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Chef Norberto E. Petryk
Me
invitaron en una ocasión a la ceremonia del
té; fue una experiencia excitante; pero como
intenté respetar las reglas ortodoxas de tal
ceremonia, que dicho sea de paso dura varias horas,
me senté en la forma habitual que lo hacen
los japoneses sobre mis pantorrillas- no te cuento
que bochorno pasé al intentar levantarme luego
de que mis piernas parecían dormidas para siempre
Pero ese no es el caso. Solía agradecer inmensamente
cada vez que Elizabeth (Echi) Berens, me hacía
una invitación a su casa para tomar el té.
Por ese entonces ella habitaba una regía mansión
de estilo colonial en una zona preciosa de la bella
Asunción del Paraguay barrio Seminario, que
toma ese nombre porque en las cercanías se
halla un seminario católico, rodeado de un
amplio parque con mucha vegetación, al igual
que toda la zona; árboles de mango, aguacates
o paltas, pitas, tayis, lapachos, y otras variedades
que además de brindar frescura con su frondosidad,
nos hacían el regalo de sus frutos y flores.
La
casa estaba rodeada de árboles y bellos jardines,
al entrar a ella uno se sentía invadido por
la sensualidad del perfume de jazmines, producto de
las estufitas de esencias, que Echi prendía
con anterioridad, y en las que colocaba los aceites
para ser evaporados, a eso se sumaba sobre las chimeneas
–había dos, una en la sala de recibir, y otra
en la sala más grande que hacia las veces de
sala de estar y comedor diario-, velas de todos los
tipos y formas que al estar encendidas otorgaban al
lugar un clima mágico.
Bueno,
también cohabitaban la casa dos cocinas, una
amplia con la presencia de una cocinera y la visita
de jardineros y personal de mantenimiento, y otra
-anexada a la anterior- apenas traspasando una puerta
y conectada directamente a la sala, que más
que cocina resultaba un pequeño laboratorio
de sensaciones, con muchísimos frascos y recipientes
con todo tipo de condimentos, hierbas, tés
y cuanta salsa o mermelada y conserva de frutas o
verduras se te ocurra (Laboratorio privado de Echi,
se me permitió su uso casi prohibido- en dos
o tres ocasiones). Echi en ese tiempo pintaba sobre
seda conservo una corbata confeccionada especialmente
para mí con mis colores- y recuerdo echaba
las cartas con un mazo muy especial de naipes redondos
–feministas- producto de su aprendizaje con chamanas.
El té en sí era toda una experiencia
de sabores y perfumes traídos de sus largos
viajes, y producto de una concienzuda recolección
de hierbas en muchas tiendas especializadas, preparado
a veces, en un recipiente transparente –el cual poseía
un deposito especial para las hebras- y echándole
por ensima agua caliente; se mantenía el calor
gracias a una pequeña vela que se hallaba por
debajo; Las infusiones adquirían colores desde
el dorado intenso hasta el rojo escarlata de acuerdo
a la mezcla utilizada; el perfume que invadía
las fosas nasales producto de ello era música
para el alma. Los había con canela, con clavo
de olor, con cardamomo, con jazmines, con rosas, con
frutas y cáscaras secas, y miles más;
algunos dulces y picantes, otros suaves o intensos.
El
té en sí tal vez no sea un afrodisíaco
muy potente, pero preparado de esa manera aseguro
que es de una sensualidad exquisita.
Gracias
Echi por brindarme la experiencia de tus conocimientos
tanto en la cocina como en la vida, y por compartir
esos té tan maravillosos que nunca olvido.
Los
momentos verdaderamente queridos y vividos, son comparables
con los buenos vinos; puede romperse la copa y perderse
el sabor, pero jamás se olvidan no recuerdo
de quien es-
El
té de las chamanas
Historia
Un día de invierno, al volver a casa, mi madre,
viendo que yo tenía frío, me propuso
que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de
té. Primero dije que no, pero luego, sin saber
por qué, cambié de idea. Mandó
mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados,
que llamaban magdalenas, que parece que tienen por
molde una coquille Sain-Jacques. Y muy pronto, abrumado
por el triste día que había pasado y
por la perspectiva de otro tan melancólico
por venir, me llevé a los labios una cuchara
de té en el que había echado un trozo
de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel
trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar,
me estremecí, fija mi atención en algo
delicioso me invadió, me aisló, sin
noción de lo que lo causaba. Y él me
convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes,
sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria,
todo del mismo modo que opera el amor, llenándome
de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia
no es que estuviera en mí, es que era yo mismo
Y de pronto el recuerdo surge.
Ese
sabor es el que tenía el pedazo de magdalena
que mi tía Leoncia me ofrecía, después
de mojado en su infusión de té o de
tilo, los domingos por la mañana en Combray
(porque los domingos yo no salía hasta la hora
de misa) cuando iba a darle los buenos días
a su cuarto En cuanto reconocí el sabor del
pedazo de magdalena mojado en tilo que mi tía
me daba la vieja casa gris con fachada a la calle,
donde estaba su cuarto, vino a mi memoria como una
decoración de teatro; y con la casa vino el
pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina
y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes
de almorzar, y las calles por donde iba a hacer los
recados, y los caminos que seguíamos cuando
hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento
de los japoneses, que meten en un cacharro de porcelana
pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto
se mojan empiezan a estirarse, convirtiéndose
en flores, en casas, en personajes consistentes y
cognoscibles, así, ahora, todas las flores
de nuestro jardín y las del parque de Monsieur
Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes
del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia
y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo
y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale
de mi taza de té.
POR EL CAMINO DE SWANN Marcel Proust-
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