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| Esta
monografía tiene por objeto, analizar detalladamente
cuáles eran las costumbres culinarias de nuestros
antepasados los romanos. |
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Antes
de entrar en detalles sobre los diversos alimentos que solían
comer y algunos anécdotas históricos, es importante
decir que los romanos solían tener el mismo número
de comidas que tenemos actualmente : cuatro.
Apareció
en Literario en Octubre de 1998
Al amanecer solían desayunar el típico combinado
rural y que actualmente sigue vigente en muchos de los países
ribereños del Mediterráneo : comer una tostada rociada
con aceite, sal y ajo. Precisamente, los olivaleros españoles,
durante sus protestas contra la archiconocida OCM del aceite,
han intentado fomentar este tipo de desayuno tradicional, en el
cual el aceite virgen de oliva es el elemento básico. Los
romanos también solían comer bizcocho mojado en
vino. Y también los había quienes sólo se
tomaban un vaso de agua. A media mañana, se tomaba algo
de fruta, embutidos o, en muchos casos, los restos de la cena
del día pretérito. Para muchos romanos esto era
el almuerzo. La merienda, consistía en un refrigerio similar
al que he detallado para la comida de mediodía.
Pero sin lugar a dudas, la comida más importante del día
para los romanos era la cena, la cual se componía de varios
platos de los que podemos destacar los siguientes: unos aperitivos,
el plato principal del menú y como colofón el postre.
Empezando por el aperitivo, decir que habitualmente se bebía
vino con miel, y se comen huevos, verdura fría con salsa
picante y quizá algún tipo de ensalada de mariscos.
El plato principal era carne o pescado o incluso mixto. Los platos
de los que tenemos constancia documental son los siguientes: corzo
asado con salsa de cebolla, tórtola hervida en sus plumas,
o jamón hervido con higos y laurel. Los postres tenían
como platos estrella los que siguen: dátiles rellenos de
nuez y fritos con miel, pastelitos o también frutas del
tiempo.
La cocina romana no sería recomendable para personas con
estómagos delicados debido a dos factores : la abundancia
de grasas y las explosivas combinaciones de especias, algunas
de las cuales, son rocambolescas. La cocina romana parece más
bien importada de algún país del exótico
Oriente, más que propia de un país de Europa. Por
poner un ejemplo, diré que una de las salsas que gozaban
de mayor fama en Roma era el "garum". Era una salsa
que los romanos añadían a cualquier clase de plato
e incluso al agua o al vino. Se elaboraba a partir de los despojos
de algunos pescados como el atún, la muera o el esturión.
Esos restos se dejaban en salmuera y al sol dos o tres meses.
A veces, para acelerar el proceso se trataba con fugeo y se añadía
vino o vinagre, con lo que se conseguía un sabor mucho
más tolerable. He de destacar que Baelo Claudia, antigua
ciudad romana situada en la provincia de Cádiz entre Barbate
y Tarifa, era conocida en todo el imperio por la producción
de esta salsa. Existía una modalidad de esta salsa denominada
"sociorum" la cual, por su precio, puede ser perfectamente
comparada con el caviar iraní : 180 piezas de plata el
litro. Además de este condimento, los romanos solían
utilizar otras como el vinagre, mostaza, dátiles, miel,
menta, etc...
Hablando de otras cosas, he de destacar que el pan constituía
un alimento básico. En la Roma imperial podíamos
encontrar tres principales modalidades de pan. Hay que tener presente
que fueron los griegos quienes enseñaron a los romanos
a panificar, ya que con anterioridad, los habitantes de las provincias
romanas tomaban el "puls" que era una especie de gachas
de harina de trigo, cereales y agua. Existía un pan muy
barato, fabricado con harina basta, sin refinar y adulterado con
diversas sustancias. Este pan era denominado "panis acerosus".
Luego, se podía adquirir otra clase de pan que se caracterizaba
por ser blanco y candeal. Por último encontramos el pan
normal, el cual es muy parecido al que podemos comprar en cualquier
panadería. Señalar que el gremio de los panaderos
era uno de los más poderosos en Roma: para ilustrar esto
comento que en tiempos de César agrupaba a 239 establecimientos
El vino era, junto al agua, la bebida predilecta del pueblo romano.
Italia, era en la época imperial una gran productora de
vinos, pero bien es cierto que otras provincias imperiales como
Hispania proporcionaban exquisitos tipos de dicha bebida. Baste
citar las fuentes literarias donde se describen los tipos de vides
y además alaba la calidad de los vinos hispánicos.
Plinio el Viejo, aquel investigador que sucumbió en la
erupción del Vesubio que sepultó a Pompeya, es uno
de los autores latinos donde esto queda reflejado. Ovidio, escritor
de la época de Augusto, aconseja en una de sus obras que
los enamorados deben emborrachar a los guardianes de los amantes
con vino hispano. Los vinos con más fama son los lacetanos,
tarraconenses, etc...El vino jerezano ya adquirió una fama
considerable, tal y como lo demuestran los escritos de Columela
y Marcial. Precisamente el escritor gaditano Columela, nos ha
dejado valiosa información de cómo se cultivaban
las vides en Hispania. Él señala que los viticultores
ibéricos retiraban la tierra antes de la llegada del invierno
para evitar que se inundasen las raíces de las cepas, y
así que el agua de la lluvia se filtrase mejor.
Hasta el siglo II, existía un gran problema con el vino
y era ni más ni menos que su conservación. Normalmente
se solía depositar en ánforas, las cuales eran pintadas
en su interior con una mano de hollín de mirra o pez, con
el fin de conservar en mejor estado el vino. Como era lógico,
antes de servirse era necesario efectuar un filtro. De todos modos,
el vino perdía muchas de sus propiedades con este sistema.
El tonel, vino a eliminar este problema en el siglo que antes
he mencionado. Cambiando de alimento, voy a comentar algo sobre
las carnes. Durante la época imperial se consumían
todo tipo de carnes: cerdo, ternera, buey, oveja, cabra, ciervo,
gamo etc... En la mesa del romano también se podían
ver platos elaborados a partir de aves como el pavo, tórtola,
faisán, paloma, tordo, cisne, urogallo etc... Muchos entendidos
despreciaban tan espléndida oferta de volátiles
y se concentraban golosamente en la gallina y el pollo. El recetario
de Apicio propone hasta quince maneras de prepararlos. Además,
se consumían diversos tipos de ese animal.
De forma anecdótica os comento que a Columela le encantaba
el pollo de plumaje pardo-leonado tirando a rojizo. En las mesas
romanas también se degustaban variados tipos de embutidos
aunque el que gozaba de mayor fama era el jamón (como tontos
que eran). Podía ser de cerdo o jabalí. Catón
el censor nos proporciona, en uno de sus escritos, la mejor forma
de prepararlo: "se corta la pata, se mete en sal durante
cinco días, luego se saca y se cuelga por espacio de dos
días donde se oree y otros dos en el humero de la chimenea.
Finalmente se coloca en la despensa de la carne". En cuanto
a los pescados, moluscos y crustáceos decir que la lista
de los tipos que se degustaban habitualmente es interminable.
Entre los más importantes enumero los siguientes: merluza,
congrio, atún, caballa, dorada, ostras, calamares, almejas,
veneras, etc... Los romanos por un buen pescado eran capaces de
cualquier cosa, las cuales nos parecerían disparatadas
a cualquiera de nosotros en la época actual. Os puedo ilustrar
esto con varios ejemplos. Catón, y de nuevo sale a la palestra,
se llevaba las manos a la cabeza porque sus conciudadanos eran
capaces de pagar por un buen rodaballo más que por una
buena vaca. Horacio, otro autor de la época de Augusto,
era de la misma opinión que Catón y llegó
a afirmar: "te has arruinado para pagar el rodaballo y no
te queda más dinero que el indispensable para comprar la
soga con la que te vas a ahorcar". En cierta ocasión,
el emperador Augusto rivalizó con Apicio por un pescado
que Tiberio había sacado a subasta. Pues bien, Octavio
Augusto lo consiguió después de dar por el ejemplar
mucho más de lo que "valía el pescador que
lo había sacado".
Como alternativa al pescado y a la carne, encontramos las hortalizas
y las legumbres. La hortaliza más popular en los "macellum",
es decir, mercados, era la col que se preparaba cruda o cocida
y detrás de ella se alineaban la coliflor, acelga, lechuga,
zanahoria, escarolas etc... Todas las clases sociales coincidían
en el gusto por el amplio abanico de fruta que llegaban a Roma
de todos los rincones del Imperio : manzanas, peras, melocotones
(oriundos de Persia), cerezas, ciruelos sirios, membrillos, uvas,
albaricoques (venidos de Armenia), moras, fresas, melones (postre
favorito de Tiberio ), nueces, almendras, pistachos, castañas
y dátiles. También en la época imperial hubo
aficionados a las setas y champiñones. Había gente
muy experta en la materia, imitando quizás a Demócrito
de Abdera, que podían adivinar por el sabor de la pieza
si procedía de un pinar, de un hayedo o de un bosque de
fresnos. Este apunte se refiere lógicamente a las setas.
Pero no puedo dejar de lado un hecho histórico en el que
las setas fueron las protagonistas. El 13 de octubre del año
54 después de Cristo, el emperador Claudio murió
después de que su esposa Agripina le sirviese un plato
de setas envenenadas. Fue intencionado, ya que la esposa participó
en la conjuración para acabar con su vida.
De la pastelería imperial no tenemos suficiente información
: se tienen datos sobre el uso de mantequilla, huevos, miel, leche
y una exquisita harina. Teniendo en cuenta estos elementos, podemos
pensar que era una pastelería de calidad. Nuestros antepasados
romanos disfrutaban mucho elaborando sorbetes de zumos, que eran
de frutas en su mayor parte, y bebidas frías. La comida
llegaba a la Urbe de varias formas. En primer lugar, había
muchos productos que eran autóctonos o aclimatados. Los
que procedían de los más distantes confines del
imperio eran transportados penosamente por tierra o desembarcados
en el activo puerto de Ostia, desde donde remontaban el Tíber
en embarcaciones menores que iban a surtir almacenes de abastecimiento
situados a lo largo de los muelles fluviales. En esos muelles
existían distintos tipos de almacenes. Por un lado tenemos
las salinas (salinae), el mercado central (velabrum), donde montaban
tenderetes y oficinas los traficantes y los banqueros, a la sombra
de enormes depósitos de aceite, vino y queso, etc...Al
margen de los almacenes portuarios, en Roma podíamos encontrar
mercados especializados según el tipo de alimento que se
vendía: el "forum boarium", para carnes; el "holitorium",
para hortalizas, y el "cuppendius" para golosinas. De
esta forma, acaba la monografía sobre la gastronomía
romana.
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