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Nutrientes con Cuidado: Los Mariscos

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Subtítulos
El marisco en la alimentación infantil
El marisco es sin duda uno de los alimentos más exquisitos que podemos poner en nuestra mesa. El mar nos ofrece gran cantidad y variedad.

Sin embargo, no todo son aspectos positivos, ya que, al igual que con el pescado, la frescura y la calidad han de ser aspectos fundamentales para evitar intoxicaciones.

Se suele dividir el marisco en dos grupos: los moluscos y los crustáceos. Los primeros engloban los univalvos como los bígaros, los bivalvos, entre los que encontramos almejas o mejillones, y los cefalópodos, como los calamares y el pulpo (hay quienes no los consideran marisco). Al segundo, los crustáceos, pertenecen los percebes, las gambas o la langosta.

Propiedades nutricionales del marisco

Al igual que el pescado, aporta una cantidad nada despreciable de proteínas, así como diversos minerales, entre ellos, calcio, magnesio, fósforo o hierro. Asimismo, proporciona vitaminas A o retinol, B2 o riboflavina, B6 y B12.

El contenido de grasas del marisco no es muy elevado, y destacan las poliinsaturadas, con ácidos grasos omega 3, que juegan un papel importante en la prevención de enfermedades cardiacas. El problema nutricional de su consumo es la cantidad de colesterol que poseen, sobre todo, los crustáceos. No quiere decir que debamos eliminarlos de la dieta, pero sí vigilar su consumo en exceso.

Cómo comprar marisco

A la hora de adquirir todos los productos del mar, es importante fijarse en que sean frescos, ya que es el punto de partida para evitarían toxicaciones por el mal estado de las piezas. Para ello, habremos de seguir unos consejos fáciles dependiendo del tipo de piezas:

  • Crustáceos de cuerpo redondo: abarcan los centollos, nécoras, bueyes de mar, etc. Las piezas buenas tienen el caparazón brillante y la carne elástica, pero firme. Deben evitarse aquellas que presenten hundida la unión entre la cabeza y las patas.
  • Crustáceos de cuerpo alargado: entre ellos están las gambas, cigalas o langostas. Buscaremos las que tengan la carne elástica, al igual que en los anteriores, y de color rosado. Si la unión entre la cabeza y el cuerpo tiene color parduzco o las cabezas se desprenden fácilmente, el producto no es fresco.
  • Moluscos: las almejas, navajas o mejillones deben encontrarse cerradas, con dificultad para abrirse. En su interior habrá abundante líquido transparente y su carne, como en los casos anteriores, será firme. No compraremos los que desprendan olor desagradable o que, al estar las valvas abiertas, no reaccionen al tocarlo.
  • Cefalópodos: aunque algunos expertos no los incluyen dentro del marisco, otros los ubican dentro de los moluscos. A la hora de adquirir calamares o sepias, hemos de fijarnos en que la carne sea elástica y los tentáculos estén bien unidos a la cabeza. En cambio, si están arrugados, sabremos que el producto no es fresco.

En general, los alimentos frescos responden a los estímulos: los crustáceos muestran cierto movimiento en las patas, que va reduciéndose a medida que pasa el tiempo, hasta que mueren, y los moluscos se protegen manteniéndose encerrados en sus conchas o, si las tienen abiertas, reaccionarán al tocarlos. Si esta característica no está presente, el marisco no será del todo fresco. Además, en las cajas del establecimiento, debe figurar el nombre de cada producto con su forma de producción y lugar de procedencia.

El frío, elemento fundamental

El marisco es uno de los alimentos más perecederos que existe, es decir, tiene una vida útil muy corta, por lo que el grado de frescura en la compra resulta fundamental. Tanto los pescados como los mariscos tienen una vida muy corta tras su captura.
Para conservarlos, es imprescindible mantenerlos a bajas temperaturas, rodeados de hielo. En cualquier pescadería encontraremos estos productos congelados; en ellos tampoco debemos olvidar la calidad. Signo de que en algún momento no se han mantenido las debidas precauciones en la conservación en frío es la presencia de escarcha o presentar la carne blanda cuando ejercemos presión.

Por la necesidad de refrigeración, los productos del mar serán lo último que compremos. Si vamos a tardar en llegar a casa, es aconsejable introducirlos en bolsas isotérmicas. En el frigorífico los guardaremos en la zona más fría y los consumiremos como mucho en dos o tres días. Los moluscos como las almejas o los berberechos, los mantendremos en un plato; nunca los cerraremos en frascos, ya que, al estar vivos morirían por la falta de oxígeno.

Una de las formas más seguras de consumir marisco son las conservas: el plato no resulta tan exquisito como si fuera recién comprado, pero evitaremos preocuparnos por las intoxicaciones. Aunque los productos sean frescos, encontramos problemas al consumirlos crudos, algo nada excepcional en las almejas o las ostras.

En estos casos, el problema viene del medio del que proviene: el agua o las algas que han ingerido pueden estar contaminadas por bacterias, que causan gastroenteritis, un virus, que tal vez provoque hepatitis A, o metales y toxinas. En la cocción, al producirse una entrada de agua, se limpian los contaminantes que existan.

El marisco en la alimentación infantil

Como los mariscos efectivamente están entre los alimentos más susceptibles a inducir una sensibilización alérgica, que habitualmente resulta definitiva, y no aportan nutrientes específicos que no se encuentren en otros alimentos (como el yodo en el pescado), no hay prisa en introducirlos.

La guía del Programa Nacional de Salud y Nutrición en Francia recomienda los crustáceos después de los 12 meses. Son alimentos sin interés nutricional específico (no aportan nada que otros alimentos sí recomendables o con menos riesgos pueden aportar), por lo que se pueden retrasar sin problemas.

La Academia Americana de Alergia, Asma e Inmunología (AAAAI, American Academy of Allergy Asthma & Immunology) señala que entre los mariscos, los crustáceos (camarones, cangrejo y langosta) son los que tienen más probabilidades de causar una reacción alérgica.
Los moluscos (almejas, ostras, orejas de mar...) pueden ser alergénicos, pero las reacciones a estos mariscos son menos comunes. Algunas personas son alérgicas a ambos tipos de alimentos.
Sin embargo, la Academia Americana de Pediatría recientemente (2008) señala que no hay problema por introducir los mariscos a partir de los seis meses, porque según algunas investigaciones no existe evidencia de que retrasar los productos alergénicos vaya a prevenir la alergia, o al menos así lo leemos en declaraciones del pediatra y ex presidente del Comité de Nutrición de la Academia.
En algunas guías, como la basada en la Food and Nutrition Service (del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos), los crustáceos se retrasan hasta después de los nueve meses.

En el caso de antecedentes familiares de alergia los mariscos deberían retrasarse hasta después de los tres años, aunque en algunos documentos (aquellos que no ponen restricciones para introducirlos antes de los 12 meses) señalan los dos años.

 

 

 

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