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| No
comemos con la boca, sino con el cerebro. Como funciona
este sistema? |
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Sobre los antojos
Esta
cascada de acontecimientos pasa por un enmarañado diálogo
químico en el que participan múltiples hormonas
y sustancias neuronales que, por un lado, transforman los alimentos
en los nutrientes esenciales y, por otro, regulan el metabolismo.
Los
expertos saben que esta charla ininterrumpida no sólo determina
el estado de ánimo de la persona, sino que además
provoca que, en un determinado momento del día o de la
noche, se nos antoje una comida rica en grasas, hidratos de carbono
o proteínas. Por otro lado, la mayoría de los productos
alimenticios, tanto los naturales como los manufacturados, contienen
sustancias capaces de generar en el consumidor sensaciones agradables
de las que el cerebro toma nota.
Un alimento para personas solitarias o abandonadas
Estas
peculiares drogas se nos presentan ya en el desayuno ocultas en
el café, el té, la leche, el azúcar , las
tostadas y la mermelada, y a lo largo del día en un sinfín
de alimentos: la carne y el pescado, la cerveza, los refrescos,
el chocolate. Así, por ejemplo, este último incluye
media docena de sustancias que pueden influir en la psique.
Una
de ellas es el azúcar, que dispara la síntesis cerebral
de serotonina, un neurotransmisor que proporciona bienestar. Durante
la fermentación del cacao aparecen otros compuestos, conocidos
como aminas biógenas. Entre ellas se halla la feniletilamina
o molécula del amor, que tiene la virtud de levantar el
ánimo e inundar el organismo de los enamorados. Es por
ello por lo que este dulce representa para mucha gente un sustituto
del amor y por lo que las personas que se sienten solas y abandonadas
suelen buscar consuelo en él, según algunos estudios
psicológicos.
La
cebada de la cerveza produce pequeñas cantidades de hordenina,
pariente de estimulantes tales como la mescalina y la anfetamina.
El pan, los pasteles y otros alimentos contienen pequeñas
cantidades de drogas similares.
"No sólo comemos porque nos entre hambre. La comida
es, ante todo, una búsqueda de sensaciones apetitosas y
placenteras", ha escrito el químico alemán
Udo Pollner en su libro jSaIud, que aproveche! Pollner informa
sobre la presencia en las comidas de morfina y otros opiáceos,
anfetaminas, sustancias albuminoideas, cafeína y demás
estimulantes que hacen que nuestro cerebro se sienta en una nube
de color de rosa. La bioquímica es de nuevo la responsable
de que se vayan los ojos detrás de un bocado que se nos
antoja exquisito, que se nos haga agua la boca al pensar en un
plato y que nos derritamos cuando nuestro alimento preferido apenas
entra en contacto con el paladar.
En
estas situaciones ocurre que el cuerpo se está anticipando
al placer que no tardará en experimentar. Pero ¿de
qué modo el cerebro nos manipula para que nos decantemos
por una u otra comida?
Aparte
de los factores psicológicos, culturales y sociales que
condicionan nuestras preferencias alimentarias, los científicos
saben que el control del apetito reside en el hipotálamo,
una región del cerebro no más grande que un dedal.
¿Qué hace que desayunemos leche y bollos?
La
Norepinefrina
Dentro de esta estructructura se halla el núcleo paraventricular
o NPV, del que hasta hace bien poco sólo se sabía
que liberaba oxitocina, una hormona que ordena la bajada de leche
en las mujeres lactantes. Sin embargo, la neurobióloga
Sara Leibowitz, de la Universidad Rockefeller, en Nueva York,
ha descubierto que el NPV también sintetiza dos neurotransmisores
implicados en las ganas de comer: la norepinefrina y la dopamina.
Mientras ésta última básicamente suprime
el apetito, la norepinefrina lo dispara.
La
secreción de estos mensajeros cerebrales, que actúan
al unísono con ciertas hormonas que convierten los alimentos
en energía aprovechable por los tejidos, varía a
lo largo del día.
Cuando
nos levantamos por la mañana, los niveles de azúcar
e insulina en sangre son bajos, y las reservas de hidratos de
carbono en el hígado y los músculos han menguado.
Para equilibrar esta situación, el cerebro ha ordenado,
mientras aún dormíamos, que se produzca norepinefrina
y una hormona, el cortisol, que disparan el deseo por los hidratos
de carbono o azúcares. Éstos se absorben con rapidez
e incrementan bruscamente los niveles de glucosa sanguíneos.
A medida que envejecemos nos inclinamos por las grasas
Esto
explica por qué la gente elige para desayunar un bollo
o un vaso de leche azucarada en vez de alimentos salados. La situación
cambia a medida que se acerca la hora del almuerzo. En ese momento,
el cuerpo empieza a pedir proteínas y grasas. El apetito
por las primeras está desencadenado principalmente por
la serotonina, que suprime las ganas de ingerir azúcares.
Al final del periodo de alimentación se desarrolla el gusto
por los platos ricos en grasas, debido a que aumenta la actividad
del neuropétido galanina.
Así
pues, la preferencia de un alimento u otro varía según
la hora del día e incluso del sexo y la edad. En la mujer
el apetito por los hidratos de carbono aparece con la pubertad,
cuando alcanza su máximo nivel el contenido del llamado
neuropéptido Y en el hipotálamo. El apetito por
los platos grasientos aumenta notablemente en ambos sexos poco
después de la pubertad, momento en el que se activa la
galanina. |