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| “Surge
como disciplina hace aproximadamente 20 años,
cuando el físico Nicholas Kurti y el profesor
de química Hervé This, la definen como
la exploración científica de las transformaciones
y los fenómenos culinarios”. |
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“El
objetivo de esta disciplina es entender qué es lo que realmente
sucede dentro de los alimentos en nuestras ollas, batidoras, hornos
y heladeras. Esto quiere decir que cualquier cocinero (no importando
su especialidad) puede hacer gastronomía molecular porque
lo que estará haciendo será utilizar las descripciones
que le aporta la ciencia para desarrollar sus nuevos platos o
mejorar su técnica culinaria”.
Ciencia
y gastronomía: avances recientes en gastronomía
molecular
por Hervè This. Grupo INRA de Gastronomía Molecular.
Laboratorio de Química de Interacciones Moleculares, Collège
de France, París.
Science
and gastronomy: molecular gastronomy recent progress. Molecular
gastronomy is the scientific discipline that explores the culinary
world. It improves culinary teaching, discovers new chemical and
physical phenomena, and leads naturally to the invention of a
wealth of new dishes. Finally it contributes to a better appreciation
of science by the general audience.
¿Cómo conseguir que suba el suflé? ¿Cómo
hay que cocinar la carne para que quede tierna? ¿Cómo
evitar que se estropee la mayonesa y, si se corta, volver a ligarla?
¿Hay que poner yema de huevo en el alioli? ¿Y por
qué a veces se dice que la salsa necesita un aditivo, sea
patata hervida, sea miga de pan remojada en leche? ¿Es
cierto que las claras de huevo batidas a punto de nieve se montan
mejor si se baten siempre en el mismo sentido?
En 1988, con el físico de Oxford Nicholas Kurti, comprendimos
que el desarrollo tan remarcable que ha experimentado la ciencia
de los alimentos en los dos últimos siglos no se ha extendido
todavía a la cocina doméstica o de restaurante,
y las cocineras y cocineros utilizan materiales inadecuados, propagan
ideas manifiestamente falsas o cuando menos dudosas sobre las
operaciones culinarias, y el empirismo se aplica tanto a ideas
científicas superadas como a las acertadas.
¿Ejemplos?:
Para batir la clara de huevo se utilizan batidoras, en la edad
media de mimbre y ahora de acero inoxidable, pero ni su estructura
ni forma han cambiado demasiado y, peor todavía, no se
han cuestionado nunca. Se malgasta hasta el 80% de la energía
cuando se pone la cazuela sobre ciertas placas eléctricas
calentadoras, a la vez que nuestros estados se preocupan de la
conservación del medio ambiente. En Francia dicen que las
mujeres con la regla hacen que se corte la mayonesa, o que la
luna llena tiene este mismo efecto… Hay quien afirma que
el caldo se tiene que hacer sumergiendo la carne en agua fría
porque, explican, si la carne se pone en agua caliente, la “albúmina”
se coagularía en la superficie e impediría que saliese
la sustancia.
Este estado ancestral de la cocina tan curioso tiene una explicación
–más adelante examinaremos una hipótesis pero,
sobre todo, nos ha hecho pensar que tan sólo una disciplina
científica específica, dedicada a esta cocina casera
o de restaurante, permitiría transformar un “arte
químico” en actividad racionalizada, gracias a la
cual el ciudadano-contribuyente podría, en definitiva,
beneficiarse de los adelantos de las ciencias. Hemos llamado a
esta disciplina “gastronomía molecular”; una
disciplina considerablemente desarrollada, hasta el punto de que
hoy contribuye a forjar la enseñanza de las técnicas
culinarias (en Francia y en otros países). Dentro del mundo
culinario también se va imponiendo, y de hecho estuvo representada
en los congresos mundiales de cocina celebrados en Madrid en enero
de 2003 y en enero de 2004.
Objetivos inteligentes
Durante unos cuantos años, la gastronomía molecular
ha buscado introducir la física y la química en
la cocina; pero poco a poco se ha visto que esta disciplina no
conseguiría “que comiéramos de la química”,
ni de la física, si no buscaba unos objetivos más
inteligentes. Como prueba, el humillante fracaso del químico
Marcelin Berthelot que, en 1894, pronunció, ante la Unión
de Industrias Químicas, un discurso titulado “En
el año 2000” en el que anunciaba “un futuro
radiante” en el que la química de síntesis,
gracias a las “pastillas nutritivas”, supliría
la agricultura y la cocina. El error de Berthelot merece ser analizado.
De entrada, se impone un cálculo muy simple: los alimentos
con la densidad energética más elevada son las grasas,
que aportan 9 kilocalorías por gramo; y, como las condiciones
de vida actuales nos imponen obtener, para nuestra alimentación,
entre 2.000 y 2.500 calorías por día, para satisfacer
nuestras necesidades tendríamos, pues, que consumir entre
200 y 280 gramos de píldoras de lípidos. Además
de que no nos podamos nutrir exclusivamente de lípidos,
¡no sería muy agradable comer tantas píldoras!
En segundo lugar, la evolución biológica que progresivamente
ha forjado la especie humana, la ha dotado de un aparato gustativo
complejo, en los que los distintos tipos de receptores (olfativos,
táctiles, gustativos, térmicos, mecánicos,
propioceptivos, trigeminales…) tienen su función,
que a su vez genera una “recompensa” cuando es activada
según un sentido igualmente determinado por la evolución.
El gastrónomo francés Brillat-Savarin lo dijo más
simplemente en la Physiologie du goût: “El creador
obliga al hombre a comer para vivir, a comer invita por apetito
y lo recompensa por el placer”. Una pastilla nutritiva no
podría, evidentemente, estimular los receptores como lo
hacen los alimentos.
No hay que ser un gran sabio para observar que, si la cocina ha
cambiado tan poco en siglos, es porque debe haber algún
freno al cambio alimentario. Estos frenos, efectivamente, existen.
Por ejemplo, los primates (monos y humanos) presentan un comportamiento
de neofobia alimenticia que les previene contra el consumo de
vegetales o animales potencialmente tóxicos. Dicho de otra
manera, nosotros solamente comemos lo que conocemos, y esto explica
que la alimentación de los pueblos esté tan fuertemente
teñida de cultura: a los alsacianos les gusta el Múnster
(un queso de olor terrible), los chinos encuentran exquisito el
durio (una fruta de olor también terrible, pero de una
manera diferente).
Por otra parte, los cocineros saben desde hace mucho que la cocina
es una actividad de naturaleza química: por ejemplo, en
1742, Marin escribe en los Dons de Comus: “La ciencia del
cocinero consiste en descomponer, en hacer digerible y en quintaesenciar
la carne, en extraer los jugos alimenticios. Esta clase de análisis
químico es, de hecho, el objeto básico de nuestro
arte”. ¿Qué puede deducir el cocinero del
hecho de poner en práctica reacciones químicas,
potencialmente peligrosas, con productos potencialmente tóxicos?
Que él evitará envenenar a sus huéspedes
si repite procedimientos conocidos, reputados por su inocuidad.
Si los cocineros y cocineras no quieren hacer correr riesgos inesperados
a sus comensales y, como pasa con los químicos, en razón
de su naturaleza de primates, rehúsan consumir química
y física, ¿cómo se puede modificar la actividad
culinaria? En 1980 (es decir, antes de la creación de la
gastronomía molecular), describimos una estrategia que
consiste en recoger las sentencias culinarias, sea de libros de
cocina (esencialmente franceses, antiguos y modernos), sea aprendidas
de cocineras y cocineros. Inicialmente, queríamos probar
experimentalmente estas sentencias, prácticas, habilidades
manuales…
Sentencias, trucos, habilidades: ¿cómo distinguir
las unas de las otras? La distinción, difícil de
hacer, no es probablemente ni pertinente ni útil. Hace
poco dijimos que las recetas de cocina se componen, por una parte,
de “definición”, y por otra, de “trucos”.
Por ejemplo, un caldo se obtiene por calentamiento de carne en
agua: esta es la definición. Las cocineras, oralmente o
por escrito, indican así que la marmita se tiene que cubrir,
pero que la tapa no tiene que tapar completamente la olla, que
el calentamiento tiene que ser lento y regular, que la ebullición
no tiene que parar nunca, que se tiene que desespumar dos veces,
etc. Dos partes en las recetas, dos tipos de trabajos que hay
que efectuar: una modelización debe explorar las definiciones,
y las pruebas experimentales deben estudiar los trucos.
Examinemos la actividad de modelización basándonos
en un ejemplo que valora las relaciones de la gastronomía
molecular y de la enseñanza culinaria.
La transmisión de los saberes culinarios, en efecto, se
basa en las recetas, es decir, protocolos imprecisos que no explican
los fenómenos, sino que dejan al ejecutante en el desconcierto
cuando los fenómenos observados difieren de los descritos
o supuestos (observad que en ellas no se explican ni la parte
técnica ni la artística). Por tanto, la modelización
de las recetas clásicas, al menos en una primera aproximación,
facilita a la vez la transmisión y la innovación,
como examinaremos ahora basándonos en la masa de hacer
pasteles.
Los cocineros, empíricamente, distinguen muchas clases
de pastas: de hojaldre, brisa, sablée, azucaradas. Las
más simples, en la cocina francesa, son las que hoy denominamos
pasta brisa y pasta sablée. ¿Cuál es la diferencia?
En primer lugar, observad que estas denominaciones tan solo se
han extendido desde 1950: anteriormente se distinguía entre
pastas para bases y las azucaradas. Evidentemente los cocineros
y los pasteleros sabían que podía haber estructuras
diversas (no hablamos aquí de su textura, porque se trata
de una sensación que se desprende a la vez de la estructura
de la comida y de la manera de consumirla; por ejemplo, una estructura
fija de chocolate se puede presentar para chupar o para masticar).
La recopilación y la comparación de varias recetas
de pasta brisa o sablée muestra que el mundo de la cocina
no hace una distinción clara entre ellas: ciertos autores
defienden que la diferencia se basa en los ingredientes, y otros
indican que es el procedimiento lo que las hace diferentes.
Sin embargo, las definiciones reunidas demuestran que la pasta
sablée debe ser más friable que la brisa, y el examen
de varias recetas demuestra que, con respecto a las pastas más
simples (compuestas solamente de harina, manteca y agua), dos
protocolos extremos son posibles. El primero consiste en un amasado
de harina con agua, que, como sabemos gracias a los estudios que
el químico Jacoppo Beccaria hizo en 1754, genera una red
de gluten, por reticulación de ciertas proteínas
de la harina, en la que se dispersan los granos de almidón.
La manteca después se dispersa por esta red.
Las pastas sablées, por su parte, se obtienen más
bien amasando harina con manteca, de manera que la adición
de agua, y un amasado reducido posterior, no forma esta red de
gluten: los granos de almidón se dispersan entonces en
una fase grasa, que se funde en la cocción y después
se solidifica (parcialmente) al salir del horno, lo que contribuye
a formar una pasta friable o desmenuzable (ver la figura 1).

Figura 1: La pasta brisa (a) se obtiene por dispersión
de manteca en un sistema formado por una red de gluten que aprisiona
granos de almidón (b). La pasta sablée se obtiene
por dispersión de harina en manteca: los granos de almidón
no son atrapados por la red de gluten.
Esta
modelización resulta insuficiente, porque no es cuantitativa.
Planteemos ahora una cuestión: ¿cómo determinar
las cantidades respectivas de materia grasa, de harina y de agua
en una masa sablée? Supongamos, en primer lugar, que la
harina se compone de granos completamente esféricos, de
radio igual a r. Empecemos calculando la proporción de
harina y de manteca suponiendo que los granos se amontonan en
la manteca y, para simplificar el cálculo, supondremos
que este apilamiento es cúbico. Se obtienen entonces las
proporciones considerando el volumen de una esfera y el volumen
en el exterior de la esfera en el cubo circunscrito; es decir,
4pr3/3 y 8r3–4pr3/3. De este cálculo elemental resulta
una proporción próxima a una parte de harina por
una parte de manteca (se observa tomando el valor aproximado de
3 para p), que es justamente la que dice la receta clásica
(ver la figura 2).

Figura 2: Cálculo de una pasta sablée en dos dimensiones
(a) y en tres dimensiones (b).
¿Se podrían amontonar más granos de harina
en la manteca? Se sabe, en primer lugar, que el apilamiento cúbico
no es el más compacto pero, en este caso, es preferible
referirse al problema real, es decir, que se deben apilar granos
de todas las medidas. La cuestión fue estudiada en el siglo
III antes de nuestra era por Apolonio de Perga y finalmente, la
resolvieron el año 1934 los matemáticos americanos
E. Kasher y F. Supnick, que demostraron (en dos dimensiones) que
la superficie de la parte de un triángulo curvilíneo
inicial no recubierta por los círculos era nula. Dicho
de otra manera, si los granos de harina tienen todas las medidas,
hasta cero, se podría hacer una masa para pastel sablée
sin manteca (pero con una proporción de 30 partes de harina
por una parte de manteca se obtiene una especie de pasta chapati).
Es decir, todas las proporciones son posibles entre la manteca
pura y la harina pura. Que cada cual elija.
Esta modelización simple tiene el mérito de mostrar
que, contrariamente a la receta, la modelización abre el
campo de posibilidades técnicas. Efectuado siguiendo un
diseño puramente científico (la ciencia quiere comprender
el mundo, en este caso el culinario), el estudio científico
conduce con toda naturalidad a la tecnología.
Trucos
anodinos y apuestas económicas
El tercer jueves de cada mes, a excepción de julio y agosto,
se celebra en París un “seminario de gastronomía
molecular”, en el que se reúnen científicos,
cocineros, profesores, empresarios… para examinar principalmente
trucos de cocina. La cuestión de la sal sobre la carne
asada fue objeto del seminario del 14 de diciembre de 2002. La
cuestión es anodina, como muchas otras sentencias, prácticas
o habilidades manuales, pero es la clave del éxito culinario.
La cuestión tratada fue la siguiente: ¿Cuándo
se tiene que salar un filete asado? En el seminario en el que
se debatió la cuestión los cocineros no se pusieron
de acuerdo. Los unos decían que había que añadir
la sal antes de la cocción, de manera que la carne se salara
hasta el centro; otros proponían salarla a media cocción,
con objeto de obtener la coloración adecuada; y finalmente
los demás aconsejaban salar al final de la cocción,
para evitar que la carne se seque y se endurezca. El examen de
estas prácticas permite obtener protocolos para probar
los diversos métodos.
En primer lugar, el estudio del secado de la carne con sal ha
mostrado que las diversas piezas de carne presentan comportamientos
muy diferentes. Por ejemplo, si los entrecots tienen fibras paralelas
al plano de corte principal pierden rápidamente mucho jugo;
otras piezas con fibras paralelas al plano de corte (cadera; jarrete)
pierden muy lentamente el jugo, aunque están cubiertas
con sal. Dicho de otra manera, las sentencias y las costumbres
presentan una imprecisión que tendría que ser corregida.
Por otra parte, con Marie-Paule Pardo y Rolande Ollitrault, hemos
examinado la posible penetración de sal en la carne asada
con un microscopio electrónico de barrido con análisis
de rayos X: en las condiciones habituales de los asadores, la
sal no penetra más de 3 mm dentro de la carne.
Esta clase de prueba es necesaria si se pretende liberar la cocina
de las escorias de su desarrollo empírico. Observad que
muchas de las sentencias populares pueden ser examinadas con la
ayuda de instrumentos simples: balanza, cronómetro, microscopio
óptico, pHmetro… de manera que los alumnos de las
academias de cocina, encabezados por su profesorado, podrían
hacer limpieza en los libros de cocina quizás en menos
de un siglo.
Una
renovación necesaria de baterías y de herramientas
La cocina saldría ganando si se limitara a propagar ideas
(precisiones) ciertas, y también si utilizara modelizaciones
de las definiciones e investigara los trucos para concebir herramientas
de cocina apropiadas y para determinar los elementos que facilitarían
el trabajo en la cocina.
Por ejemplo, la ciencia de los alimentos sabe desde hace mucho
que el ennegrecimiento que aparece en ciertos tejidos vegetales
cuando los cortamos es debido a la acción de enzimas polifenoloxidasas
sobre los polifenoles también presentes. Estas enzimas
forman quinonas reactivas que engendran después los productos
melanoídicos responsables del tinte oscuro, poco apetitoso,
que aparece en pocos minutos (según la temperatura). ¿Cómo
evitar este fenómeno? Los cocineros recurren tradicionalmente
al zumo de limón, porque el ácido ascórbico
previene la acción enzimática, pero ¿por
qué no utilizar simplemente ácido ascórbico?
Esta propuesta, hecha en junio de 1995, ha sido atendida: el cocinero
Alain Ducasse, en un libro publicado recientemente, preconiza
el uso de ácido ascórbico para prevenir el ennegrecimiento
de las alcachofas.
Igualmente, el instrumental ganaría si fuera modificado.
Hemos señalado el derroche energético que provoca
el uso de placas eléctricas clásicas, pero muchas
otras operaciones serían más fáciles con
el uso de materiales derivados de los que se emplean en los laboratorios.
Por ejemplo, en la Feria Europea de Estrasburgo, en 1997, mostramos
que los filtros de vidrio sinterizados proporcionan soluciones
culinarias más limpias que los chinos, aunque estén
recubiertos con una tela filtrante doblada en cuatro.
Los ejemplos son muchos: recipientes con ultrasonidos para hacer
emulsiones, sistemas de burbujeo para hacer mousses, trompas de
vacío para acelerar el filtraje, etc.
La
invención de nuevos platos, un problema tecnológico
más que científico
Estos últimos veinte años, la gastronomía
molecular ha obtenido infinidad de resultados que permiten preparar
platos nuevos. Lo podemos comprobar con una observación
trivial: nosotros no comemos más “que sistemas dispersos”,
hasta hace poco denominados “sistemas coloidales”.
Efectivamente, los tejidos animales son dispersiones de proteínas
y de agua en fibras celulares, que a su vez se reagrupan en haces
por el tejido colagénico; los tejidos vegetales son dispersiones
de geles (citoplasma) que contienen los orgánulos, y las
mismas mezclas culinarias se forman de dispersiones de estos tejidos.
Desde el punto de vista fisicoquímico, los sistemas dispersos
más simples se clasifican en dos fases, una continua y
otra dispersa:
Fase
dispersa
Fase continua
|
Gas |
Líquido |
Sólido |
| Gas |
Gas |
Aerosol
líquido |
Aerosol
sólido |
| Líquido |
Mousse |
Emulsión |
Suspensión |
| Sólido |
Mousse
sólida |
Gel |
Suspensión
sólida |
Muchas
de las 351 salsas recopiladas por Auguste Escoffier (y enseñadas
hoy día) son sistemas bien descritos por los términos
clásicos presentes en esta tabla, pero hay otras que escapan
a la clasificación.
Por ejemplo, la mayonesa es una emulsión, pero la salsa
bearnesa, con agregados microscópicos de huevo coagulado
y gotitas de manteca fundida (lo que los fisicoquímicos
denominan “aceite”) desleídos en una fase acuosa,
es un sistema disperso complejo.
La fisicoquímica no trata más que raramente sistemas
complejos, se centra en las interfases, destierra la descripción
global en favor de una descripción local. En diciembre
de 2002, en el decimosexto congreso de la European Colloid and
Interface Society, propusimos adoptar una convención que
retoma la visión global de los sistemas dispersos complejos.
Esta convención resulta de la introducción de letras
(con subíndices si hace falta), para denominar las fases
(G para gas, E para las soluciones acuosas, H para las aceitosas,
S para las sólidas), y de conectores para describir el
estado de estas fases: / para “disperso dentro”, +
para “mezclado con”, ? para “incluido dentro”,
etc. Estos símbolos conducen a las fórmulas simples,
que describen los sistemas dispersos más corrientes.
Con dos letras y el conector /, por ejemplo, se reencuentran los
sistemas dispersos simples. H/E, por ejemplo, designa las emulsiones.
(ver la figura 3).

Figura 3: Una emulsión por dispersión de aceite
en una solución acuosa con el añadido de una hoja
de gelatina. Este sistema fisicoquímico se puede designar
con la fórmula simple: H/E.
Una patata cruda, en la que, en primer lugar, los granos de almidón
se han dispersado en el citoplasma de las células, las
cuales, a su vez, se encuentran dispersas dentro los de tubérculos,
será descrita por una fórmula como, por ejemplo:
(S1/(E/S2))/S3, en la que S1 designa el almidón; E/S2,
el gel que constituye un citoplasma celular; y S3, la red formada
por las paredes vegetales unidas.
Con la ayuda de estas convenciones se describen más simplemente
las salsas clásicas. Por ejemplo, una salsa de tipo untoso,
obtenida ligando un caldo con la ayuda de roux (manteca y harina
cocidas hasta que cojan color) será designado por ((E/S)+H)/E:
los granos de almidón S se liberan de la amilosa y captan
agua (E/S) mientras se dispersan en la salsa, mientras que la
materia grasa se emulsiona. (ver la figura 4).

Figura 4: Una salsa untosa: los granos de almidón, que
han absorbido el agua y las gotitas de materia grasa, se han dispersado
en una solución acuosa.
Observemos
que las operaciones culinarias pueden ser designadas por ecuaciones
que se asemejan mucho a las ecuaciones químicas. Por ejemplo,
si prescindimos de la presencia de micelas en la crema, la confección
de nata montada podrá ser designada por:
(H/E+G) ?? (H+G)/E
Hay que advertir que esta clase de formulación, que no
estipula la naturaleza exacta de las diversas fases, permite hacer
generalizaciones útiles. Por ejemplo, esta misma ecuación
de reacción “fisicoquímica” lleva al
chocolate batido cuando se calienta el chocolate dentro de agua
(y se obtiene una emulsión), y después, cuando se
bate la emulsión obtenida en la enfriadora. (ver la figura
5).

Figura 5: Se obtiene una emulsión de chocolate calentando
chocolate en agua (a la izquierda). Cuando se bate esta emulsión
en la enfriadora se obtiene una mousse ligera como la nata batida
y que hemos llamado “chocolate batido”. El mismo principio
conduce al “queso batido” o al “foie gras batido”.
Esta
clase de formulación permite obtener platos nuevos: como
los sistemas dispersos son descritos por fórmulas, ¿se
podrá remontar inversamente de la fórmula al plato?
Esto es lo que hicimos, por ejemplo, en enero de 2003 con el cocinero
Pierre Gagnaire: partiendo de la fórmula ((G+H+S1)/E)/S2,
preparamos un plato que denominamos “Faraday de Saint-Jacques”,
en honor del fisicoquímico británico Michael Faraday.
Más recientemente, con Volker Hesser y Christian Hofmann,
del Instituto für Micromechanik Mainz, hemos elaborado el
prototipo de un aparato, compuesto de una bomba y de microrreactores
colocados en serie y en paralelo, que produce automáticamente
platos nuevos compuestos a partir de fórmulas (ver la figura
6).

Figura 6: Prototipo puesto en práctica en Maguncia con
V. Hessel y C. Hofmann: compuesto de una bomba (en el centro)
y de microrreactores (a la izquierda), materializa las fórmulas
que describen sistemas fisicoquímicos, engendrando automáticamente
nuevos platos.
Viva la Química
Los estudios científicos (exploración del mundo
culinario) y tecnológicos (perfeccionamiento de técnicas
culinarias, invención de platos nuevos) no nos hacen olvidar
un papel importante de la gastronomía molecular: aprovechando
el atractivo que presenta la cocina para el público (al
menos en Francia), intentamos divulgar las ciencias con objeto
de contribuir a dar una imagen más positiva de ellas. La
exploración de trucos culinarios, especialmente, es la
mejor manera de demostrar que en la cocina se ponen en práctica
fenómenos químicos y físicos, y que el público,
que practica cotidianamente estas transformaciones cuando cocina
(cada día, pues), ha de admitir que, en lugar de acusar
a la ciencia de los dramas tecnológicos (la explosión
de la fábrica de AZN en Toulouse, en 2001), tendríamos
que agradecerle las aplicaciones prácticas de sus logros.
Volviendo a la alimentación, la gastronomía molecular
es, en definitiva, el eslabón que falta en este proceso.
El público solamente sabrá apreciar la calidad de
frutas, legumbres, carnes o pescados si sabe cocinar estos productos.
Una carne, en principio perfecta, no producirá más
que un caldo pésimo si ha hervido en agua durante demasiadas
horas.
Quizá sea una lástima, pero la gastronomía
molecular, que se veía primero como una ciencia que exploraba
el mundo, es enjuiciada por la opinión pública de
acuerdo con sus resultados tecnológicos. Pero a nosotros
nos atañe aprovechar el crédito que así se
ha atribuido a nuestra disciplina para mostrar al público
que la química y la física son ciencias maravillosas,
que pueden contribuir al arte culinario.
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