|
|
|
El
alimento es una de las cosas que más deben preocupar
en el cuidado de un enfermo; debe ser sabroso, y a la
vez nutritivo y ligero, para despertar el apetito extinto,
y fortificar, sin peligro de indigestión.
Estas condiciones encuéntranse reunidas en el. |
|
Tomado
de: “Notas de cocina de Leonardo Da Vinci”, la afición
desconocida de un genio.
Muslo
de colimbo
El
musco de colimbo es la mejor parte de un colimbo; así como
un colimbo hervido es mejor que un colimbo asado, de la misma
manera es más apetitoso el muslo de colimbo que la pechuga
de colimbo. Un colimbo ha de ser colgado durante seis semanas
antes de ser utilizado, después ha de hervirse en aguas
de ajo sin otro condimento que una pequeña cantidad de
pimienta. Y luego ha de dejarse para que se refresque en una pequeña
cantidad de agua de rosas, y cuando empiece a tornarse verde habrá
llegado el momento de consumirlo*.
*Probar
ete palto nos planteó un pequeño problema, ya que
nuestro pollaio local afirma que no había tenido un colimbo
en su almacén desde hacía más de cuarenta
años. Finalmente logramos convencer al conde Mario Alberti,
renombrado gourmet y cazador, para que nos cazara un para de estas
aves en la propiedad del duque Simone di San Clemente en Toscana,
donde se encuentra una de las pocas colonias de colimbos que quedan
en Italia. (Según nuestra noticia, este ave está
más extendida en el Sur de España.) Estábamos
decididos a colgar nuestros colimbos durante seis semanas, conforme
a las instrucciones de Leonardo, pero las pobres aves tenían
un aspecto tan lamentable tras sólo dos semanas, que decidimos
cocinarlas entonces. Una de ellas la hervimos en agua con cuatro
dientes de ajo, y la otra la asamos. Sacamos el colimbo hervido
de la cazuela después de una hora y media, lo rociamos
con agua de rosas, y como de todas formas ya había adquirido
un tinte verdoso mientras estuvo colgado, no esperamos a que éste
adquiriera un matiz más brillante y lo trinchamos inmediatamente.
Encontramos incomestible tanto la pechuga como el muslo, duros
y sosos, y en cuanto al colimbo asado sólo pudimos probar
un poco del pellejo tostado. Su carne era como la del colimbo
hervido.
Quizá fue culpa nuestra por no colgar las aves durante
las seis semanas prescritas o, quizá, en los quinientos
años transcurridos entre la redacción de la receta
y nuestro ensayo la calidad de los colimbos haya cambiado. O,
posiblemente, Leonardo se refería a colimbos domésticos,
no salvajes.
-Paginas 104 y 105-
Pájaros
escabechados
La
mejor manera que conozco de escabechar pequeños pájaros
es que los despluméis y los hirváis en un vino con
vinagre, hierbas y sal; que los dejéis de esta forma y
tornéis a hervirlos una vez cada mes hasta que todos los
huesos se hayan ablandado. Esto ocurre normalmente a los tres
meses, en el caso de las alondras, y a los seis si se trata de
colimbos.
- Página 121-
Pavo
real asado
El
arte de cocinar estas aves precisa mucho tiempo y presenta muchos
inconvenientes. Para matar un pavo real seguiréis el mismo
procedimiento que se utiliza con las cabras: cortaréis
su garganta y después con una aguja horadaréis su
cerebro para dejar manar la sangre. A continuación, lo
colgaréis de una higuera durante la noche para que se torne
tierno, y antes habréis rellenado su cuerpo vaciado con
ortigas y atado pesos a las dos patas.* Ahora cortaréis
el pellejo en su superficie desde la garganta hasta la cola y
lo pelaréis junto con las plumas y las patas todavía
unidas a la piel. Esto lo pondréis aparte con cuidado.
Colocad después la carcasa del ave en el horno, rellenada
con semillas de clavel, y rociadla con hierbas perfumadas; y,
lo más importante de todo, envolved su cuello y su cabeza
con u pañuelo blanco que habrá de mantenerse húmedo
todo el tiempo que esté cociendo, de manera que no los
deforme el calor.
Cuando el ave esté asada –y en ello tardaréis
dos o tres veces el tiempo necesario para un capón, pues
su carne es otras tantas veces más dura-, la sacaréis
del espetón y la recubrireís con su propio pellejo
que antes habías dejado aparte; y para fingir que el ave
se sostiene en pie, aseguraréis unas patas de hierro sobre
la mesa y dispondréis el ave encima de ellas; este hierro
debe atravesar el pájaro desde la cabeza hasta la cola,
pero no ha de verse. Y, entonces, podéis introducir lana
y alcanfor dentro de su pico y prenderlo. (Gallio no hace esto
porque teme mucho al fuego).
De este modo, podéis fingir que trincháis el pavo
para los invitados, pero en realidad lo que les serviréis
será la carne de las hembras de estas aves que habréis
asado al mismo tiempo que el macho, pero que es más tierna
y será por ello más grata a vuestros invitados.
No se aconseja que aquellos que sufren del hígado y de
la bilis coman de estas aves. Su carne es pesada y no muy nutritiva.
*Este pasaje aparece casi idéntico en la edición
original de De Re Magiare, de Valturio, publicado por Joannes
Nicolai, de Verona, en 1472 (y de la que existe una copia incompleta
en la Biblioteca del Vaticano). Sin embargo, no aparece en la
traducción de Ramusio para la edición de Milán
de 1483, por lo que Leonardo debió copiarlo de la edición
original en alguna fecha posterior a 1497, año en el que
aprendió latín, a menos, por supuesto, que algún
amigo se lo tradujera en una fecha anterior.
-Página 125-126-127-128-
Colimbo
majado
El
colimbo, que es la más sabrosa entre todas las aves pequeñas,
se cuece en su propio jugo y luego ha de majarse ligeramente y
ponerse en una olla de grasa de cerdo hirviente por no más
de medio minuto. De donde surge crujiente y dispuesto para ser
cubierto con pimienta y miel antes de comerse
-Página 130-
Cigüeña
y grullas
Muy
pocos comen cigüeñas o grullas en nuestro tiempo.
Me pregunto cuál es la razón.
-Página 132-
Pollo
sin cocer
(pollo sensa farina)
Rellenad
un pollo muerto con tantos limones cortados como quepan en la
cavidad, y depués sumergidlo durante 48 horas en vuestro
tarro de vinagre. Me han dicho que su sabor es muy bueno después
de ese tiempo, pero que puede estar duro en los extremos.
-Página 216-
Aves
en la Cocina Americana del Siglo XVIII
Tomado
de: “Cocina ecléctica” de Juana Manuela Gorrite
(publicado en 1890)
Cocido
de gallina a la mejicana
Se
prepara una gallina gorda, desplumándola esmeradamente;
se la abre, lávasela repetidas veces con agua fría,
así como sus menudos, mollejas, hígado y corazón;
junto con un trozo de miga de pan tostado, se la rellena cosiendo
con aguja e hilo la abertura, y se la pone en una olla de terra
cotta o de fierro esmaltado, a cocer en un largo hervor, acompañada
de un manojo de hojas tiernas de lechuga, perejil y hierba buena,
y en el centro una cabeza de cebolla: todo esto liado en un hilo
para que no se desparrame.
En razón a la prolongada cocción, se le pondrá
muy poca sal, aumentándole cada vez que merme el caldo
y sea necesario añadirle, ya una tacita, ya dos de agua.
Cuando a la presión en la pierna de la gallina se deshaga
la carne, el cocido está ya a punto , y se sirve, tras
un corto reposo, el caldo en una taza grande y de porcelana, a
fin de darle mayor realce al líquido. La gallina se le
ha de servir al enfermo entera, a fin de que él mismo elija
las presas, y pueda darse el gusto de cortarlas por sí
mismo. A al gallina debe acompañar una salsa, que se hace
con los menudos que han servido de relleno, que se extraen cuidadosamente,
y con la miga tostada, se muelen y se sazonan con aceite, vinagre
y rodajas de cebolla, que con el manojo de hierbas ha cocido en
el caldo.
Rosa Hidalgo de Díaz (Méjico)
Gallina
a la tucumanita
Córtese
el cuello a la gallina y recíbase la sangre en una taza.
Se pela, abre, lava y despresa y cuece con un poco de sal. Se
hace un aderezo con cebolla, tomates, tocino y chorizo, que habrán
cocido con la gallina, así como los menudos y huevos duros:
todo muy bien picado y sazonado con pimienta, orégano,
una dedada de cominos y tres cucharadas de mantequilla.
Sobre este aderezo se echa una parte del caldo y las presas de
la gallina, y se pone a cocer a fuego lento una media hora.
Mientras tanto, se tuestan y muelen una docena de granos de maní,
y otras tantas almendras dulces; muélase con ellos un pedazo
de migajón de pan remojado, y la sangre que se ha recogido.
Mézclesé todo esto, y un rato antes de quitar la
olla del fuego, échesele este último aderezo; revuélvase
con la cuchara, se deja un momento a medio hervor, y se sirve.
Quien una vez ha probado este plato, lo recuerda siempre cuando
piensa en Tucumán. Pero allí nadie conoce su confección,
sino una servidora de ustedes.
Isabel Torrens de Madariaga (Tucumán)
Gallina
fiambre
Se
matan dos gallinas gordas. Lavadas y bien limpias, interior y
exteriormente, se las pone a cocer en una olla de terra cotta,
o de fierro esmaltada de porcelana, bien sumergidas en agua ligeramente
sazonada de sal, junto con dos cabezas de cebolla enteras, dos
docenas de granos de pimienta, y un manojo de hierbas finas, envuelto
en un hilo, y presionando al echarlo a la olla.
Se hace hervir este cocido a fuego vivo durante tres horas, añadiéndole
agua hirviente poco a poco, cuando con la prolongada cocción
se disminuya.
Los menudos, molleja, hígado y corazón deben cocer
juntos con las gallinas. Las tripas, vaciadas, lavadas en tres
aguas y cortadas en trozos de cuatro centímetros. Ya bien
limpias en su interior, que se habrá revuelto, se le unta
un batido de aceite, vinagre, pimienta y sal; revueltas otra vez,
se las asa en la parrilla, para, con los otros menudos, servir
de relleno a la gallina.
Cuando la carne de la pierna o de la pechuga cede a la presión
de dos dedos, la gallina está a punto.
Se las retira de la olla, y se las rellena, añadiendo a
sus menudos cuatro huevos duros.
El caldo de esta cocción es excelente, sobre todo para
los niños.
Loreto Barros de Sosa (La Rioja)
Gallina
a la persa
Ayer,
en la mesa, mi papá recordó haber comprado al cocinero
de un restaurancito en el Pabellón de Persia, en la Exposición,
la receta de un plato que saboreó allí con delicia,
y cuya confección quiso traernos.
Y dejando el cubierto, echóse a buscar en los profundos
compartimientos de su cartera.
Allí estaba al consabida receta, de la que –después
de lectura general- me apoderé yo, gozosa de poder ofrecer
algo, aunque no mío, a un libro redactado por tantas beldades.
Se prepara una gallina bien gorda, matándola día
antes. Al vaciarla se tendrá cuidado de no arrancarle la
gordura interior.
Se escogen manzanas muy dulces, jugosas y perfumadas; se las pica
menudo, se les mezcla trocitos de pan, también muy menudos,
y se los fríe en mantequilla. Durante la fritura, se le
echa un poco de azúcar, muy poco, lo necesario para aumentar
el dulzor de la manzana. Cuando esto haya bien cocido, se rellena
la gallina, se la unta con mantequilla y se la pone a asar largamente,
quitándola con frecuencia del fuego para rociarla con su
mismo jugo alternando con unciones de mantequilla. El jueves tenemos
convidados algunos amigos para estrenar este plato.
Trinidad Velarde (Buenos Aires)
Pollo
apanado
Se
mata, cortándole la cabeza, aun pollo gordo de cuatro meses.
Se recoge la sangre, que, con la molleja, el hígado y el
corazón, se cocerán con dos hervores en agua ligeramente
salada. Todo esto muy bien picado y condimentado sirve de relleno
al pollo que, desplumado y lavado, se le enjuga, presionándolo
en una servilleta; se le unta todo entero con una pluma en una
confección de aceite y vinagre, batidos con pimienta, sal
y perejil molido. Se le revuelca en pan rallado, y se le pone
en la parrilla, o asador, con un fuego bien encendido, pero no
muy vivo.
Cuando el apanado comienza a costrar, vuelto una o dos veces,
se le unta la confección de aceite y vinagre, y póngasele
otra vez al fuego, avivándolo más.
Así hasta tres veces, en que se le dejará tomar
el tostado dorado, señal de estar ya a punto de servirse.
Se le volverá a untar, aunque muy ligeramente, la confección,
al enviarlo a la mesa.
Clementina R. de Balestra (Buenos Aires)
Pollos
al coñac
Se
cuecen los pollos, y con su caldo se hace una salsa de este modo:
se toma una cucharada de harina, que se deshace en mantequilla
y se le pone el caldo necesario para regularizar el espesor. Se
acomodan los pollos en presas, en fuente; se echa en la salsa
una buena copa de coñac, se la vierte sobre las presas;
se le ralla encima queso de Gruyére, de manera a cubrirlas,
y se entran al horno, de donde se retiran cuando el queso haya
dorado.
Elisa Velarde (Buenos Aires)
Pavo
embozado a la regente
Preparado
el pavo de la manera acostumbrada, rellenos con un revuelto de
dos docenas de huevos batidos, tres panes de grasa rallados, media
libra de queso también rallado, la sangre y menudos del
pavo, hervidos y picados, una onza de perejil molido, sal, pimienta
y cuatro cucharadas de aceite de oliva, mezclado todo al rellenar;
listo ya, se le envuelve en un matambre que se habrá tenido
durante ocho oras en un adobo de cebollas y ajos molidos, vinagre,
aceite de oliva, pimienta, sal, orégano y cominos.
Con hilo fuerte y una aguja gruesa, se cosen de arriba abajo los
bordes del matambre, sobre el lomo del pavo, cubriéndolo
enteramente. Se unta el matambre con mantequilla, y se le entra
al horno, que debe estar fuerte.
Cuando el matambre haya tomado un color dorado oscuro, se le trae
a la puerta del horno, para volver el pavo del otro lado, y se
le entra de nuevo.
Cuando este lado se haya igualmente dorado, se le retira del horno,
se le quita el matambre, se le unta mantequilla, y se le entra
otra vez a dorarse un momento, y acabar su cocción.
El matambre adobado, y bajo la acción del fuego, da a la
carne del pavo un sabor tan exquisito, que es necesario gustarlo
para poderlo apreciar.
Y el matambre mismo, en esa cocción en común con
la carne del pavo, toma un gusto riquísimo.
Se le sirve en lonjas sobre una salsa de jugo de tomate, picado
de hierbas finas, aceite, vinagre, pimienta y sopas de pan tostado
en consomé hirviente.
Carmen Caballero (Buenos Aires)
Pichones
a la délicieux
Así
exclamó el otro día mi papá, al gustar este
plato con que le obsequié en recompensa de una lindísima
pulsera.
Y, pues que tal lo encontró una persona de buen gusto gastronómico,
nada más natural que consagrarlo a la Cocina ecléctica.
Se despluman los pichones con mucho cuidado, para arrancarles
los cabos ocultos a flor de piel; y vaciados, lavados, ya bien
limpios, se les rellena con una fritura de sus menudos cocidos
y picados, huevos batidos, pan tostado y rallado, almendras trituradas,
pasa de Málaga, pimienta, sal, cominos y un trozo de mantequilla,
con que se pondrá todo esto al fuego en una sartén
durante diez minutos, revolviendo para que se incorpore.
Rellenos los pichones, se les sazona con sal y pimienta, y sobre
este sazonamiento se les unta mantequilla; se les envuelve en
papel también untado en mantequilla, y se les entra al
horno, que debe estar bien caliente.
Se sirve con una salsa de perejil molido y desleído en
jugo de tomate asado al rescoldo, y pasado por el tamiz. Esta
salsa se sazona con la indispensable sal y pimienta, unas gotas
de vinagre, y algo cargada de aceite puro de oliva.
Rosita Carreño (Buenos Aires)
Pichones
a la Nevada
Ella
enseñó esta riquísima confección a
un fondista de cierta aldea, donde la diva, de paso, se detuvo
a comer.
-¿Qué quiere la señora que se le sirva?-
demandó el fondista, que, entusiasmado con la presencia
de la cantatriz, se ocupaba en persona de aderezarle la mesa.
Y añadió -:Grato habría de serme dar su nombre
al plato que eligiera.
-Pues bien, querido huésped- dijo ella riendo- quisiera
comer un pichoncito en tres condiciones: frito, rebozado, y asado
al horno.
Limpios y preparados los pichones, se ponen a freír en
mantequilla, después de rellenos con aceitunas, huevos
duros en mitades, almendras y pasas de uva, convenientemente sazonados
con sal y pimienta.
Ya fritos, se envuelven en una masa de hojaldra, y se entran al
horno para hacer la rápida cocción de la hojaldra.
Se sirve caliente, llevándolo del horno a la mesa. Pero
también pueden se un excelente fiambre.
Ana S. de Armstrong (Buenos Aires)
Pichones
a la negrita
Se
cuecen los pichones con dos cabezas de cebolla, ramas de apio,
y sal. Se hace una salsa de harina en mantequilla, caldo de las
aves, y su sangre, que se habrá recogido en una taza, con
un cucharada de vinagre para que no se coagule, todo condimentado
con sal y pimienta.
Se ponen los pichones en una fuente con el apio y las cabezas
de cebolla deshojadas, y se les vierte encima la salsa.
Isaula Centeno (Buenos Aires)
Perdices
arrepolladas
Preparadas
las perdices, se ponen en una cazuela con cebolla, dos zanahorias,
apio, perejil, un trozo de tocino fresco, una salchicha bien confeccionada,
y un buen repollo, previamente macerado en agua hirviendo y bien
estrujado. Se le vierte encima un litro de caldo sazonado con
moscada, y se deja hervir tres horas.
Se sirve, poniendo el repollo en el fondo de la fuente, y sobre
éste las perdices, alternando con ellas la salchicha y
el tocino, cortados en pequeños trozos.
Es este un plato alsaciano, recogido en mis viajes.
Constanza Puch de Weigel (Buenos Aires)
Perdices
a la borrachita
Es
cazuela de tierra, o de fierro ídem, se ponen cebolla cortadas
en cuatro, dos tomates despepitados, dos cucharadas de aceite
y dos de vinagre tinto; sal, pimienta y medio vaso de aguardiente.
Se acomodan encima las perdices, entre lonjas de tocino fresco
puestas abajo y encima, y se tapa bien, para que no se exhale
el vapor. No se revuelve, sino que se sacude con frecuencia, para
impedir que se queme en el fondo.
Elena Sagasta (Buenos Aires)
Pato
a la limeña
Se
deshuesa el pato, con cuidado de no deformarlo; se toman los menudos:
hígado, molleja y corazón, se les cuece en el caldo
del puchero; se les pica muy bien, junto con un pedazo de carne
cocido también. Se pone a fundir y entibiar un trozo de
mantequilla, se la bate hasta que dé espuma, se la mezclan
cuatro huevos, pan rallado, leche, sal, pimienta, almendras pasas
de Málaga. Se incorpora todo esto con la carne picada,
se le agregan aceitunas y se rellena el pato cosiéndolo
con algunas puntadas para impedir que el relleno se derrame, y
se pone al horno, preparando para servirlo una salsa, ya sea del
jugo del tomate asado, pasado al tamiz, con perejil y maní
molidos en el mortero, y condimentada con aceite y vinagre, sal
y pimienta; o bien de perejil, ralladuras de pan tostado, natas,
o buena leche, cuatro yemas de huevo cocidas y molidas, y el indispensable
condimento de aceite, vinagre, sal y pimienta.
Acomodado en la fuente en que ha de servirse, se vierte la salsa
sobre el ave, y se deshace la costura que retiene el relleno.
Josefina Bustamante de la Puente (Lima)
Anticuchos
de tortolitas
Se
cuecen las tortolitas en un buen caldo de vaca. Cuando están
ya bien cocidas, se las quita del caldo y se las deja enfriar.
En seguida se las enjuga, se las unta en mantequilla, se las revuelca
en ralladuras de pan, y envueltas en papel enmantecado, se ponen
al horno hasta que doren.
Se sirven con salsa de ají amarillo, o mostaza inglesa.
Ester Castillo (Lima)
Jigote
de pato a la tartera
Se
deshuesa el pato y se le pica menudo, junto con un trozo de solomo
de ternera, tocino fresco, perejil, cebolletas, tomillo, laurel,
un diente de ajo, pimienta, un clavo de especia y sal al paladar.
Todo esto muy bien molido, se mezcla e incorpora al picado de
carnes.
Guarnézcase con lonjas de tocino fresco, una tartera cuya
tapadera cierre bien. Sobre esta capa de tocino, se echa el picado
de carnes. Se le añaden, aún, trocitos de tocino,
rociando por encima con un vaso de coñac. Se cubre también
con lonjas de tocino, y ajustando cuidadosamente la tapadera,
se entrará al horno a cocer durante cuatro horas. Se sirve
en la tartera, oculta en una fuente con ramas de perejil.
Angelina Dehesa de Escalera (Córdoba). |