|
|
|
| Al
final de 1906, cuando René Quinton hace balance
antes de lanzarse a una nueva batalla, cuenta ya con
unos cincuenta trabajos originales publicados sobre
su método marino y cinco tesis doctorales en
medicina defendidas ante las Facultades. |
|
En
el conjunto de los experimentos sobre su método, a Quinton
le habían impresionado mucho los resultados obtenidos en
niños
y particularmente en lactantes. En la Maternidad, los profesores
Potocki y Porak habían tratado niños con atrepsia
(atrofia general
en los recién nacidos), demacrados, que rechazaban todo
alimento
y que iban a morir a pesar de todas las medicaciones.
Desde
las primeras inyecciones de agua de mar se les ve renacer, tomarse
el biberón con fruición, aumentar el peso rápidamente,
en resumen:
Literalmente
resucitar.
En julio de 1906 se declara una epidemia de cólera infantil,
lo que equivale en líneas generales a lo que hoy llamamos
toxicosis.
En un hospital infantil modelo de Rueil, donde se hallan dieciocho
niños, cuatro mueren en unas horas. Once caen enfermos
y pierden de 300 a 700 g en una sola noche. Por la mañana
la directora, enloquecida, va a ver a Quinton y vuelve con plasma.
De
once, tres estaban visiblemente perdidos, con la cara oscurecida,
y el médico ordena que se les inyecte sólo a los
otros ocho. Pero una enfermera, con la fe recia de las almas sencillas,
pensando que el agua de mar puede salvar igual a los moribundos,
les inyecta también a los tres abandonados.
Y
se salvan como los demás. Desde entonces se les llama los
supervivientes.
Al mismo tiempo Quinton meditaba sobre la mortalidad infantil,
aún muy grande en aquella época. La gastroenteritis
de los
recién nacidos cobraba 70.000 pequeñas víctimas
al año y las epidemias de cólera infantil hacían
estragos. Las estadísticas mostraban que de cada dos lactantes
muertos, uno se debía al cólera infantil, a la atrepsia
o a una enfermedad gastrointestinal. Y Quinton sabía ya
que el método marino podía detener esas hecatombes.
Francia era entonces un país de baja natalidad y era preciso
curar
esa llaga abierta. Por ello había respondido a Gustave
Le Bon que
su preocupación era crear dispensarios.
El
26 de marzo de 1907 abre un dispensario cerca de la estación
de Montparnasse, en la calle de l’Arrivée. El local
es pequeño,
modesto, está en medio de grandes edificios. Tenía
la misma apariencia y sobrevivió a su fundador cuando 51
años más tarde un
gran profesor, un ministro y el director de la Salud Pública
le
pusieron una placa conmemorativa mientras una dramática
amenaza de insurrección planeaba sobre Francia.
La actitud del Quinton
En
medio de un grupo de médicos y enfermeras, Quinton se
encuentra allí para acoger a las madres. Uno de los maestros
de la medicina lionesa, Jean Jarricot, que será uno de
sus más fieles discípulos, lo describe así
en algunas líneas emocionadas:
Nada nos borrará la inolvidable visión de las madres
trayendo
y mostrando sobre sus rodillas, desesperadas, a sus niños
moribundos, y Quinton reservado, silencioso, inmóvil pero
con
los labios temblorosos, vertiendo sobre ellas toda la piedad,
toda la resplandeciente inteligencia, toda la imperiosa certidumbre
de que puede cargarse una mirada humana.
Pronto
una verdadera cola está a la puerta del dispensario,
donde se administran cada día trescientas inyecciones.
Los indigentes no pagan nada, los padres poco afortunados dan
lo que
quieren. La afluencia es tal, que el dispensario pronto está
desbordado.
En diciembre del mismo año, la marquesa de Mac- Mahon abre
un segundo dispensario en la calle d’Ouessant que permitirá
recibir e inyectar a 500 enfermos al día, niños
y adultos, porque el sabio no ha descuidado las primeras señales
experimentadas antes por él, que le llevaron a fijar su
atención en las enfermedades infantiles.
Una vez más, desde la apertura del primer dispensario,
toda la
prensa francesa y casi a la vez la del mundo entero, acaparan
el
acontecimiento. Compulsando sus innumerables artículos
se ve
claramente que el método marino aparecía como una
inmensa
revolución en la medicina. Tras haberle puesto en el mismo
plano
que Darwin, ahora se le compara con Pasteur. En estos artículos
domina una especie de estupefacción maravillada, como si
sus autores hubiesen asistido a un milagro y se frotaran los ojos
para comprobar que no están soñando.
Este estado de ánimo de la prensa, que refleja el del público,
lo
explica Henri de Parville en un largo estudio en la Revue des
Sciences.
Su artículo merece ser citado ampliamente porque es a la
vez un
testimonio de la época, valioso por su calidad y una explicación
del
entusiasmo que describe. Para situar el valor de la referencia,
recuerdo que de Parville, director de La Nature, era un escritor
científico cotizado.
En Francia, ninguna nueva medicación ha producido tanto
ruido como la cura con agua de mar isotónica del Sr. Quinton
—escribe de Parville—. Aunque no fuese más
que desde el
punto de vista psicológico, es muy curioso. Se habla por
todas
partes de inyecciones marinas, se las señala en los periódicos,
en
las revistas; se multiplican las conferencias; los aplausos siguen
al autor hasta en la calle; es por todas partes un movimiento
señalado, como si se tratase de un descubrimiento que va
a
renovar al mundo.
Las muchedumbres son fáciles de emocionar pero el espectáculo
en todo caso vale la pena ser citado. Los entusiastas llegan a
afirmar que el Sr. Quinton es realmente uno de los benefactores
de la humanidad. Hemos asistido a estos testimonios de la muchedumbre
en los barrios populosos. El hecho en sí mismo es interesante
y evidentemente parte de las curaciones en cierto
modo instantáneas obtenidas en niños pequeños
moribundos.
Una hora después del comienzo del tratamiento aparecen
llenos
de vida y están salvados.
Nacen los Niños Quinton
Fijémonos
bien esta observación sobre la que el autor insiste después
de haber estudiado prolongadamente la teoría marina y el
método de preparación del plasma:

Se oye actualmente muy a menudo en ciertos barrios de París
a una madre decir a su vecina: «No llore más, su
niño estará bien
mañana: vaya usted al dispensario de Quinton». Efectivamente,
al día siguiente el niño mama y recobra las fuerzas.
Lo que ha dado desde el comienzo confianza en las inyecciones
marinas es la rapidez de la acción curativa. Se lleva a
un niño de dos meses al dispensario porque no digiere,
no come, está perdido.
En una hora comerá, afirma el médico. Una hora después
de la
inyección, el niño ya no vomita y acepta el biberón.
Es casi
instantáneo.
Para comprender bien este movimiento profundo de fe y de
entusiasmo de que habla de Parville, es preciso haber compulsado
la masa de los documentos fotográficos de los dispensarios
Quinton.
A la izquierda, un horroroso niño esquelético indescriptible,
tanto
ha marcado ya al niño la muerte. A la derecha, dos o tres
meses más tarde, se admira a un niño, no sólo
normal, sino generalmente más hermoso que la media de los
lactantes.
¿Cómo tales resultados pueden no parecer milagrosos
a la gente?
Y sin embargo este milagro sin carácter misterioso alguno,
hace
vibrar el antiguo mito colectivo de que el mar es la fuente de
toda
vida, vinculado a todo el fondo pagano tan presente aún,
incluso
en esta época, bajo la corteza de la civilización;
sobrecoge, se siente que la verdad está ahí y se
cree en ella.
En unas cuantas semanas, la popularidad de Quinton se vuelve
inmensa y aparece como un benefactor de la humanidad.
Efecto
del Agua Quinton para las Embarazadas
Antes
de nacer, el niño está sometido a las leyes fisiológicas
que rigen nuestra especie y no a las particulares de su raza.
Con más razón, pensaba Quinton probablemente escapa
a los caracteres aún más recientes de la herencia
inmediata.
Los
doctores Arnulphy, Macé y Quinton habían experimentado
ya con varias mujeres encintas que habían tenido por lo
menos cinco embarazos cada una, con el 28 % de alumbramientos
prematuros, el 14% de muertes intrauterinas y el 59% de niños
muertos antes de haber alcanzado el año de edad, por tanto
transmisoras de taras fuertes.
Pues
bien, a partir de un tratamiento prenatal por inyecciones, el
porcentaje de incidentes en estas mujeres cae a continuación
a cero.
El
tratamiento prenatal aportaría una ayuda valiosa a las
mujeres cuyo embarazo, por diversas razones - agotamiento, desequilibrio
nervioso, adelgazamiento y desnutrición, etc. - se presenten
mal.
En
una época como la nuestra,a toda mujer encinta le beneficiaria
mucho un tratamiento prenatal marino, al igual que para su hijo,
con la simple ingesta de agua de mar (plasma marino).
|