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Hay
buenos y malos recuerdos, y puede asociarse algo bueno
del pasado con algo similar en el presente, o algo
añejo y malo con algo nuevo y placentero, o
viceversa.
Como ya habrá notado, las cosas no son simples,
y las asociaciones tampoco lo son. Así como
las venimos presentando, las asociaciones tienen un
desarrollo lineal, claro y obvio. Pero resulta que,
como con los estímulos, las asociaciones también
se presentan en dos envases. Las hay antiguas y casi
ancestrales, sumergidas en el infinito océano
de esos primeros años de vida que uno no recuerda
concientemente (aunque en algún lugar están
para siempre) y las hay nuevitas, aggiornadas a los
tiempos presentes de cada uno de nosotros. Y por supuesto
interfiriendo, para bien o para mal, en las cosas
que hacemos. Y aún más: algunos registros
que guarda el cerebro se desdoblan: el hecho concreto
por un lado y el sentimiento que provocaron por otro,
y cada una de esas partes puede adherirse al complemento
que le falta tomado de otro desdoblamiento, parecido
o distinto, creando algunas complicaciones tales como
que un hecho concreto objetivamente positivo sea cargado
con sentimientos negativos tales como angustia o miedo.
Esto explica, por ejemplo, el miedo a un progreso
personal a todas luces bueno y productivo, pero que
el sujeto no se atreve nunca a asumir, postergándolo
indefinidamente y encontrando excusas que va renovando
a fin de no dar un paso que lo angustia sin saber
concientemente el motivo.
Estas
asociaciones, con las que cargamos todas las personas,
interactúan con los estímulos conduciéndonos
hacia el alimento. Y para mejor decir, hacia un alimento
en particular.
Le
voy a dar un breve ejemplo:
Un
bebé se sobresalta por el ruido fuerte de un
plato que se estrelló contra el piso y comienza
a llorar. La madre lo alza entre sus brazos, los mismos
brazos que unas horas antes lo habían alzado
para acercarlo a la teta tan amada. Doce años
después, cuando se rompe un plato, el sujeto
experimenta una sacudida desproporcionada con el estímulo
real. Seguramente este segundo plato roto, no va a
provocar ninguna reacción, después de
todo no es nada tan relevante. Eso suponemos, pero
no podemos saberlo. Imagine que pasaría si
aquel ruido de cuando era bebé, hubiese sido
una agresión de su padre hacia su madre seguida
de llantos, gritos e insultos, y los brazos que el
siempre espera cuando llora, no llegaran, porque su
madre esta ocupada en su propio dolor. ¿Y si
esta historia se repitiera?
Usted
se preguntará si no estaremos exagerando un
poco las cosas. Ocurre que esos pequeños o
grandes incidentes que nos ocurren quedan grabados
en la alguna parte, y ni siquiera los recordamos cuando
son asociados en el futuro. Y ahí esta el tema:
cuando algo nos ocurre en el presente, es muy probable
que sea asociado a algo similar (o que creemos similar)
de nuestro pasado. No hablo de recuerdos vívidos,
hablo de un clic invisible capaz de generar una reacción
involuntaria que se manifiesta en una acción
voluntaria. La cosa queda, entonces, Estimulo - Asociación
- Acción. Seria bárbaro que las cosas
fueran así, lineales, fáciles, directas.
No
queremos complicarle la vida pero cuando decide qué
comer, aparecen otros elementos. Por ejemplo, el Entorno
Físico, del que hablaremos un poco más
en la próxima semana.
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