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FOIE
GRAS, ESE PLACER VISCERAL
Por: Claudia Bellido
© COPYRIGHT autorizado por: MONTAGUD EDITORES,
S.A.
http://www.apicius.es/index.html
Más allá de la recurrente y previsible
reacción visceral ante el estímulo del
gusto, el foie gras ha conquistado gradualmente el
paladar de los españoles. Superadas todas las
expectativas, hoy nuestro país es el primer
destino de la exportación francesa. De oca
o de pato, que siempre hay partidarios y detractores,
el foie gras ha pasado del rígido protocolo
de la corte a la mesa de los más prestigiosos
restaurantes, de un restringido círculo de
privilegiados al disfrute sin concesiones. Eso sí,
con todos los honores.
Nada
de foie, y punto, bajo la excusa coloquial de simplificar
los términos o por un supuesto esnobismo. A
cada cosa, por su nombre. En cocina, si hablamos del
estimado hígado de oca o pato, hay que acudir
al concepto foie gras, es decir, hígado graso.
Si nos comemos el adjetivo, aludimos a cualquier hígado:
de ternera, de vacuno, de cerdo, sin remarcar la distinción
de lo que ya es un símbolo de la alta gastronomía.
Algunos le llaman el “oro rosa”, por su
gran valor culinario y por el tono rosáceo
que muestra el de oca, más grande que el de
pato y de sabor más delicado, dulce y untuoso.
La exquisitez elevada a la enésima potencia,
según los entendidos. Aunque, como se puede
ver a continuación, existen opiniones para
todos los gustos.
Tal vez, la confusión reinaba hace unos años
en nuestro país, ya que su consumo es relativamente
reciente. De veinte años a esta parte, por
marcar un periodo, ha ido ganando adeptos de un modo
vertiginoso. Hasta el punto de que España se
ha convertido en el principal destino de la exportación
francesa, siendo el país vecino el primer productor
de foie gras. Algunos incluso aseguran que el pato
viene a ser el homólogo francés de nuestro
cerdo, uno de los animales más rentables.
La joya de
la corona
La historia del foie
gras nace de la obsesión de los antiguos egipcios
por descubrir por qué las aves migratorias
tenían la propiedad natural de almacenar reservas
naturales en el hígado.
Entonces ya apreciaban la sabrosa carne de las ocas,
que se refugiaban a orillas del Nilo para pasar el
invierno. El refinado sabor obedecía a las
reservas acumuladas por el animal para afrontar, superados
los rigores del frío, el duro viaje de vuelta.
Esta acumulación de grasa en las células
es la responsable de que el hígado vire de
su tonalidad natural al color amarillento del foie
gras.
Sin embargo, el foie gras aún no había
hecho acto de presencia en la cocina. Su descubrimiento
data del siglo I a.C., gracias a los romanos, que
revelaron las cualidades gustativas del hígado
de las ocas, que alimentaban con higos.
El primer plato de foie gras aparece, según
describió Horacio, durante un banquete celebrado
en Roma en el siglo I a.C. y son numerosas las referencias
a sus cualidades gustativas, como las de Apicius,
el gastrónomo que da nombre a nuestra revista
en la web, quien en su Arte Culinario apuntaba las
primeras recetas de esta delicia.
Durante
mucho tiempo, se consideró a los judíos
de Europa Central como los únicos que conocían
el secreto para obtener un buen foie gras, puesto
que era la alternativa a la carne grasa de cerdo cuando
prevalecía el precepto religioso que prohibía
su consumo. Ya entonces se producían patés
y tarrinas de foie gras de oca y de pato en las regiones
productoras de Alsacia y del Sudoeste francés.
De nuevo nos encontramos ante un disputado origen:
el eterno debate de si fueron los alsacianos o los
habitantes de la región de Périgord
quienes se apropiaron de la receta culinaria del foie
gras. Lo cierto es que un alsaciano presentó
su pequeño envase de foie gras a la corte del
rey Luis XIV e inició una polémica entre
ambas regiones francesas que todavía hoy no
se ha zanjado.
Desde entonces, el regio paladar encumbró el
producto, que ya no se movió de la mesa del
soberano. Así, fue pasando de generación
en generación, compartiendo privilegios con
la realeza, que le rendía un comprensible culto
y toda clase de honores. Junto con la Corona y el
consiguiente traspaso de poder, ascendieron al trono
de Francia Luis XV y Luis XVI, quienes heredaron inalterado
el gusto por el foie gras, el nuevo lujo gastronómico
de la corte.
Para nada se convirtió en usufructo de la monarquía
lo que en seguida pasó a ser un bien compartido,
un placer para los sentidos que sedujo e inspiró
a la clase culta de la época. Los grandes escritores,
como George Sand y Alejandro Dumas, cayeron rendidos
ante sus excelencias. Al igual que los músicos,
así Rossini y su famoso tournedos, al que le
prestó el nombre.
Tampoco el foie gras se quedó en sus regiones
de origen. La invención de la esterilización
y el desarrollo del transporte permitieron difundir
su prestigio por toda Francia, país productor
por antonomasia, así como por todo el mundo.
En concreto, las provincias de Gers y, aún
más, Gascogne, acogieron a los más expertos
criadores de palmípedos grasos y afamados productores
de este excepcional manjar.
El resto de la historia del foie gras es meramente
circunstancial. Sirva como ejemplo que Cristóbal
Colón trajo el maíz de América,
y los productores de foie gras en seguida advirtieron
las grandes ventajas que ofrecía este cereal
frente a los higos empleados hasta entonces para el
engorde de patos y ocas. A propósito de la
alimentación de patos y ocas, señalar
que el tono adquirido por el hígado guarda
una relación directa con el alimento. Rosado
en el caso de los higos; marfil cuando se trata de
maíz.
A este respecto, otra curiosidad, se comenta que la
palabra francesa “foie” debe su origen
etimológico a “figue”, ficus en
latín, (higo en nuestro idioma).
inicio
Consejos de
degustación
El foie gras es un
producto que debe conservarse en el frigorífico.
Antes de servirlo, se debe abrir el envase y dejarlo
a temperatura ambiente durante 20 minutos. De este
modo, se oxigena y desprende todos sus aromas.
Para evitar que se rompan las porciones, el foie gras
se corta en láminas delgadas con un cuchillo
de hoja fina, liso y sin dientes, que previamente
se sumerge en agua caliente y después se seca.
Mejor no cortarlo hasta el último momento,
con el fin de preservar su color y sabor; además,
se corre el riesgo de que se oxide o muestre un tono
menos agradable. Para conservar la frescura de cierta
cantidad sobrante, el plato puede colocarse sobre
un lecho de hielo picado.
En cuanto a las proporciones recomendadas, para los
entrantes se establece entre 50 y 70 gramos de foie
gras por persona y de 100 a 130 gramos para un segundo
plato.
El foie gras en conserva o semiconserva se degusta
solo o con pan, que puede tostarse ligeramente. El
empeño de tratar de untarlo es imperdonable
a los ojos de los puristas y amantes del foie gras,
que observan sin remedio cómo el producto pierde
su textura característica, a la vista y al
gusto.
En cuanto a las recetas, el foie gras es protagonista
de numerosos platos de alta gastronomía, ya
que armoniza a la perfección con ensaladas,
legumbres, verduras, purés o platos de pasta,
entre muchos otros.
Pero sin duda, la mejor forma de apreciar sus excelentes
cualidades es acompañarlo de un cava o un champagne,
mejor brut, con vinos blancos dulces, oportos y, en
general, con vinos de alta calidad, a la altura del
producto.
En el apartado de denominaciones y productos, una
etiqueta de foie gras debe incluir, además
del nombre del fabricante, informaciones específicas,
claras y precisas, tales como la lista de ingredientes
utilizados, la fecha de caducidad, la temperatura
recomendada de conservación, y la identificación
del lote de fabricación. Sin olvidar la denominación
del producto según la terminología establecida.
Como
su nombre indica
Se reserva la denominación
“foie gras” para los productos que no
tienen más que hígado graso.
Además, existe el término “foie
gras entier”, que se compone de un hígado
entero o de uno o varios lóbulos de hígado
graso.
El “foie gras” se compone de trozos de
lóbulos de hígado graso aglomerados.
El “bloc de foie gras”, compuesto de hígado
graso reconstituido, puede contener además
hígado en trozos. Por otro lado, existen también
varias preparaciones a base de hígado graso
con un porcentaje de hígado graso que puede
variar: el “parfait de foie” contiene
un mínimo de 75% de hígado graso. Por
último, los medallones, patés, mousses
o galantinas de hígado, que contienen como
mínimo el 50% de hígado graso.
inicio
¿De
oca o de pato? Senderens nos da su opinión
Los dos palmípedos,
oca y pato, se crían indistintamente en la
misma zona productora, en idénticas condiciones
de engorde. El elemento diferencial llega sobre todo
con la degustación. Si el foie gras de pato
resulta en boca más fuerte, con cierto amargor
característico, aunque más fugaz y,
tal vez, rústico, como más marcado;
el de oca ofrece un sabor matizado, más delicado,
incluso dulce; de gran untuosidad y finura en cuanto
a la textura, más elástica y pastosa,
fundente y permanente al paladar.
La
otra diferencia, más obvia, hace referencia
al tamaño de la víscera. Como es lógico,
el hígado de pato es menor que el de oca. Los
pesos oscilan entre 450 y 500 gramos para el primero,
frente a los 700 y 800 gramos de un hígado
graso de oca. Por último, el color, más
amarillento-marfil, beige, jamás grisáceo,
y siempre uniforme, para el de pato respecto a la
tonalidad rosácea del de oca. Sin olvidar el
precio, más económico el de pato.
Asimismo, tal y como apunta el chef Alain Senderens,
al pato se le presuponen otras virtudes económicas
y comerciales que le otorgan ventaja respecto a la
oca, tales como un engorde más rápido,
el tamaño menor de su hígado y, por
tanto, con mejor salida comercial. En su opinión,
la textura adecuada debe ser parecida a la de una
mantequilla suave bajo la ligera presión de
un dedo, que hunde la carne y ésta retiene
la huella. Manchado o veteado, será síntoma
de estrés del animal o malos tratos recibidos,
así como prueba irrefutable de producto defectuoso,
de baja calidad, carente de su textura típica,
quedando endurecido o hasta derretido durante la cocción.
Al corte, jamás debe mostrar pequeñas
venas, trazos de sangre ni nervios. Tiene que ser
limpio y firme.
Para Senderens, natural del Sudoeste francés,
no hay duda: en su carta figura el foie gras de pato;
bajo su óptica, más acorde con el gusto
de hoy día. En cuanto a las razas, se decanta
por la Mulard y, por cierto, machos antes que hembras,
que dan mejores hígados. Para rizar el rizo,
concreta las preferencias en un cruce entre macho
de Barbarie y hembra de Pékin. Amantes de la
libertad, estos patos pueden disfrutar plenamente
de ella durante sus trece primeras semanas de vida,
en bandada, sólo bajo la atenta mirada de las
ocas, que darán la señal de alarma en
caso de peligro, ya que estos animales son mudos.
Si en un principio era habitual encontrar productos
del pato en forma de tarrina, a menudo trufados, que
el chef justifica bajo la afirmación de “el
lujo por el lujo”, o también, al natural;
en la cocina actual se impone un nuevo interés
por sugerentes fórmulas y tratamientos. Se
puede decir que este lenguaje ha llevado a crear la
cocina del foie gras.
Por su parte, el cocinero francés ha estudiado
la mejor forma de tratar este producto, con frecuencia
desconcertante y frágil, que requiere una gran
precisión en su elaboración. Uno de
los métodos más empleados, y más
original, incluso revolucionario para la época,
fue la cocción al vapor, nada agresiva, conservando
la fineza del producto.
Como no podía ser de otro modo, frente a los
defensores a ultranza del pato, se encuentran los
firmes partidarios de la oca, la reina de la Gascogne
francesa, tierra de mosqueteros. De la oca se aprovechaba
todo, hasta las plumas, que auguraban dulces sueños
y guiaban el pulso de la inspiración literaria.
Además, la carne de oca, una vez salada, se
conservaba durante mucho tiempo hasta su consumo.
Era muy común la dedicación a la cría
de este animal, de tal forma que un solo productor
podía sumar fácilmente una renta de
hasta cuatro mil ocas. Sin embargo, la parte más
apreciada de la oca era, y sigue siendo, el foie gras.
Su calidad mejora con una dieta hipercalórica
que las ocas ingieren con fruición, un preparado
a base de maíz y cebada empapados en agua caliente,
y mezclados con miel e higos.
Los unos y las otras, patos y ocas, pueden convivir
en armonía y comparten una marcada sensibilidad
ante los cambios meteorológicos: a las variaciones
de temperatura, a la humedad y las corrientes. Sin
ironías, conviene asegurarles una placentera
existencia, equilibrada, sin el más leve atisbo
de estrés, por supuesto, con el fin de obtener
el mejor foie gras. Calidad de vida del todo interesada.
inicio
En
los fogones de Santi Santamaria
Las preferencias por
el hígado graso de uno u otro animal obedecen
a múltiples motivos, como la estación,
la temperatura que requiera el plato, el sabor, el
peso, etc.
Por su parte, Santi Santamaria, del restaurante El
Racó de Can Fabes, apuesta por el de pato para
cocinar y el de oca para degustar frío, si
bien reconoce que para obtener la calidad deseada,
su tratamiento precisa mucha paciencia y meticulosidad
durante la cría y engorde. Como buenos animales
de costumbres, la regularidad en el horario de alimentación
y las cantidades de maíz que se les da son
decisivas.
Y un nuevo matiz en la temperatura, aspecto en el
que Santamaria coincide con Carme Ruscalleda, del
restaurantes Sant Pau. En invierno, los hígados
son de mejor calidad que en verano, porque con el
calor los animales comen de peor gana y porque el
producto se resiente y no tiene la misma textura que
en invierno.
Para el tres estrellas Michelin de Sant Celoni, un
hígado entero, bien dorado, pasado primero
por la sartén y acabado al horno, es un espectáculo
estético. Trinchado en la mesa, en maridaje
con una pizca de sal gruesa, unas gotas de jerez reducido
y unas granos de pimienta chafados, puede ser apoteósico.
Para redondear el plato, se pueden saltear unos albaricoques
frescos en la sartén, que acompañarán
el foie gras a la perfección.
inicio
Familia numerosa
Por otro lado, hay
que aclarar que el foie gras no es hijo único,
sino que forma parte de una familia numerosa, cada
miembro con su tipología definida. La diversidad
de foie gras que presenta el mercado amplía
las posibilidades en cuanto a la composición
de platos y adaptación a los diferentes gustos
del consumidor.
En este sentido, se puede hablar de foie gras trufado,
que contiene por lo menos un 3% de trufa. Si sólo
incluye en su elaboración entre el 1 y el 3%
se le llamará “foie gras”, siempre
especificando el tanto por ciento de contenido en
trufa.
Se suma a esta relación el foie gras crudo,
que normalmente se envasa al vacío y tiene
un tono que oscila del blanco marfil, con matices
rosados, hasta amarillo claro, según la alimentación
de los animales. La textura es firme y suave al tacto
y se conserva hasta siete días a una temperatura
de 1 a 3° C.
El foie gras mi-cuit o semi cocido se suele envasar
en lata, tarro de cristal o al vacío. Se conserva
a una temperatura de entre 1 y 3° C unas semanas
si está envasado al vacío o más
de 6 meses si está envasado en latas o tarros
de cristal.
Por último, el foie gras esterilizado, envasado
en latas o botes de cristal, que se conserva varios
años a temperatura ambiental (entre 10 y 15°C).
inicio
Buenos maridajes
El foie
gras se conforma con poco, o mejor, no precisa grandes
acompañamientos ni comparsas que a menudo desvirtúan
su sabor. Le bastan un buen pan y un vino, tampoco
cualesquiera, se sobreentiende. La combinación
de estos productos de nobleza extraordinaria reserva
uno de los mayores placeres culinarios al comensal.
A partir de esta premisa, las variaciones son múltiples,
siempre que se respeten sus principios fundamentales.
En la elección del pan, lo mejor es obviar
la fantasía y cortar las alas a la imaginación,
que bien podrían interferir en la pureza del
foie gras y su inconfundible sabor. Se recomienda
elegir un buen pan rústico, redondo o una sencilla
baguette, tostados o al natural, eso al gusto del
consumidor. Sobre todo, evitar el gesto de untar o
tratar de extender sobre el pan el foie gras, que
perdería su textura, y ofrecería un
espectáculo patético a miradas expertas.
Lo más aconsejable es colocar la fina lámina
sobre el pan, sin más.
Respecto al vino, la riqueza de sabores y matices
que ofrece el foie gras permite infinitas asociaciones.
Los vinos sólo deben poseer un mínimo
de complejidad y cuerpo. Por lo tanto, se deben excluir
los vinos demasiado ligeros o jóvenes.
Es tradicional degustar el foie gras con un vino blanco
suave, el incondicional Sauternes, si bien la provincia
de la Gascogne ofrece algunos como Côtes de
Gascogne o Pacherenc. De igual modo, se puede acompañar
de grandes caldos tintos, que sintonizan muy bien
con el foie gras, y por qué no, con un Madiran.
Algunos viticultores defienden el maridaje con Floc
de Gascogne y fijan la hora del aperitivo como la
mejor.
Entre las sugerencias de blancos dulces franceses,
además del ya mencionado Sauternes, el Montbazillac,
Jurançon o Bergerac. Si se opta por los alsacianos,
mejor elegir uno de cosecha tardía.
Los blancos secos proponen un Côtes de Beaune,
un Gran Borgoña o un champagne muy ligero.
También, un vino de Graves o de Chateauneuf
du Pape combinan muy bien con el foie gras.
Las referencias de tintos se inclinan por caldos del
Médoc (Margaux o Pauillac), del Libournais
(Pomerol) y hasta un Cahors, más tánico,
como es, asimismo, el caso del antes aludido Madiran.
Y todo ello sin desmerecer en ningún momento
excelentes vinos españoles que armonizan tanto,
o más, que los anteriores. Todo vale, para
los amantes del cava, el jerez, blancos dulces o secos,
o los incondicionales del vino tinto.
Foie
gras de la mano del mejor caldo, la pareja perfecta.
Por una vez, nos atrevemos a romper el tradicional
maridaje, sin por ello enturbiar la más estable
de las relaciones. Verso a verso, se suma la poesía
cerrando este triángulo de los sentidos, con
una acertada loa de Pablo Neruda que selecciona la
firma gerundense Mas Parés para exaltar sus
productos:
“Oh tú, hígado de ángel
Suave manjar
Peso perdido
De nuestras delicias
Esplendor sagrado
De nuestras comidas,
Presente compacto
Riqueza bella
Intensa también
Forma adorable!
Tu dulce perfume es un arpa
Sobre nuestros paladares. Tu armonía
Toca los címbalos en nuestras lenguas
Y nos atraviesa enteramente
Con un largo escalofrío de placer”
inicio
Bibliografía
L’Atelier
de Alain Senderens. Erik Orsenna. Editorial Hachette.
Les Couverts de d’Artagnan. Éditions
de la Presqu’Île.
La Cocina de Santi Santamaria. La ética del
gusto, de Santi Santamaria. Editorial Everest.
Páginas
web
www.en-touraine.com
www.saveurs.sympatico.ca (información y recetas)
www.francegourmet.net (recetas)
www.levante.com/lavit (recetas)
www.encomix.es (recetas)
www.villedieu.com (visitas organizadas, vinos)
www.gascogne.com (información de producto)
www.libreriagastronomica.com
Agradecimientos
Cifog.
Comité Interprofessionel des palmipedes à
foie gras
Imperia Foie Gras (Progust S.L.)
Mas Parés.
Maîtres Landais
Rougie, S.A.
EL FOIE GRAS
Y EL PATÉ
Aunque tanto el foie
gras como el paté de hígado pueden mostrar
la textura de pasta, a menudo ambos términos
provocan confusión y malos entendidos, no así
en Francia, donde existe una rigurosa legislación
al respecto.
Afirma Mas Parés que, al hablar de foie gras,
se refiere únicamente y de manera exclusiva
al producto elaborado con hígado graso de pato,
preparado con especias aromáticas y cocinado.
Al emplear el concepto hígado graso, hace alusión
al hígado de un pato que ha estado sobrealimentado
durante un periodo de 12 a 15 días.
Por otra parte, denomina sólo paté al
producto elaborado a partir de una mezcla de hígado
de pato con hígado, grasa o carne de cualquier
animal. Y más confusiones, por ejemplo, paté
de foie gras, que debe tener necesariamente un componente
de foie gras al que podrá añadirse carne
o grasa de otro animal. En este sentido, caben múltiples
porcentajes y, a mayor cantidad de foie gras, mejor
calidad tendrá el paté de foie gras.
Asimismo, paté de canard, que se emplea cuando
el producto tiene un componente de pato: bien la grasa,
la carne o el hígado, pero de pato que no ha
sido engordado. Por último, el paté
de foie, que implica únicamente el uso de hígado
para la elaboración del producto. Aquí
es donde se suele producir la picaresca de llamar
al producto paté de foie gras, cuando en realidad
no es más que simple paté de hígado.
¿Queda claro?.
inicio

APUNTES DE
COCINA
Jean Paul Vinay, natural
de Lyon, afincado en Cataluña desde hace 20
años, es chef del restaurante El Pati Verd,
del Hotel Carlemany de Girona, y ejerce de perfecto
embajador del foie gras en España. Para él,
la primera cuestión que se plantea surge en
el momento de la compra: y se debate entre producto
fresco o elaborado. En el primer caso, recomienda
que la pieza no exceda los 500 gramos, ya que es menos
grasa y responde bien a la cocción. Debe mostrar
un tono amarillo claro, y ofrecer una textura blanda
(los duros se funden). Para comerlo, mejor no muy
frío y que haya reposado fuera de la nevera
unos 20 minutos para que dé todo su sabor.
El gusto, natural: Tan sólo, “sal gorda
y pimienta, ni Armagnac, ni nada”. Lo acompaña
de compota de higos secos”. Sobre el pan, un
brioche o un buen pan de payés templado-caliente”.
Para beber, es correcto el clásico Sauternes
de Burdeos, si bien este chef prefiere el Jurançon,
del Suroeste francés, así como el Domaine
de Bellegared, del 96, un blanco licoroso, no tan
dulce como el Sauternes pero ideal con foie gras,
y referencia obligada para los fanáticos del
chocolate. Sobre todo, Vinay recomienda poner el horno
a 200° C y, una vez apagado, introducir el hígado
20 minutos y sacar; luego, dejar reposar 24 horas
en la nevera.
Mey Hofmann, del restaurante-escuela Hofmann, aconseja
un foie gras de textura lisa, olor suave y color uniforme.
¿Los mejores meses? Noviembre y enero. Al crudo,
envasado al vacío, mejor no retirarle muchos
nervios, para no romperlo y que luego no se deshaga.
Para saltear o cocinar, es idóneo el “mi-cuit”.
De entre las diversas categorías: foie gras
crudo, fresco, semi cocido o semi conserva y conserva
de foie gras, el primero debe dejar templarse, retirar
el nervio principal y las partes verdosas. Inmejorable
para degustar crudo, en lonchas muy finas, o con sal
y pimienta, con pan y sin guarnición.
(foto foie 7)
El fresco se prepara
igual y se cuece en tarrina o “au torchon”.
La mejor fórmula es la cocción al vacío,
para servir “bien frío, sin guarnición,
con pan tostado y vino más bien dulce: Banyuls,
Sauternes, Frontignan, Malvasía. Y sólo
sazonar con sal y pimienta. Para cortarlo, calentar
un cuchillo liso entre cada corte en agua caliente.
Para el “mi-cuit”, menos cocido que en
conserva y más que el fresco; la temperatura
es de 80° C “a coeur”. En conserva,
el producto mejora envejeciendo en condiciones óptimas;
y muestra una textura prieta, cocido a 110° C
“a coeur”. Mejor servirlo más templado
que los anteriores y no tirar la grasa, ya que puede
servir, por ejemplo, para saltear unas patatitas.
Carme Ruscalleda, del restaurante Sant Pau de Sant
Pol de Mar (Barcelona), describe el mi-cuit de pato:
tono rosado con matices amarillentos, sin manchas
grises ni poros oscuros; olor perfumado suave y sabor
dulce, ligeramente especiado; textura fina, untuosa
y nada grasienta ni empalagosa.
Lo prepara al natural, a partir de hígado de
gran calidad, con preferencia por la raza Barbarie
frente a la Mulard. Lo sirve sobre un lecho de ensalada
de apio, manzana y hoja de roble, con unas cuantas
pasas y una vinagreta rebajada con gelée de
manzana. De la tarrina forma una gran bola que reboza
con “borrego”: pan muy tostado y a dados
pequeños, y un poco de sal gorda y pimienta.
Otra manera más divertida es rellenándolo
de frutos secos, como orejones de melocotón,
dátiles, nueces, membrillo y genjibre.
Con el foie gras combinan muy bien los frutos secos.
De acompañamiento, aparte de los clásicos
(Sauternes o los Vinyes Tardies), es perfecto un Oloroso
D.O. Jerez.
Nota:
Norberto E. Petryk / chef,
© COPYRIGHT autorizado por: MONTAGUD EDITORES,
S.A.
apicius.es magazine digital de gastronomía
www.apicius.es
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