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Diario El Comercio Lima-Perú
Entrevista a MARITZA VERA
Ella no hace dinero, pero está enriqueciendo
al Perú. Es nutricionista y su empresa, cuya
misión es hacer que el país se reencuentre
con su poderosa tradición alimenticia, tiene
26 años.
En un principio nadie creía en Maritza Vera
(salvo Maritza Vera). Las hortalizas, las plantas
andinas, el potencial alimenticio de estas y el favor
que le podían hacer al país eran su
obsesión. Hoy tiene el mismo entusiasmo de
antes y decenas de historias --con final feliz-- que
contar. Sus pacientes la adoran. Ella, nutricionista,
viene siendo sorprendida día a día por
las maravillas que hace esa hoja en la que ha depositado
toda su fe: la coca.
Se dice que la hoja de coca podría acabar con
la desnutrición no solo en el Perú,
sino en todo el mundo pobre.
Así es, y es importante que empecemos a revalorizarla,
pues está demasiado satanizada cuando tiene
un enorme valor nutritivo.
¿Qué tan nutritiva es?
¡Es la hoja más completa que hay sobre
la tierra! Tiene proteínas, hidratos de carbono,
grasas, vitaminas y minerales, ¡todo!, y en
las cantidades que el organismo requiere. Esto le
puede sonar raro a muchos, pero si vieras a mis pacientes...
Y no los tengo de un solo tipo: hay con osteoporosis,
con cáncer, con anemia crónica, con
depresión. Esta hoja es maravillosa: ha hecho
efecto en todos ellos.
¿Cómo llegó a ella?
Cómo llegué a mama coca... Caminando
por Trujillo, en el 70, vi a un señor sentado:
me llamó la atención su especial tipo
de piel. Me le acerqué, le pregunté
a qué se dedicaba. Soy minero. Y resultó
que para entrar a los socavones no requería
balones de gas: chacchaba coca. ¿Qué?
Comencé a averiguar. La única persona
que había estudiado la hoja de coca era el
doctor Fernando Cabieses. Lo busqué, le conté
del minero --yo lo conocía porque siempre me
ha interesado investigar sobre alimentación
andina: Cabieses, Santiago Antúnez de Mayolo,
me les acercaba para aprender de los maestros-- y
el doctor me dijo: sí, la coca tiene propiedades
analgésicas, anestésicas.
Pero yo creía que había más.
Le dije que iba a investigar: por algo nuestros incas
la consideraban sagrada. Pero antes trabajé
con la quinua y la quiwicha: quería rescatar
nuestros alimentos por su gran contenido de nutrientes.
De ahí, siguieron las algas marinas y, después,
mama coca.
¿Por qué la dejó para el final?
Porque no sabía mucho. Además, entonces
nadie creía en la coca. Se la creía
un analgésico, nada más. Hasta que comencé
con un niño con leucemia.
¿Hace cuánto?
Hace seis años. Es el hijo de una compañera
de trabajo, y me pidió que la apoyara. Yo solo
le podía dar un combinado de preparados: porque
desde que empecé a trabajar --hace 26 años--
me interesó solucionar el problema de la nutrición
de los pacientes.
En la época del terrorismo, yo hacía
mis 'preparados bomba'. Porque los policías
llegaban heridos y no había qué darles,
entonces yo misma compraba quinua, quiwicha, polen:
les preparaba mis compuestos y se los llevaba; y ellos
regeneraban tejidos, tardaban menos en cicatrizar.
Compraba esos alimentos con su dinero porque su institución
no creía en la medicina natural.
No se usaba quinua ni quiwicha. Tú sabes cómo
son las ideas que aquí se nos han inculcado.
¿Cómo entender que tengamos una farmacia
natural tan a la mano y que no la atendamos?
Es por el tipo de educación que recibimos:
dicen que es medicina folclórica, no científica.
¿Con qué criterio pueden afirmarlo?
¿Tú crees que hombres que no han sido
científicos han podido hacer tan grandes cosas?
Además de su labor en el hospital geriátrico
de la policía, también atiende consultas
particulares, pero no tiene consultorio: usted va
en busca de sus pacientes.
Yo soy una profesional ambulante, voy a donde esté
el paciente. Qué pasa: a veces encuentro a
mis 'pacientes' sentados en una banca: donde sea;
y me siento a su lado y los atiendo. Pero si se trata
de pacientes graves, no les voy a decir: "ven".
Yo tengo que ir, familiarizarme con ellos. Porque
no solo es curar la parte enferma, sino también
darles afecto, es hacerles sentir que la vida es importante
y que hay que luchar.
En su hospital no creían en la medicina natural,
pese a ello le preparaba las medicinas a sus pacientes,
además va en busca de sus pacientes: ¿de
qué vive?
De mi sueldo.
Le basta.
¡No me basta! Vendo una, otra cosa: me 'recurseo'.
¿Usted es una mártir?
Nooooo...
¿Acaso la financian los narcos?
(Maritza ríe) Yo estoy en contra de ellos.
Hay cosas muy importantes: yo siempre le hablo a mis
pacientes del afecto. Por ejemplo: el caso de Gian
Pierre, un niño con la enfermedad de pertes,
una enfermedad bien rara que afecta la cabeza del
fémur.
Un primo médico me habló de él,
me pidió que lo apoyara --yo soy médico,
no yerbero, me dijo--, y llegué al Hospital
B. Leguía. Me dijeron que se trataba de un
niñito bien malcriadito, un paciente terminal.
Pero, qué pasa: a veces los profesionales cometemos
muchos errores y no entendemos. Al parecer el niño
escuchó que dijeron que él ya no tenía
posibilidad de vida, y por eso reaccionaba así:
agrediéndolos. Cuando llegué a él,
me presenté: soy la nutricionista, te voy dar
de comer rico, yo te voy a curar. No, todo el mundo
me engaña, ¡yo me voy a morir! Él
estaba inmovilizado de la punta de los pies a la cadera.
¿Le están dando algo? Ya para qué,
me dijeron. Se lo pedí a su doctor. Es todo
tuyo. Entonces le pregunté: qué te gusta
comer. Gelatina.
Usted estaba de visita.
Había pedido mi cambio. Gian Pierre quería
gelatina y no había, y yo no le podía
fallar: me fui a la calle y llegué con su gelatina.
Ah, eres de palabra, me dijo. Sí, hagamos un
pacto.
¿Qué edad tenía él?
Cinco años, y este 20 es su cumpleaños
(la entrevista fue hecha antes del 20 de noviembre)
y yo voy a estar ahí. Y con Gian Pierre hicimos
un pacto: tú vas a comer lo que yo te dé.
Y a todo lo que le daba le echaba coca en polvo.
Sí, y si llegaba tarde, ya había dejado
encargado que se la echasen.
A los tres meses le dije que me tenía que ir:
que ya había cumplido mi misión. Ya
le habían quitado el yeso. Te tengo una sorpresa,
me dijo, y comenzó a caminar. Parecía
un pato, ¡lindo!
¿Y ahora?
Maneja bicicleta, juega fútbol, ¡es un
terremoto!
¿Gracias a la coca?
Sí.
Está convencida de eso.
Durante todo ese tiempo, Gian Pierre no recibió
ningún otro medicamento: solo coca.
Entonces su empresa es el impulso y la demostración
de la eficacia del uso de la coca.
Lógico. Su eficacia como agregado nutricional
se está viendo en todo tipo de pacientes. La
coca hace maravillas.
Tiene más calcio que la leche y tanto fósforo
como el pescado.
Cien gramos de coca tienen 2.097 miligramos de calcio:
cada tres meses te cura algo. Pese a ello, de sus
74 alcaloides hasta ahora solo se han estudiado 37.
Los científicos no saben qué función
cumplen, pero para mí tienen que ser positivas:
la papaína, es un digestivo; la reserpina regula
la presión y forma osteoblastos, por eso actúa
en pacientes con osteoporosis.
A partir de la hoja de coca y otros productos naturales
se podría generar una verdadera industria farmacéutica
nacional.
Así es. La hoja de coca es un complemento alimentario
y se debe industrializar. Tenemos que rescatar lo
positivo.
Como la posibilidad que ofrece de tener un país
mejor nutrido y, por ende, más productivo.
Porque cuando mejor alimentado estás, menos
enfermedades hay: se produce más, ¡y
esto es barato y está al alcance de todos!
Tremendo detalle.
Con un sol de hoja de coca tienes para una semana.
¿En qué consiste el tratamiento?
Mi trabajo es enseñarle a la gente a comer.
A Gian Pierre se la daba molida, como se la doy a
la mayoría de mis pacientes, porque es como
mejor se asimila.
¿Cuál es la dosis ideal?
Al principio, media cucharadita hasta llegar a una.
Al principio, compraba los productos con su dinero,
¿lo sigue haciendo o ya le han entendido?
En el hospital geriátrico hoy ya se compra
quinua y quiwicha.
Se están abriendo las puertas.
Sí, la medicina occidental está aceptando.
¿Entonces, cómo entender las políticas
de erradicación del cultivo de hoja de coca?
Me da pena ver a gente que sabiendo que es buena,
la sigue satanizando, culpándola del narcotráfico
(Nils Ericsson, el hoy director ejecutivo de Devida,
dejó la Empresa Nacional de la Coca para asumir
ese cargo). Los responsables son quienes transforman
la planta sagrada en algo negativo.
En la Vía Expresa hay un panel de desafortunado
mensaje: Otra de las consecuencias de la coca, adicción.
Qué lamentable es trabajar para desinformar
a la gente: no es honesto. Pero cada vez es más
la gente que está encontrando en mama coca
el cambio a su vida. Y ella está a la mano.
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