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| Según
estudios publicados en las revistas científicas
“New Scientist “ y "Nature Neuroscience",
ciertos "manjares" con sobredosis de calorías,
pueden desarrollar una dependencia tan fuerte como la
de un drogadicto. |
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Con
los niveles de obesidad batiendo récords en todo el mundo,
ya existe evidencia contundente de que los alimentos con alto
contenido de azúcar, grasa y sal -como la mayor parte de
la comida chatarra- pueden provocar en nuestro cerebro las mismas
alteraciones químicas que producen drogas altamente adictivas
como la cocaína y la heroína.
Hasta hace apenas cinco años, esa era una idea considerada
extremista. Pero ahora que estudios realizados en humanos confirman
los hallazgos hechos en animales, y que se han descubierto los
mecanismos biológicos que conducen a la "adicción
a la comida chatarra", esa noción se está convirtiendo
rápidamente en la opinión oficial de los investigadores.
Algunos dicen que hoy existe suficiente información para
garantizar que los gobiernos regulen la industria de la comida
rápida y alerten a la opinión pública sobre
los productos que contienen azúcar y grasas en niveles
nocivos para la salud. "Debemos educar a la población
sobre el modo en que las grasas, el azúcar y la sal toman
al cerebro de rehén", dice David Kessler, ex comisionado
de la Administración de Alimentos y Drogas, de los Estados
Unidos, y actual director del Centro para las Ciencias de Público
Interés.
¿Tan
malo como la adicción a las drogas?
Los
primeros que presentaron esta idea fueron los representantes del
negocio de la pérdida de peso. En 2001, intrigados por
ese incipiente fenómeno cultural, los neurocientíficos
Nicole Avena, de la Universidad de Florida, y Bartley Hoebel,
de la Universidad de Princeton, comenzaron a explorar la posibilidad
de que esa idea tuviera un sustento biológico. Y empezaron
observando signos de adicción en animales alimentados con
comida chatarra.
El Azúcar. Es un ingrediente clave de
la mayoría de la comida chatarra, así que alimentaron
ratas con jarabe de azúcar en una concentración
similar al de las bebidas gaseosas, durante unas 12 horas diarias,
junto con alimentos normales para ratas y agua. Al mes de consumir
esta dieta, las ratas desarrollaron cambios cerebrales y de comportamiento
químicamente idénticos a los ocurridos en ratas
adictas a la morfina: se daban atracones de jarabe de azúcar
y cuando se lo quitaban, se mostraban ansiosas e inquietas, todos
signos de abstinencia. También se verificaban cambios en
los neurotransmisores del núcleo accumbens, la región
del cerebro asociada con la sensación de recompensa.
Pero el hallazgo crucial se produjo cuando advirtieron que el
cerebro de las ratas liberaba dopamina cada vez que comían
la solución de azúcar. La dopamina es el neurotransmisor
que se encuentra detrás de la búsqueda del placer,
ya sea en la comida, las drogas o en el sexo.
Es
también una sustancia química esencial para el aprendizaje,
la memoria, la toma de decisiones y la formación del circuito
de satisfacción y recompensa. Para Avena, lo esperable
sería que la descarga de dopamina se produjera cuando las
ratas comen algo nuevo, pero no cuando consumen algo a lo que
ya están acostumbradas. "Esa es una de las marcas
distintivas de la adicción a las drogas", asegura.
Esa fue la primera evidencia firme de que la adicción al
azúcar tenía un sustento biológico, y desencadenó
una catarata de estudios sobre animales que confirmaron el hallazgo.
Pero fueron los recientes estudios en humanos los que finalmente
volcaron la balanza de la evidencia a favor de etiquetar la afición
por la comida chatarra como una adicción.
Suele
describirse la adicción como un trastorno del "circuito
de recompensa" desencadenado por el abuso de alguna droga.
Es exactamente lo mismo que sucede en el cerebro de las personas
obesas, dice Gene-Jack Wang, del Laboratorio Nacional Brookhaven,
del Departamento de Energía de Estados Unidos.
En
2001, Wang descubrió una deficiencia de dopamina en los
estriados cerebrales de los obesos que era casi idéntica
a la observada en drogadictos. En otros estudios, Wang demostró
que incluso los individuos que no son obesos, frente a sus comidas
favoritas, experimentan un aumento de la dopamina en la corteza
orbitofrontal, una región cerebral involucrada en la toma
de decisiones.
Es
la misma zona del cerebro que se activa en los cocainómanos
cuando se les muestra una bolsita de polvo blanco. Fue un descubrimiento
impactante que demostró que no hace falta ser obeso para
que el cerebro manifieste conductas adictivas.
Comer
más y más...
Otro significativo avance para determinar el carácter adictivo
de la comida chatarra se debe a Eric Stice, neurocientífico
del Instituto de Investigaciones de Oregon. Stice viene intentando
predecir la propensión a convertirse en adicto a la comida
chatarra. Para ello observa, por ejemplo, la respuesta del cerebro
cuando a una persona se le da una cucharada de helado de crema
y chocolate. Luego compara esa actividad cerebral en individuos
obesos y delgados.
Stice
descubrió ante el helado que los adolescentes delgados
con padres obesos experimentan una mayor descarga de dopamina
que los hijos de padres delgados. "Hay gente que nace con
una sensación más orgásmica por la comida",
dice Stice. Ese placer innato por la comida impulsa a ciertas
personas a comer de más.
Irónicamente,
justamente porque comen de más, su circuito de recompensa
comienza a acostumbrarse y a responder cada vez menos, provocando
que la comida cada vez los satisfaga menos e impulsándolos
a comer cada vez más para compensar. En el fondo, lo que
están buscando es repetir el clímax logrado en sus
experiencias gastronómicas anteriores: precisamente lo
mismo que se observa en los alcohólicos y drogadictos crónicos,
dice Stice.
Pero la comida rápida es mucho más que un atracón
de azúcar, ya que suele combinar un pesado cóctel
de azúcares, grasas y sal. El neurocientífico Paul
Kenny, del Instituto de Investigaciones Scripps, investiga el
impacto de una dieta de comida chatarra en el comportamiento y
la química cerebral de las ratas. En un estudio demostró
que desencadena los mismos cambios en el cerebro que los causados
por la adicción a las drogas en los humanos.
Información del estudio
En los animales, como en los humanos, el consumo sostenido de
cocaína o heroína atrofia el sistema de recompensa
cerebral, lo que conduce a un incremento de la dosis, ya que el
recuerdo de un efecto más placentero incita a consumir
más para sentir lo mismo, o incluso superarlo.
Kenny
se preguntaba si las ratas que comieran comida chatarra responderían
de igual modo que las ratas adictas a la cocaína. Utilizó
tres grupos de ratas. El primero sólo tenía acceso
a comida para ratas común. El segundo podía comer
comida chatarra durante una hora al día y el resto del
tiempo tenía agua y comida común a su disposición.
El tercer grupo contaba con una provisión ilimitada y durante
todo el día que incluía comida chatarra y comida
común para ratas.
Después de 40 días, Kenny retiró la comida
chatarra. Las ratas que habían tenido acceso ilimitado
a la comida chatarra entraron lisa y llanamente en huelga de hambre.
"Como si hubieran desarrollado aversión por la comida
sana", asegura Kenny.
El
acceso ilimitado a una droga altamente adictiva como la cocaína
tiene un impacto enorme en el cerebro, afirma Kenny. Lo esperable
sería que los efectos sobre el cerebro que pueda tener
una adicción alimenticia fuesen mucho menos graves. Pero
no es así. "Los cambios llegaron de inmediato y observamos
efectos muy pero muy impactantes."
Las
ratas obesas con acceso ilimitado a la comida chatarra tenían
el sistema de recompensa atrofiado y eran comedoras compulsivas.
Preferían soportar las descargas eléctricas instaladas
para disuadirlas de acercarse a la comida chatarra, incluso cuando
la comida común estaba disponible sin castigo. Es exactamente
el mismo proceder de las ratas adictas a la cocaína.
Ya no quedan dudas de que la comida chatarra rica en sal, azúcar
y grasa genera trastornos en los mecanismos biológicos,
que son tan poderosos y difíciles de combatir como el abuso
de las drogas. Y ya que el uso de las drogas está reglamentado,
¿no es hora ya de imponer regulaciones más duras
a la comida chatarra?
Referencias:
Bijal Trivedi – Revista New Scientist
Revista Nature Neuroscience |