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El brote reciente de E. coli causado por espinacas
frescas ha dejado a muchos preguntándose si
deben poner en práctica las recomendaciones
de nutricionistas de comer más frutas y verduras
para gozar de buena salud.
Esta
es una preocupación válida a raíz
de lo ocurrido, pero los expertos aseguran que no
es necesario modificar la alimentación; la
clave radica en estar bien informado acerca de bacterias
que pueden contaminar los alimentos y las medidas
que se pueden tomar para evitar enfermedades a causa
de alimentos contaminados.
"La
cepa que ha sido causante de estas últimas
enfermedades es una cepa específica de E. coli,conocida
como O157:H7", precisa María Victoria
Zabala, asistente de investigación del Departamento
de Ciencias de las Plantas de la Universidad de California
en Davis, "y la gran diferencia que tiene con
la E. coli común es que es patógena
y es un patógeno humano; o sea, que causa enfermedades
en los humanos".
La presencia
de E. coli es mucho más frecuente en la carne
y en los productos lácteos dado que es un huésped
permanente en el ganado. Sin embargo, en el caso de
las frutas y verduras, puede haber muchas fuentes
de contaminación, desde un compost que incluya
desperdicios de vacunas hasta la cercanía de
una ganadería a los campos de frutas y hortalizas,
pues aumenta las probabilidades de contaminación
del agua a usarse para regar los cultivos.
"La
E. coli O157:H7 puede vivir en ciertas condiciones
en fuentes de agua, en el suelo; o sea, está
esparcida por muchos lugares, y si tiene las condiciones
que le gustan realmente, puede sobrevivir por varios
meses", apunta Zabala.
Algunos
consumidores pueden sentir cierto recelo y dejar de
consumir espinaca, aunque no sea fresca, debido al
brote reciente de enfermedades a causa de la E. coli.
"En
principio, nosotros como consumidores de productos
frescos siempre estamos corriendo un riesgo, que es
mínimo, pero siempre lo estamos corriendo",
precisa Zabala. "El riesgo es muy pequeño
y el sistema de seguridad alimentaria en este país
está funcionando muy bien…y los productores
de alimentos están haciendo todos los esfuerzos
para que este riesgo cada día sea menor".
Para
minimizar el riesgo de ingerir bacterias dañinas
al comer frutas y verduras frescas, los consumidores
deben lavarlas muy bien con agua corriente, frotando
muy bien la cáscara. En el caso de verduras
de hojas, como la lechuga y espinaca, si son de paquete
y están prelavadas, Zabala ofrece una recomendación
importante y sensata que, si bien, pudiera parecer
sorprendente.
"Una
espinaca que ha sido previamente lavada, no es necesario
que se vuelva lavar", observa Zabala. "Se
supone que el lavado que se hizo primeramente en la
planta empacadora sería suficiente como para
disminuir el contenido bacteriano. Si uno la lava
de nuevo en casa, corre el riesgo de recontaminar.
Y seguramente, no va a ser tan efectivo ese segundo
lavado como el primero que se hace en la empacadora".
Los productores
lavan la lechuga y espinaca en baños de agua,
cloro y ácido cítrico antes de secarla
y envasarla en bolsas de plástico, la disminución
en la cantidad de bacterias depende de "si el
tratamiento y el tiempo de contacto es adecuado".
En casa, Zabala indica que se puede usar agua potable
para las verduras de hojas que no han sido previamente
lavadas antes de ser envasadas.
Según
Trevor Sulsow, investigador del Departamento de Ciencias
de las Plantas de la Universidad de California en
Davis, el número de casos de enfermedades a
causa de frutas y verduras frescas contaminadas con
bacterias es extremadamente pequeño en comparación
con casos relacionados con bacterias en carne y aves
de corral. El investigador indica que la mayoría
de los casos confirmados que se relacionan con frutas
y verduras frescas son el resultado de prácticas
de manejo deficientes en el lugar donde se preparan
los alimentos o cuando llegan a manos del consumidor.
De cualquier manera, la Universidad de California
está trabajando continuamente para reducir
las posibles fuentes de contaminación en el
campo. Zabala y otros especialistas brindan información
y capacitación a productores y trabajadores
del campo, tanto en inglés como en español.
Además la División de Agricultura y
Recursos Naturales de la UC ofrece muchos recursos
y materiales educativos bilingües a través
de la Internet. "Muchos son miniguías
que pueden seguir tanto los productores como los trabajadores
para minimizar la contaminación", observa
Zabala. "La Universidad trabaja conjuntamente
con la FDA y la USDA en la redacción de estos
trabajos para que lleguen al alcance de la gente".
Estas agencias gubernamentales han desarrollado también
muchos programas que están siendo aplicados
en los campos. Brindan guías y normas que los
productores y trabajadores pueden seguir, de manera
voluntaria, para que la población se sienta
confiada en que los productos que consumen no representan
un riesgo para su salud
"Una
de las principales pautas que se tiene en este tipo
de programas es que la gente que está trabajando
en contacto directo con los productos sepa cuáles
son las posibles fuentes de contaminación y
qué es lo que uno tiene que hacer para minimizar
la contaminación cruzada de estos microorganismos",
precisa Zabala. "Nosotros hemos ido a dar charlas
informativas para explicarle a la gente exactamente
qué es lo que tiene que hacer, de qué
manera lo tiene que hacer, cada cuánto tiempo
lo tiene que hacer y principalmente, por qué.
Explicarles perfectamente las causas de por qué
se tiene que tomar tal o cual medida para que ellos
sepan exactamente qué es lo que están
haciendo".
La FDA desarrolló la Iniciativa de Seguridad
para la Lechuga, que aparentemente también
se aplicará a la espinaca. El objetivo de esta
iniciativa es controlar que en cada punto, desde el
campo hasta la mesa del consumidor, se estén
aplicando todos los programas diseñados para
minimizar al máximo la posible contaminación
de los alimentos. Zabala opina que si los productores
y consumidores ponen en práctica todos los
reglamentos y conocimientos actuales bastaría
para proteger al público en general.
Zabala
recomienda seguir las indicaciones de las agencias
que vigilan la seguridad alimentaria, leer las etiquetas
en las bolsas y envases de productos frescos y seguir
las instrucciones en cuanto a la refrigeración
y temperatura y tiempo de cocción adecuados
para matar posibles bacterias.
"Por
sobre todas las cosas, confiar en el sistema",
recomienda la investigadora," que está
funcionando y está funcionando muy bien".
Por su
parte, Suslow indica que las investigaciones que se
están realizando en UC Davis están proporcionando
una base de datos que ayudará en el desarrollo
de buenas prácticas agrícolas. "La
seguridad de alimentos tiene que ser una prioridad
fundamental para los productores quienes deben participar
activamente en el establecimiento de normas prácticas
que permitirán el abastecimiento continúo
de alimentos al mundo entero".
Un
arma novedosa contra las bacterias en frutas y verduras
Lavar la fruta y la verdura bajo un buen chorro de
agua fría, o incluso con agua mezclada con
desinfectantes, no siempre es suficiente para mantener
a raya a bacterias y hongos responsables de enfermedades,
como la Escherichia coli o la salmonella.
Según
una investigación presentada en Nueva Orleans
(EE.UU.), en el marco de la reunión de la Sociedad
Química Americana, la solución pasa
por someter a estos productos frescos a determinadas
dosis de radiaciones ionizantes, que acaban con los
parásitos y destruyen los patógenos.
La
medida es eficaz sobre todo cuando los microorganismos
han conseguido llegar al interior de las hojas de
la verdura o de la piel de las frutas.
"Cuando
las bacterias están protegidas [al estar dentro
de las hojas o formar parte de abigarradas comunidades
de microbios, llamados biofilms], no son nada fáciles
de matar", explica el director del estudio, Brendan
A. Niemira, microbiólogo del Departamento de
Agricultura de EE.UU., quien asegura que es la primera
vez que se analiza el efecto de la radiación
sobre bacterias en el interior de frutas y verduras.
Aliño
de bacterias
Para
llegar a sus conclusiones, los autores sumergieron
hojas de lechuga y espinaca en una solución
llena de bacterias Escherichia coli, que también
fueron inoculadas en el interior de las hojas. Después
sometieron las hojas a un lavado con agua, un tratamiento
químico con hipoclorito de sodio, o bien o
un proceso de irradiación. Tras el experimento,
los científicos probaron que el lavado con
agua no fue efectivo para reducir los niveles de patógenos,
mientras que el tratamiento químico no obtuvo
resultados relevantes en el caso de las espinacas
-sí consiguió rebajar en un 90% la carga
de bacterias en la lechuga-.
Sin
embargo, la radiación ionizante, a dosis altas,
redujo la población de bacterias en ambas plantas
en un 99,9%. La radiación resulta, pues más
efectiva, aunque todavía tiene que vencer la
oposición de muchos consumidores.
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