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FOIE
GRAS, ESE PLACER VISCERAL
Por: Claudia Bellido
© COPYRIGHT autorizado por: MONTAGUD EDITORES, S.A.
http://www.apicius.es/index.html
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allá de la recurrente y previsible reacción
visceral ante el estímulo del gusto, el foie
gras ha conquistado gradualmente el paladar de los españoles.
Superadas todas las expectativas, hoy nuestro país
es el primer destino de la exportación francesa.
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De
oca o de pato, que siempre hay partidarios y detractores, el foie
gras ha pasado del rígido protocolo de la corte a la mesa
de los más prestigiosos restaurantes, de un restringido
círculo de privilegiados al disfrute sin concesiones. Eso
sí, con todos los honores.
Nada
de foie, y punto, bajo la excusa coloquial de simplificar los
términos o por un supuesto esnobismo. A cada cosa, por
su nombre. En cocina, si hablamos del estimado hígado de
oca o pato, hay que acudir al concepto foie gras, es decir, hígado
graso. Si nos comemos el adjetivo, aludimos a cualquier hígado:
de ternera, de vacuno, de cerdo, sin remarcar la distinción
de lo que ya es un símbolo de la alta gastronomía.
Algunos le llaman el “oro rosa”, por su gran valor
culinario y por el tono rosáceo que muestra el de oca,
más grande que el de pato y de sabor más delicado,
dulce y untuoso. La exquisitez elevada a la enésima potencia,
según los entendidos. Aunque, como se puede ver a continuación,
existen opiniones para todos los gustos.
Tal vez, la confusión reinaba hace unos años en
nuestro país, ya que su consumo es relativamente reciente.
De veinte años a esta parte, por marcar un periodo, ha
ido ganando adeptos de un modo vertiginoso. Hasta el punto de
que España se ha convertido en el principal destino de
la exportación francesa, siendo el país vecino el
primer productor de foie gras. Algunos incluso aseguran que el
pato viene a ser el homólogo francés de nuestro
cerdo, uno de los animales más rentables.
La
joya de la corona
La historia del foie gras nace de la obsesión de los antiguos
egipcios por descubrir por qué las aves migratorias tenían
la propiedad natural de almacenar reservas naturales en el hígado.
Entonces ya apreciaban la sabrosa carne de las ocas, que se refugiaban
a orillas del Nilo para pasar el invierno. El refinado sabor obedecía
a las reservas acumuladas por el animal para afrontar, superados
los rigores del frío, el duro viaje de vuelta. Esta acumulación
de grasa en las células es la responsable de que el hígado
vire de su tonalidad natural al color amarillento del foie gras.
Sin embargo, el foie gras aún no había hecho acto
de presencia en la cocina. Su descubrimiento data del siglo I
a.C., gracias a los romanos, que revelaron las cualidades gustativas
del hígado de las ocas, que alimentaban con higos.
El primer plato de foie gras aparece, según describió
Horacio, durante un banquete celebrado en Roma en el siglo I a.C.
y son numerosas las referencias a sus cualidades gustativas, como
las de Apicius, el gastrónomo que da nombre a nuestra revista
en la web, quien en su Arte Culinario apuntaba las primeras recetas
de esta delicia.
Durante
mucho tiempo, se consideró a los judíos de Europa
Central como los únicos que conocían el secreto
para obtener un buen foie gras, puesto que era la alternativa
a la carne grasa de cerdo cuando prevalecía el precepto
religioso que prohibía su consumo. Ya entonces se producían
patés y tarrinas de foie gras de oca y de pato en las regiones
productoras de Alsacia y del Sudoeste francés.
De nuevo nos encontramos ante un disputado origen: el eterno debate
de si fueron los alsacianos o los habitantes de la región
de Périgord quienes se apropiaron de la receta culinaria
del foie gras. Lo cierto es que un alsaciano presentó su
pequeño envase de foie gras a la corte del rey Luis XIV
e inició una polémica entre ambas regiones francesas
que todavía hoy no se ha zanjado.
Desde entonces, el regio paladar encumbró el producto,
que ya no se movió de la mesa del soberano. Así,
fue pasando de generación en generación, compartiendo
privilegios con la realeza, que le rendía un comprensible
culto y toda clase de honores. Junto con la Corona y el consiguiente
traspaso de poder, ascendieron al trono de Francia Luis XV y Luis
XVI, quienes heredaron inalterado el gusto por el foie gras, el
nuevo lujo gastronómico de la corte.
Para nada se convirtió en usufructo de la monarquía
lo que en seguida pasó a ser un bien compartido, un placer
para los sentidos que sedujo e inspiró a la clase culta
de la época. Los grandes escritores, como George Sand y
Alejandro Dumas, cayeron rendidos ante sus excelencias. Al igual
que los músicos, así Rossini y su famoso tournedos,
al que le prestó el nombre.
Tampoco el foie gras se quedó en sus regiones de origen.
La invención de la esterilización y el desarrollo
del transporte permitieron difundir su prestigio por toda Francia,
país productor por antonomasia, así como por todo
el mundo. En concreto, las provincias de Gers y, aún más,
Gascogne, acogieron a los más expertos criadores de palmípedos
grasos y afamados productores de este excepcional manjar.
El resto de la historia del foie gras es meramente circunstancial.
Sirva como ejemplo que Cristóbal Colón trajo el
maíz de América, y los productores de foie gras
en seguida advirtieron las grandes ventajas que ofrecía
este cereal frente a los higos empleados hasta entonces para el
engorde de patos y ocas. A propósito de la alimentación
de patos y ocas, señalar que el tono adquirido por el hígado
guarda una relación directa con el alimento. Rosado en
el caso de los higos; marfil cuando se trata de maíz.
A este respecto, otra curiosidad, se comenta que la palabra francesa
“foie” debe su origen etimológico a “figue”,
ficus en latín, (higo en nuestro idioma).
Consejos
de degustación
El foie gras es un producto que debe conservarse en el frigorífico.
Antes de servirlo, se debe abrir el envase y dejarlo a temperatura
ambiente durante 20 minutos. De este modo, se oxigena y desprende
todos sus aromas.
Para evitar que se rompan las porciones, el foie gras se corta
en láminas delgadas con un cuchillo de hoja fina, liso
y sin dientes, que previamente se sumerge en agua caliente y después
se seca. Mejor no cortarlo hasta el último momento, con
el fin de preservar su color y sabor; además, se corre
el riesgo de que se oxide o muestre un tono menos agradable. Para
conservar la frescura de cierta cantidad sobrante, el plato puede
colocarse sobre un lecho de hielo picado.
En cuanto a las proporciones recomendadas, para los entrantes
se establece entre 50 y 70 gramos de foie gras por persona y de
100 a 130 gramos para un segundo plato.
El foie gras en conserva o semiconserva se degusta solo o con
pan, que puede tostarse ligeramente. El empeño de tratar
de untarlo es imperdonable a los ojos de los puristas y amantes
del foie gras, que observan sin remedio cómo el producto
pierde su textura característica, a la vista y al gusto.
En cuanto a las recetas, el foie gras es protagonista de numerosos
platos de alta gastronomía, ya que armoniza a la perfección
con ensaladas, legumbres, verduras, purés o platos de pasta,
entre muchos otros.
Pero sin duda, la mejor forma de apreciar sus excelentes cualidades
es acompañarlo de un cava o un champagne, mejor brut, con
vinos blancos dulces, oportos y, en general, con vinos de alta
calidad, a la altura del producto.
En el apartado de denominaciones y productos, una etiqueta de
foie gras debe incluir, además del nombre del fabricante,
informaciones específicas, claras y precisas, tales como
la lista de ingredientes utilizados, la fecha de caducidad, la
temperatura recomendada de conservación, y la identificación
del lote de fabricación. Sin olvidar la denominación
del producto según la terminología establecida.
Como
su nombre indica
Se reserva la denominación “foie gras” para
los productos que no tienen más que hígado graso.
Además, existe el término “foie gras entier”,
que se compone de un hígado entero o de uno o varios lóbulos
de hígado graso.
El “foie gras” se compone de trozos de lóbulos
de hígado graso aglomerados.
El “bloc de foie gras”, compuesto de hígado
graso reconstituido, puede contener además hígado
en trozos. Por otro lado, existen también varias preparaciones
a base de hígado graso con un porcentaje de hígado
graso que puede variar: el “parfait de foie” contiene
un mínimo de 75% de hígado graso. Por último,
los medallones, patés, mousses o galantinas de hígado,
que contienen como mínimo el 50% de hígado graso.
¿De
oca o de pato? Senderens nos da su opinión
Los dos palmípedos, oca y pato, se crían indistintamente
en la misma zona productora, en idénticas condiciones de
engorde. El elemento diferencial llega sobre todo con la degustación.
Si el foie gras de pato resulta en boca más fuerte, con
cierto amargor característico, aunque más fugaz
y, tal vez, rústico, como más marcado; el de oca
ofrece un sabor matizado, más delicado, incluso dulce;
de gran untuosidad y finura en cuanto a la textura, más
elástica y pastosa, fundente y permanente al paladar.
La
otra diferencia, más obvia, hace referencia al tamaño
de la víscera. Como es lógico, el hígado
de pato es menor que el de oca. Los pesos oscilan entre 450 y
500 gramos para el primero, frente a los 700 y 800 gramos de un
hígado graso de oca. Por último, el color, más
amarillento-marfil, beige, jamás grisáceo, y siempre
uniforme, para el de pato respecto a la tonalidad rosácea
del de oca. Sin olvidar el precio, más económico
el de pato.
Asimismo, tal y como apunta el chef Alain Senderens, al pato se
le presuponen otras virtudes económicas y comerciales que
le otorgan ventaja respecto a la oca, tales como un engorde más
rápido, el tamaño menor de su hígado y, por
tanto, con mejor salida comercial. En su opinión, la textura
adecuada debe ser parecida a la de una mantequilla suave bajo
la ligera presión de un dedo, que hunde la carne y ésta
retiene la huella. Manchado o veteado, será síntoma
de estrés del animal o malos tratos recibidos, así
como prueba irrefutable de producto defectuoso, de baja calidad,
carente de su textura típica, quedando endurecido o hasta
derretido durante la cocción. Al corte, jamás debe
mostrar pequeñas venas, trazos de sangre ni nervios. Tiene
que ser limpio y firme.
Para Senderens, natural del Sudoeste francés, no hay duda:
en su carta figura el foie gras de pato; bajo su óptica,
más acorde con el gusto de hoy día. En cuanto a
las razas, se decanta por la Mulard y, por cierto, machos antes
que hembras, que dan mejores hígados. Para rizar el rizo,
concreta las preferencias en un cruce entre macho de Barbarie
y hembra de Pékin. Amantes de la libertad, estos patos
pueden disfrutar plenamente de ella durante sus trece primeras
semanas de vida, en bandada, sólo bajo la atenta mirada
de las ocas, que darán la señal de alarma en caso
de peligro, ya que estos animales son mudos.
Si en un principio era habitual encontrar productos del pato en
forma de tarrina, a menudo trufados, que el chef justifica bajo
la afirmación de “el lujo por el lujo”, o también,
al natural; en la cocina actual se impone un nuevo interés
por sugerentes fórmulas y tratamientos. Se puede decir
que este lenguaje ha llevado a crear la cocina del foie gras.
Por su parte, el cocinero francés ha estudiado la mejor
forma de tratar este producto, con frecuencia desconcertante y
frágil, que requiere una gran precisión en su elaboración.
Uno de los métodos más empleados, y más original,
incluso revolucionario para la época, fue la cocción
al vapor, nada agresiva, conservando la fineza del producto.
Como no podía ser de otro modo, frente a los defensores
a ultranza del pato, se encuentran los firmes partidarios de la
oca, la reina de la Gascogne francesa, tierra de mosqueteros.
De la oca se aprovechaba todo, hasta las plumas, que auguraban
dulces sueños y guiaban el pulso de la inspiración
literaria. Además, la carne de oca, una vez salada, se
conservaba durante mucho tiempo hasta su consumo.
Era muy común la dedicación a la cría de
este animal, de tal forma que un solo productor podía sumar
fácilmente una renta de hasta cuatro mil ocas. Sin embargo,
la parte más apreciada de la oca era, y sigue siendo, el
foie gras. Su calidad mejora con una dieta hipercalórica
que las ocas ingieren con fruición, un preparado a base
de maíz y cebada empapados en agua caliente, y mezclados
con miel e higos.
Los unos y las otras, patos y ocas, pueden convivir en armonía
y comparten una marcada sensibilidad ante los cambios meteorológicos:
a las variaciones de temperatura, a la humedad y las corrientes.
Sin ironías, conviene asegurarles una placentera existencia,
equilibrada, sin el más leve atisbo de estrés, por
supuesto, con el fin de obtener el mejor foie gras. Calidad de
vida del todo interesada.
En
los fogones de Santi Santamaria
Las preferencias por el hígado graso de uno u otro animal
obedecen a múltiples motivos, como la estación,
la temperatura que requiera el plato, el sabor, el peso, etc.
Por su parte, Santi Santamaria, del restaurante El Racó
de Can Fabes, apuesta por el de pato para cocinar y el de oca
para degustar frío, si bien reconoce que para obtener la
calidad deseada, su tratamiento precisa mucha paciencia y meticulosidad
durante la cría y engorde. Como buenos animales de costumbres,
la regularidad en el horario de alimentación y las cantidades
de maíz que se les da son decisivas.
Y un nuevo matiz en la temperatura, aspecto en el que Santamaria
coincide con Carme Ruscalleda, del restaurantes Sant Pau. En invierno,
los hígados son de mejor calidad que en verano, porque
con el calor los animales comen de peor gana y porque el producto
se resiente y no tiene la misma textura que en invierno.
Para el tres estrellas Michelin de Sant Celoni, un hígado
entero, bien dorado, pasado primero por la sartén y acabado
al horno, es un espectáculo estético. Trinchado
en la mesa, en maridaje con una pizca de sal gruesa, unas gotas
de jerez reducido y unas granos de pimienta chafados, puede ser
apoteósico. Para redondear el plato, se pueden saltear
unos albaricoques frescos en la sartén, que acompañarán
el foie gras a la perfección.
Familia
numerosa
Por otro lado, hay que aclarar que el foie gras no es hijo único,
sino que forma parte de una familia numerosa, cada miembro con
su tipología definida. La diversidad de foie gras que presenta
el mercado amplía las posibilidades en cuanto a la composición
de platos y adaptación a los diferentes gustos del consumidor.
En este sentido, se puede hablar de foie gras trufado, que contiene
por lo menos un 3% de trufa. Si sólo incluye en su elaboración
entre el 1 y el 3% se le llamará “foie gras”,
siempre especificando el tanto por ciento de contenido en trufa.
Se suma a esta relación el foie gras crudo, que normalmente
se envasa al vacío y tiene un tono que oscila del blanco
marfil, con matices rosados, hasta amarillo claro, según
la alimentación de los animales. La textura es firme y
suave al tacto y se conserva hasta siete días a una temperatura
de 1 a 3° C.
El foie gras mi-cuit o semi cocido se suele envasar en lata, tarro
de cristal o al vacío. Se conserva a una temperatura de
entre 1 y 3° C unas semanas si está envasado al vacío
o más de 6 meses si está envasado en latas o tarros
de cristal.
Por último, el foie gras esterilizado, envasado en latas
o botes de cristal, que se conserva varios años a temperatura
ambiental (entre 10 y 15°C).
Buenos
maridajes
El foie gras se conforma con poco, o mejor, no precisa grandes
acompañamientos ni comparsas que a menudo desvirtúan
su sabor. Le bastan un buen pan y un vino, tampoco cualesquiera,
se sobreentiende. La combinación de estos productos de
nobleza extraordinaria reserva uno de los mayores placeres culinarios
al comensal. A partir de esta premisa, las variaciones son múltiples,
siempre que se respeten sus principios fundamentales.
En la elección del pan, lo mejor es obviar la fantasía
y cortar las alas a la imaginación, que bien podrían
interferir en la pureza del foie gras y su inconfundible sabor.
Se recomienda elegir un buen pan rústico, redondo o una
sencilla baguette, tostados o al natural, eso al gusto del consumidor.
Sobre todo, evitar el gesto de untar o tratar de extender sobre
el pan el foie gras, que perdería su textura, y ofrecería
un espectáculo patético a miradas expertas. Lo más
aconsejable es colocar la fina lámina sobre el pan, sin
más.
Respecto al vino, la riqueza de sabores y matices que ofrece el
foie gras permite infinitas asociaciones. Los vinos sólo
deben poseer un mínimo de complejidad y cuerpo. Por lo
tanto, se deben excluir los vinos demasiado ligeros o jóvenes.
Es tradicional degustar el foie gras con un vino blanco suave,
el incondicional Sauternes, si bien la provincia de la Gascogne
ofrece algunos como Côtes de Gascogne o Pacherenc. De igual
modo, se puede acompañar de grandes caldos tintos, que
sintonizan muy bien con el foie gras, y por qué no, con
un Madiran. Algunos viticultores defienden el maridaje con Floc
de Gascogne y fijan la hora del aperitivo como la mejor.
Entre las sugerencias de blancos dulces franceses, además
del ya mencionado Sauternes, el Montbazillac, Jurançon
o Bergerac. Si se opta por los alsacianos, mejor elegir uno de
cosecha tardía.
Los blancos secos proponen un Côtes de Beaune, un Gran Borgoña
o un champagne muy ligero. También, un vino de Graves o
de Chateauneuf du Pape combinan muy bien con el foie gras.
Las referencias de tintos se inclinan por caldos del Médoc
(Margaux o Pauillac), del Libournais (Pomerol) y hasta un Cahors,
más tánico, como es, asimismo, el caso del antes
aludido Madiran. Y todo ello sin desmerecer en ningún momento
excelentes vinos españoles que armonizan tanto, o más,
que los anteriores. Todo vale, para los amantes del cava, el jerez,
blancos dulces o secos, o los incondicionales del vino tinto.
Foie
gras de la mano del mejor caldo, la pareja perfecta. Por una vez,
nos atrevemos a romper el tradicional maridaje, sin por ello enturbiar
la más estable de las relaciones. Verso a verso, se suma
la poesía cerrando este triángulo de los sentidos,
con una acertada loa de Pablo Neruda que selecciona la firma gerundense
Mas Parés para exaltar sus productos:
“Oh tú, hígado de ángel
Suave manjar
Peso perdido
De nuestras delicias
Esplendor sagrado
De nuestras comidas,
Presente compacto
Riqueza bella
Intensa también
Forma adorable!
Tu dulce perfume es un arpa
Sobre nuestros paladares. Tu armonía
Toca los címbalos en nuestras lenguas
Y nos atraviesa enteramente
Con un largo escalofrío de placer”
Bibliografía
L’Atelier de Alain Senderens. Erik Orsenna. Editorial Hachette.
Les Couverts de d’Artagnan. Éditions de la Presqu’Île.
La Cocina de Santi Santamaria. La ética del gusto, de Santi
Santamaria. Editorial Everest.
Páginas
web
www.en-touraine.com
www.saveurs.sympatico.ca (información y recetas)
www.francegourmet.net (recetas)
www.levante.com/lavit (recetas)
www.encomix.es (recetas)
www.villedieu.com (visitas organizadas, vinos)
www.gascogne.com (información de producto)
www.libreriagastronomica.com
Agradecimientos
Cifog. Comité Interprofessionel des palmipedes à
foie gras
Imperia Foie Gras (Progust S.L.)
Mas Parés.
Maîtres Landais
Rougie, S.A.
El
Foie Gras y el Pate
Aunque tanto el foie gras como el paté de hígado
pueden mostrar la textura de pasta, a menudo ambos términos
provocan confusión y malos entendidos, no así en
Francia, donde existe una rigurosa legislación al respecto.
Afirma Mas Parés que, al hablar de foie gras, se refiere
únicamente y de manera exclusiva al producto elaborado
con hígado graso de pato, preparado con especias aromáticas
y cocinado. Al emplear el concepto hígado graso, hace alusión
al hígado de un pato que ha estado sobrealimentado durante
un periodo de 12 a 15 días.
Por otra parte, denomina sólo paté al producto elaborado
a partir de una mezcla de hígado de pato con hígado,
grasa o carne de cualquier animal. Y más confusiones, por
ejemplo, paté de foie gras, que debe tener necesariamente
un componente de foie gras al que podrá añadirse
carne o grasa de otro animal. En este sentido, caben múltiples
porcentajes y, a mayor cantidad de foie gras, mejor calidad tendrá
el paté de foie gras.
Asimismo, paté de canard, que se emplea cuando el producto
tiene un componente de pato: bien la grasa, la carne o el hígado,
pero de pato que no ha sido engordado. Por último, el paté
de foie, que implica únicamente el uso de hígado
para la elaboración del producto. Aquí es donde
se suele producir la picaresca de llamar al producto paté
de foie gras, cuando en realidad no es más que simple paté
de hígado. ¿Queda claro?.
Apuntes
de Cocina
Jean Paul Vinay, natural de Lyon, afincado en Cataluña
desde hace 20 años, es chef del restaurante El Pati Verd,
del Hotel Carlemany de Girona, y ejerce de perfecto embajador
del foie gras en España. Para él, la primera cuestión
que se plantea surge en el momento de la compra: y se debate entre
producto fresco o elaborado. En el primer caso, recomienda que
la pieza no exceda los 500 gramos, ya que es menos grasa y responde
bien a la cocción. Debe mostrar un tono amarillo claro,
y ofrecer una textura blanda (los duros se funden). Para comerlo,
mejor no muy frío y que haya reposado fuera de la nevera
unos 20 minutos para que dé todo su sabor.
El gusto, natural: Tan sólo, “sal gorda y pimienta,
ni Armagnac, ni nada”. Lo acompaña de compota de
higos secos”. Sobre el pan, un brioche o un buen pan de
payés templado-caliente”. Para beber, es correcto
el clásico Sauternes de Burdeos, si bien este chef prefiere
el Jurançon, del Suroeste francés, así como
el Domaine de Bellegared, del 96, un blanco licoroso, no tan dulce
como el Sauternes pero ideal con foie gras, y referencia obligada
para los fanáticos del chocolate. Sobre todo, Vinay recomienda
poner el horno a 200° C y, una vez apagado, introducir el
hígado 20 minutos y sacar; luego, dejar reposar 24 horas
en la nevera.
Mey Hofmann, del restaurante-escuela Hofmann, aconseja un foie
gras de textura lisa, olor suave y color uniforme. ¿Los
mejores meses? Noviembre y enero. Al crudo, envasado al vacío,
mejor no retirarle muchos nervios, para no romperlo y que luego
no se deshaga. Para saltear o cocinar, es idóneo el “mi-cuit”.
De entre las diversas categorías: foie gras crudo, fresco,
semi cocido o semi conserva y conserva de foie gras, el primero
debe dejar templarse, retirar el nervio principal y las partes
verdosas. Inmejorable para degustar crudo, en lonchas muy finas,
o con sal y pimienta, con pan y sin guarnición.
(foto
foie 7)
El
fresco se prepara igual y se cuece en tarrina o “au torchon”.
La mejor fórmula es la cocción al vacío,
para servir “bien frío, sin guarnición, con
pan tostado y vino más bien dulce: Banyuls, Sauternes,
Frontignan, Malvasía. Y sólo sazonar con sal y pimienta.
Para cortarlo, calentar un cuchillo liso entre cada corte en agua
caliente.
Para el “mi-cuit”, menos cocido que en conserva y
más que el fresco; la temperatura es de 80° C “a
coeur”. En conserva, el producto mejora envejeciendo en
condiciones óptimas; y muestra una textura prieta, cocido
a 110° C “a coeur”. Mejor servirlo más
templado que los anteriores y no tirar la grasa, ya que puede
servir, por ejemplo, para saltear unas patatitas.
Carme Ruscalleda, del restaurante Sant Pau de Sant Pol de Mar
(Barcelona), describe el mi-cuit de pato: tono rosado con matices
amarillentos, sin manchas grises ni poros oscuros; olor perfumado
suave y sabor dulce, ligeramente especiado; textura fina, untuosa
y nada grasienta ni empalagosa.
Lo prepara al natural, a partir de hígado de gran calidad,
con preferencia por la raza Barbarie frente a la Mulard. Lo sirve
sobre un lecho de ensalada de apio, manzana y hoja de roble, con
unas cuantas pasas y una vinagreta rebajada con gelée de
manzana. De la tarrina forma una gran bola que reboza con “borrego”:
pan muy tostado y a dados pequeños, y un poco de sal gorda
y pimienta. Otra manera más divertida es rellenándolo
de frutos secos, como orejones de melocotón, dátiles,
nueces, membrillo y genjibre.
Con el foie gras combinan muy bien los frutos secos. De acompañamiento,
aparte de los clásicos (Sauternes o los Vinyes Tardies),
es perfecto un Oloroso D.O. Jerez.
Nota:
Norberto E. Petryk / chef,
© COPYRIGHT autorizado por: MONTAGUD EDITORES, S.A.
apicius.es magazine digital de gastronomía
www.apicius.es
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