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Cometer excesos con el consumo de carne, las frituras,
los alimentos grasos y los dulces es una conocida causa
-directa e indirecta- de aumento de riesgo cardiovascular,
entre otros problemas de salud. |
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Así
como hay alimentos que favorecen a la salud, y por ello se los
llama “alimentos funcionales“, existen otros que perjudican
notablemente las funciones del organismo pudiendo desencadenar
enfermedades metabólicas.
Entonces, todos los alimentos pueden resultar buenos, pero influye
mucho cuánto, cómo, dónde y la forma de preparación
de los mismos.
A la lista
de alimentos desaconsejados se han sumado los refrescos y, según
una reciente investigación, parece ser que el problema
no se soluciona eligiendo bebidas bajas en calorías. Un
estudio publicado recientemente en la revista 'Circulation', de
la American Heart Association relaciona sorprendentemente las
bebidas light con el desarrollo de síndrome metabólico.
Investigando los hábitos alimentarios
No se puede
asociar un solo alimento al desarrollo de una enfermedad.
Gerald Reaven
definió, en 1988, el síndrome metabólico
o síndrome X como un conjunto de factores de riesgo coronario
que incluían la resistencia a la insulina (hiperinsulinemia),
la hipertensión arterial y un perfil lipídico alterado
(aumento de triglicéridos y un descenso de las lipoproteínas
de alta densidad, HDL). Estudios posteriores han mostrado que
se agregan otras alteraciones como la obesidad abdominal, la presencia
elevada de lipoproteínas de baja densidad (LDL) pequeñas
y densas, y un incremento en las concentraciones de ácido
úrico.
El papel
que juega la dieta en la génesis del síndrome metabólico
aún no se ha logrado entender del todo. Con el fin de dar
más luz a la búsqueda científica de esta
asociación, Lyn M. Steffen, de la University of Minessota's
School of Public Health y sus colaboradores, han estudiado los
hábitos alimentarios de unos 9.500 individuos, participantes
en el Atherosclerosis Risk in Communities (ARIC) Study, colaborando
en la investigación de los factores de riesgo cardiovascular.
El patrón
alimentario occidental con altas ingestas de azúcares refinados,
carne roja, alimentos procesados y fritos se asocia directamente
a un aumento del riesgo de desarrollar síndrome metabólico.
Uno de los resultados destacables de esta investigación
es que los participantes del estudio que consumieron más
de un refresco diario, tanto light como no, tuvieron un riesgo
de presentar síndrome metabólico mucho mayor que
los que consumieron menos de un refresco diario o ninguno. A los
primeros les subió la tensión, engordaron, les bajó
el colesterol bueno (HDL) y les aumentaron los triglicéridos.
Por otro lado,
no se encontró ninguna relación (positiva o negativa)
entre el síndrome metabólico y los cereales integrales
o refinados, los frutos secos, el café, las frutas y las
verduras y aparentemente, los productos lácteos han manifestado
cierto papel protector.
La grasa en la dieta
La resistencia
a la insulina se asoció con otras anomalías metabólicas
agrupadas en el síndrome metabólico, como las relacionadas
con el metabolismo de las lipoproteínas, que se caracteriza
principalmente por elevados niveles de triglicéridos y
bajas concentraciones de HDLc. Los cambios en la composición
grasa de la dieta se asociaron con cambios significativos en los
niveles de lipoproteínas plasmáticas. Sin embargo,
la influencia de las grasas de la dieta sobre el metabolismo lipoproteico
está mediada por múltiples mecanismos, de modo que
no siempre los cambios en las concentraciones de lipoproteínas
plasmáticas y la sensibilidad a la insulina se producen
en forma paralela. Hay pocos estudios que evaluaron la influencia
de la grasa de la dieta sobre el metabolismo lipoproteico, específicamente
en individuos con síndrome metabólico. En presencia
de resistencia a la insulina, el reemplazo de una dieta con grasas
saturadas por otra con grasas insaturadas no sólo disminuyó
los niveles de colesterol asociado con lipoproteínas de
baja densidad (LDLc), sino también los triglicéridos
asociados con lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL).
Los efectos
sobre las concentraciones de HDLc son menos claros y posiblemente
estén relacionados con el tipo de grasa insaturada utilizado.
Los ácidos grasos trans inducen efectos similares sobre
los niveles de lipoproteínas plasmáticas a los observados
con las grasas saturadas. Los ácidos grasos omega 3 de
cadena larga tienen gran importancia en la reducción de
las concentraciones de triglicéridos en seres humanos,
a pesar de que no tienen efecto sobre la sensibilidad a la insulina.
La disminución en los triglicéridos por los ácidos
grasos omega 3 de cadena larga se demostró tanto en pacientes
con hipertrigliceridemia como en diabéticos tipo 2 y también
en personas normotrigliceridémicas. Este efecto está
asociado con un incremento en el LDLc, no sólo en individuos
con hiperlipidemia sino también en personas normolipidémicas.
En suma, la
calidad de la grasa de la dieta es capaz de influir sobre la sensibilidad
a la insulina, así como sobre otras anomalías metabólicas
relacionadas con la resistencia a la insulina. Sin embargo, los
efectos no siempre están interrelacionados, lo que sugiere
múltiples mecanismos de acción. Todos estos datos
avalan el concepto de que para evitar el síndrome metabólico
puede ser apropiada la implementación de una reducción
en el consumo de comidas ricas en grasas saturadas a favor de
alimentos y aceites vegetales ricos en grasas insaturadas, particularmente
grasas monoinsaturadas, no sólo por sus efectos beneficiosos
sobre el LDLc, sino también por su influencia sobre la
sensibilidad a la insulina y algunas anomalías metabólicas
relacionadas.
Actualmente
se sabe que, dentro de ciertos límites, importa más
la composición de las grasas que su cantidad total. El
establecimiento de un límite superior para el consumo de
grasas de aproximadamente 35% a 40% de la ingesta energética
total es más realista y fácil de lograr que la reducción
drástica de grasas que lleva al desaliento tanto de los
pacientes como de los médicos.
Bebidas light: hipótesis sin resolver
En el Framingham
Heart Study, donde participan alrededor de 5.000 personas desde
el año 1948, se han recogido cuestionarios estructurados
con preguntas relativas al consumo de refrescos y al tipo de éstos
con el fin de averiguar si están relacionados con el síndrome
metabólico. Entre las variables recogidas se encuentran
datos antropométricos, la presión arterial, la glucemia
basal, el colesterol HDL y los triglicéridos, así
como datos sobre los estilos de vida (ejercicio y consumo de tabaco
y alcohol).
Se dividió
a los participantes en tres grupos en función del número
de refrescos diarios que declararon consumir: los que tomaron
menos de uno (grupo de referencia), los que declararon tomar uno
o más, y los que tomaron dos o más. Se detectó
una mayor proporción de personas que desarrollaron síndrome
metabólico a lo largo de los años en el grupo que
tomó más bebidas refrescantes. Esta relación
se mantuvo incluso para los refrescos light, lo cual llama la
atención porque habitualmente se consideran menos nocivos.
No están
claros los mecanismos que relacionan las bebidas refrescantes
con la aparición de diabetes mellitus, hipertrigliceridemia,
aumento de grasa corporal o hipertensión arterial. Tampoco
se puede asociar un solo alimento al desarrollo de una enfermedad.
Teorías posibles
Una teoría
explica que su intenso sabor dulce estimula el deseo de alimentos
dulces y calóricos. Está comprobado en estudios
de intervención que, cuando se adicionan refrescos a la
dieta, aparece un incremento en la ingesta calórica de
otras fuentes. Parece ser que «incitan» a comer más
y peor.
Otra posible
explicación se basa en los hallazgos observados, esta vez
en roedores, que apuntan a que es posible que los edulcorantes
artificiales influyan en el aumento de la ingesta, porque podrían
interferir con la capacidad del organismo para distinguir y gestionar
las calorías de los alimentos.
Según
Sharon Fowler, experta de la Division of Clinical Epidemiology,
del Health Science Center's Department of Medicine de la Universidad
de Texas, cuando el cerebro recibe la sensación dulce,
pone en marcha mecanismos que se hacen cargo de las calorías
que hay tras este sabor, pero cuando éstas no aparecen,
el organismo sigue «pidiendo» lo que esperaba, lo
que puede dar lugar a cometer excesos con la comida.
En definitiva,
todos los estudios realizados están basados en la observación
por lo que no son concluyentes y serán necesarias otro
tipo de investigaciones que confirmen y expliquen las evidencias
encontradas.
Registro
MESYAS
En España,
la Sección de Cardiología Preventiva de la Sociedad
Española de Cardiología promovió el Registro
Nacional de Síndrome Metabólico (Registro MESYAS,
MEtabolic SYndrome in Active Subjects). El objetivo fue evaluar
la prevalencia del síndrome metabólico entre la
población laboral activa española y analizar sus
diferencias según las categorías laborales.
Según
los resultados de este registro, que incluyó una muestra
de 7.256 individuos, se estima que el 10% de los trabajadores
activos sufren síndrome metabólico, si bien la edad
y el sexo masculino son factores de riesgo asociados. El síndrome
metabólico se asocia a una reducción en la calidad
y la esperanza de vida de las personas afectadas. |