
Al hombre
del humor contrario llamaban los griegos flemático, que
significa "mocoso". De hecho, el moco es verdaderamente
agua viva. Así, con el término "flemático"
se indica también que en este hombre predominan los procesos
vitales, asimilativos y acuosos. En este caso, tenemos, en general,
buena función hepática, pero deficiente función
biliar. Estos dos tipos humanos ofrecen una contraposición
humoral, debida a la relación polar:
hígado = vida, y bilis = actividad.
Otra pareja
de opuestos, basada también en estas relaciones, es la
del sanguíneo y del melancólico. El sanguíneo
tiene, en efecto, buena circulación y un ímpetu
relacionado con el hierro de la sangre. Así, tiene también
en lo mental el impetuoso brotar de ideas.
Por el contrario,
el melancólico ("el de bilis negra") está
penetrado más bien de fuerzas oscuras. Ahora bien, la oscuridad
está relacionada con la gravedad y con la tierra. Está
demasiado ligado a su cuerpo físico. Por eso, todo lo toma
en serio, es agobiado y triste.
Estos caracteres
constitucionales se aplican tanto a la vida física del
sistema hígado-bilis como a los correspondientes estados
de ánimo. Toda persona responde más o menos a uno
de estos temperamentos o a una mezcla de ellos.
Sin embargo,
no se trata de una disposición absolutamente fija, a la
que el hombre estuviese sometido. En el curso de la vida, un carácter
puede transformarse en un sentido u otro. Eso depende de la actitud
y de la orientación de cada uno.
Corno el hígado
"vivifica", de él depende la calidad de vida.
El hombre lleno de vitalidad se siente bien en general, es activo
y emprendedor: su sistema hígado-bilis funciona bien. Pero
si, a causa de ciertos influjos, no se cumple correctamente la
función asimilativa del hígado, perjudicado continuamente
por fuerzas o sustancias nocivas, el hombre asimila una condición
que no le permite sentirse a gusto. Esas fuerzas nocivas que en
él actúan rebajan su ánimo, haciéndolo
agobiado y depresivo.
En Medicina
antroposófica, es sabido desde hace decenios que la depresión,
en cuanto trastorno psíquico, se debe a una sutil perturbación
funcional del hígado.
En la actualidad,
hay relativamente muchos malos humores, que se llaman depresión
latente, y en los que no está enfermo el hígado,
sino que se ha perturbado, desviado, una particular función
asimilativa suya. Lo cual puede estar determinado por circunstancias
personales, pero también por un trastorno del metabolismo
hepático, por ejemplo, como consecuencia de una ingestión
continua de sustancias con las que el hígado no sabe qué
hacer, porque son muertas. Se cuentan entre ellas, por ejemplo,
todos los productos sintéticos que se encuentran en muchos
alimentos. En las personas sensibles, o en las predispuestas constitucionalmente,
estos influjos provocan esa sutil perturbación funcional
a la que puede deberse un ánimo depresivo.
La
Alimentación y El Hígado
Todo el flujo
alimenticio, después de descomponerse en el tubo digestivo,
tiene que terminar pasando al hígado a través de
la vena porta. Así, puede comprenderse fácilmente
la gran importancia que tiene la alimentación para la vida
del hígado.
Como es natural,
puede tener influencias positivas y negativas. Habiéndose
precisado que la misión del hígado es proporcionar
vida, es decir, sustancia viva al organismo, será favorable
para su función todo lo que sea alimento vivo; y serán
molestos o perjudiciales los alimentos muertos. Se cuentan entre
éstos todas las sustancias que, o no eran vivas, o la perdieron
o se les quitó la vida.
Por eso, toda
sustancia sintética, que nunca ha sido viva, sino que se
ha sintetizado de elementos muertos, es para el hígado,
al menos, una carga, cuando no un veneno..., aunque tal sustancia
sea "no venenosa". Tenemos como ejemplo los aditivos
que se emplean para mejorar el aspectos de nuestros alimentos,
los aromas sintéticos, incluso los llamados naturales (de
imitación), los colorantes, conservantes, etc., que se
encuentran en gran número de nuestros alimentos.
Entre las
sustancias que una vez fueron vivas, pero dejaron de serlo durante
su elaboración, contamos todos los productos refinados,
sobre todo, el azúcar (el azúcar cristalizada, industrial).
Desde luego,
procede de una planta (remolacha o caña), pero es una sustancia
aislada, tan apartada de la vida que tiene todas las características
de una sustancia mineral, muerta. Precisamente por ser cristalina,
muerta, puede mantenerse siempre sin conservación, como
un cristal. Incluso se la puede emplear como medio de conservación,
como se hace con las frutas escarchadas y con las mermeladas.
Añadiendo a los zumos de frutas un 60% de azúcar,
ya no se produce fermentación.
El
azúcar impide el desarrollo de fermentos
La harina
blanca muy molida no está tan muerta y, por tanto, sus
productos se digieren con más facilidad, pero tiene mucha
menos vida que la harina integral.
Por estos motivos, el azúcar, la harina blanca y los productos
elaborados con ellas son una carga para el hígado, aún
cuando sean "perfectamente tolerables".
En consecuencia,
según la gravedad del trastorno y su duración, hay
que renunciar de momento a estos productos y no volverlos a tomar,
o tomarlos con moderación, hasta que se haya producido
una mejoría.
La miel no
es una sustancia muerta como el azúcar, sino, en realidad,
un medicamento precioso. Por eso no debiera empleársela
totalmente en sustitución del azúcar, ni se la debe
consumir en gran cantidad durante una comida. Lo ideal es tornar
una cucharilla en infusión caliente antes de dormir. Y
no debe calentarse a más de 55*, porque entonces se echan
a perder las sustancias saludables.
Entre los
productos naturales, pero que han perdido vida, se cuenta el alcohol.
Y está tan muerto que se emplea en conservación.
El metabolismo humano no puede asimilarlo: tiene que quemarlo,
y a eso se debe su "efecto calorífico".
Pero, para
el hígado, el alcohol es uno de los venenos "naturales"
más fuertes, y tanto peor cuanto más concentrado
sea. No importa sólo la cantidad absoluta, sino la concentración.
Por eso, todas las personas de hígado sensible deben renunciar
a todo consumo de alcohol. A lo único que no puede ponerse
reparos es a la cantidad de alcohol que debe haber en algunos
medicamentos, pues las dosis tomadas por prescripción están
muy por debajo de la cantidad que se encuentra, por ejemplo, en
un vaso de vino o en un coñac.
El exagerado
consumo de bebidas alcohólicas es uno de los motivos principales
de la elevada tasa de mortalidad por enfermedades hepáticas
que citábamos al principio.
Defender
el Hígado y la Bilis
Como el hígado
trabaja principalmente por la noche, conviene cubrir a esa hora
su necesidad de calor, por ejemplo, con compresas calientes. Lo
mejor es un envoltorio de milenrama, que se aplique lo más
caliente posible. En este caso, el calor húmedo es mejor
que el seco, pero, en ocasiones, es suficiente dejar una media
hora sobre la zona del hígado una botella o bolsa de agua
caliente.
Por último,
hay también probados medicamentos, de los que podemos citar
unos cuantos, de efectos sistemáticos. En su mayoría,
son de origen vegetal, pues las plantas concentran precisamente
energías vitales necesarias para los procesos asimilativos.
En Medicina
popular, el diente de león es un medicamento hepático
probado. Las investigaciones más recientes han mostrado
que, en efecto, sus sustancias "convienen" precisamente
al hígado. En primavera, pueden emplearse sus primeros
brotes para ensalada o, sobre todo, como añadido a la cuajada.
Para las demás estaciones, tenemos los correspondientes
preparados de zumo de diente de león.
Otra planta
probada es el cardo mariano, del que se tomará un extracto,
de 10 a 20 gotas tres o cuatro veces al día.
Naturalmente,
la bilis exige medicamentos distintos que el hígado
Una planta
típica que influye sobre la bilis es la celidonia, que
forma parte, por ejemplo, del choleodorón, que contiene
además un extracto de la planta javanesa cúrcuma.
En general,
los medicamentos estimulativos de la bilis se dan después
de la comida, o, para tratamiento permanente, por la mañana.
Pero también son estimulantes para la digestión
1os acíbares (estomacales). Además, las especias,
particularmente, el curry.
La sal amarga (sulfato de magnesio) y la sal de Karlsbad tienen
un efecto más potente y rápido de estímulo
de la digestión.
Su dosis varía
según el individuo. Se tomará, por ejemplo, una
o media cucharilla en agua tibia, que se beberá a tragos
durante una media hora antes de desayunar. Entonces, casi siempre
habrá evacuación una o dos horas después.
Sin embargo, importa ésta menos que el estímulo
de la actividad biliar logrado por las sales. De ahí también,
su aplicación por la mañana.
Los
cólicos hepáticos son una convulsión de la
vesícula biliar
Ocurren casi
siempre por la noche y, en su mayor parte, se producen habiendo
cálculos biliares que no se habían descubierto.
A esa hora, la bilis necesita su descanso. Y al impedírselo
una cena grasa, trata de funcionar convulsivamente, lo cual se
manifiesta precisamente en un cólico.
El cólico
hepático agudo requiere tratamiento médico.
Sin embargo, es más importante evitar el cólico
siguiente, es decir, evitar las cenas inadecuadas, o sea, los
fritos, las grasas y los huevos.
Entre los
medicamentos homeopáticos indicados, citemos solamente
el magnesit D 4 (magnesio carbónico D 4) y el oxalis D
3, que, junto con la dieta correspondiente, pueden prevenir un
cólico. Además, cualquier paciente notará,
en caso de cólico agudo del tipo que sea, que resulta indicada
la aplicación tópica de calor.
Si una persona
con trastornos de esta función ajusta su alimentación
a estas directrices, suele experimentar una mejora, casi siempre,
a las dos o tres semanas, aumentando el rendimiento. Es recomendable
comenzar con una "dieta" más rigurosa, para relajarla
después poco a poco, según el estado y la tolerancia.
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