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| Según
los mitos mayas, la creación del cosmos no fue
un sólo acto que ocurrió en un tiempo
remoto, sino un proceso continuo como los ciclos de
la naturaleza. |
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Siempre creyeron que el universo se estaba construyendo y destruyendo
constantemente por la acción de energías sagradas
o deidades, por lo que se creo una cadena de ciclos o eras cósmicas,
en las cuales han existido distintos tipos de hombres.
La
idea central de estos mitos fue concebir al mundo con la finalidad
de servir de habitación a un ser consciente, capaz de reconocer,
venerar y alimentar a sus creadores, para que ellos pudieran seguir
infundiendo vida al cosmos; el ser del hombre, que ocupa el puesto
central del cosmos.
Mitología
Maya
El
mito de origen más destacado es el del grupo quiché,
contenido en el Popol Vuh. Este mito fue compartido por otros
grupos mayances de Guatemala y Chiapas, quienes lo han conservado
hasta hoy, con algunas variantes.
En el tiempo primordial, cuando sólo existían el
cielo y el mar, los dioses creadores, Padre y Madre, decidieron
la aparición del hombre y el mundo. Dioses con diferentes
nombres, y con distintos atributos, que se identifican con algunos
animales, principalmente con una serpiente emplumada, símbolo
del dios supremo celeste y creador, llamada Gucumatz, "Serpiente
Quetzal".
Los
dioses creadores, por medio de la palabra, hicieron emerger la
tierra y los seres que la habitaban: árboles, plantas y
animales. Los animales fueron interrogados por los dioses para
saber si podían reconocerlos y venerarlos, pero no fueron
conscientes ni supieron hablar. Entonces los dioses formaron,
en sucesivas etapas o edades cósmicas, hombres de barro
y de madera, que no respondieron a sus deseos. Los de barro fueron
destruidos por un diluvio de agua y los de madera se transformaron
en monos, que vivieron en su mundo hasta la llegada de un diluvio
de resina ardiente que los desapareció.
Finalmente,
los creadores encontraron la materia sagrada: el maíz,
que mezclado con sangre de serpiente y de tapir, - animales sagrados
que simbolizan principios vitales del cosmos -, dieron como resultado
al hombre requerido.
Un
hombre consciente de los dioses y de sí mismo, como sustentador
de ellos. Cualitativamente distinto de los anteriores y mantenedor
de los dioses por llevar en su propia constitución física
los elementos sagrados: maíz y sangre de los dioses, que
le dieron la conciencia. En este extraordinario mito cosmogónico,
estructurado y completo del mundo mesoamericano, se expresó
claramente la idea del hombre que mantuvieron los pueblos, en
el cual se basa toda su cultura.
El
hombre es el ser creado con la misión de sustentar y venerar
a los dioses, y el mundo es su habitación. Sin el hombre
los dioses perecen y sin los dioses, el universo entero muere.
Entonces
el hombre deberá alimentar a los dioses con diversas sustancias
sutiles: humo de copal, aroma de flores, olores de frutos y alimentos
cocinados, pero principalmente, con la energía sagrada
que los dioses emplearon para crearlo, su propia sangre, donde
reside el espíritu o energía vital. Así,
en los mitos cosmogónicos se explica también el
sacrificio humano y se da su justificación.
Según
el mito del Popol Vuh, en épocas cósmicas anteriores
aparecieron soles que, como los hombres, eran falsos; el de la
segunda edad fue destruido por dos héroes que se transformaron
en el Sol y la Luna de la última edad: Hunahpú (Sol
diurno) e Ixbalanqué (Sol nocturno o Luna).
Con
la aparición del Sol y la Luna verdaderos culminó
la creación del mundo. El movimiento del Sol, dio lugar
al tiempo "histórico", se inició cuando
los hombres ofrecieron a los dioses sacrificios humanos para alimentarlos.
Estas creencias cosmogónicas, recogidas en los textos indígenas,
escritos después de la conquista española, ya existían
en el periodo Clásico, como lo revelan las lecturas interpretativas
de los textos jeroglíficos conservados en varias ciudades
mayas, como Cobá y Palenque. En ellos se asentó
que el mundo fue creado por el Primer Padre y la Primera Madre
en el día 4 Ahau 8 Cumkú, fecha que en el calendario
gregoriano corresponde al 13 de agosto de 3114 a.C., y que funcionó
como "fecha era", o punto de partida, en los cómputos
calendáricos. Los textos se acompañaban con imágenes
en relieve del dragón, símbolo del dios supremo
creador, que equivale al Gucumatz del Popol Vuh.
En
la actualidad, las mismas creencias sobre el origen del mundo
han sobrevivido en muchos grupos mayances, como los tzotziles,
los tzeltales, los lacandones y los mayas yucatecos, lo cual corrobora
que en la época prehispánica el mito fue común
a los diversos grupos mayances, y confirma la persistencia por
largos periodos de las creencias básicas de una comunidad,
en muchos pueblos del mundo.
En
cuanto a la estructura del cosmos, no puede entenderse en el mundo
mesoamericano la idea de tiempo separado del espacio, porque espacio
y tiempo no son dos aspectos distintos: el tiempo no es otra cosa
que el movimiento del espacio. En el pensamiento religioso universal
hay dos grandes cauces en los que se inscriben las ideas sobre
la temporalidad:
1-
En el primero se encuentran las religiones orientales y mesoamericanas,
que conciben a la temporalidad como un movimiento cíclico.
2-
Dentro del segundo se encuentran las religiones judeo-cristianas
que consideran la temporalidad como un transcurso lineal.
El
mejor ejemplo de la concepción cíclica del tiempo
de los pueblos mesoamericanos son los mitos del origen del cosmos,
en los que el mundo se ordena y se desordena cíclicamente.
Los mayas destacaron por una excepcional conciencia de la temporalidad.
Concibieron el tiempo como el cambio cósmico producido,
en esencia, por el movimiento del Sol.
El
tránsito del Sol fue captado como un movimiento circular
alrededor de la tierra, que determinó los cambios que en
ella ocurren; razón por la cuál, el tiempo se pensó
como un movimiento cíclico. Este movimiento siguió
leyes estables, como se manifestó en la regularidad de
los ciclos naturales, de modo que el tiempo es el orden, la racionalidad
y la permanencia del cosmos.
Como
lo revelan los textos indígenas coloniales, el universo
está conformado por tres grandes ámbitos en sentido
vertical:
1) el cielo, dividido en trece estratos
2) la tierra, imaginada como una plancha cuadrangular
3) el inframundo, conformado por nueve niveles
El cielo se subdivide en trece niveles horizontales y se imaginó
como una pirámide escalonada, que se asienta en el nivel
terrestre. También es considerada la montaña sagrada.
Entre los mayas yucatecos el cielo era regido por Oxlahuntikú,
"Trece dios", una deidad que es una y trece simultáneamente.
Existen otros dioses de los distintos estratos y en el nivel más
alto reside el dios supremo, principio vital del cosmos, el dragón
Itzamná, que se denomina también Hunab Ku, "Dios
Uno".
Los
basamentos piramidales escalonados que se construyeron en la mayoría
de las ciudades, y que tienen una escalinata que conduce a la
parte superior, donde se encuentra el templo son símbolos
del cielo y la montaña sagrada. Varios de estos basamentos
tienen precisamente trece niveles, como el del Templo de la Cruz
de Palenque, dedicado precisamente al dios celeste creador.
Los mayas imaginaron la tierra como una plancha plana cuadrangular,
dividida en cuatro sectores o regiones, también cuadrangulares,
idea que deriva de la observación de la trayectoria solar
y que los mayas compartieron con los nahuas y con muchos otros
pueblos antiguos del mundo.
Las
cuatro regiones correspondían a las cuatro "casas"
del Sol. Dos en el Este y dos en el Oeste, puntos intercardinales
que representaban los extremos que el Sol alcanzaba sobre el horizonte
durante el año, los cuales correspondán a los equinoccios
y los solsticios.
Cada
región tenía como símbolos un color, una
ceiba (enorme árbol con el tronco muy recto con una gran
fronda horizontal) con un ave posada sobre ella, un tipo de maíz,
un tipo de frijol y diversos animales. Las ceibas sostenían
el cielo al lado de dioses con forma humana o animal llamados
Bacabes, que también fungían como ordenadores del
mundo.
Tanto
ceibas como pájaros eran del color de la región:
negro para el oeste, blanco para el norte, rojo para el este y
amarillo para el sur.
Otros dos puntos esenciales en la cosmología maya son:
el más alto en el centro del cielo, el cenit, y el más
bajo en el centro del inframundo, el nadir.
Estos
dos puntos eran los dos extremos del eje vertical del mundo, por
lo que el centro de la tierra, por donde pasa el eje, era el centro
del universo, la quinta dirección, el punto de unión
entre el cielo, la tierra y el inframundo. Para los mayas el inframundo
constaba de nueve niveles, concebidos como una pirámide
invertida, símbolo de caverna, vientre de la gran madre
tierra.
En
el estrato más bajo o Xibalbá, "Lugar de los
que se desvanecen, residía el dios de la muerte, Ah Puch,
"El descarnado". A está región era donde
iban los espíritus de los muertos, para integrarse a la
energía de muerte. Como en el caso del cielo, algunos basamentos
piramidales también representaron el inframundo, como el
Templo de las Inscripciones de Palenque, que tiene nueve niveles,
y bajo el cual se halló la suntuosa sepultura del Señor
Pacal, a la que actualmente se accede desde lo alto por una escalera
interior abovedada, del mismo modo que los espíritus de
los muertos debían recorrer los nueve estratos para llegar
al Xibalbá. Así, el universo tenía en el
pensamiento maya la forma de un romboedro.
Otra
imagen simbólica del nivel terrestre fue un cocodrilo o
lagarto que flotaba sobre el agua y sobre cuyo dorso crecía
la vegetación. Los mayas yucatecos lo llamaban Itzam Cab
Ain, "Dragón-tierra-cocodrilo". El inframundo
era el vientre de ese monstruo, por lo que además de ser
el sitio de la muerte, contenía semillas de nueva vida.
Las
cuatro regiones celestes y las infraterrestres, eran los cuatro
lados de las pirámides, que compartían los colores
de la tierra. En las cuatro regiones celestes se ubicaban los
Itzamnáes o Dragones, que eran la cuadruplicación
del dios supremo; además de cuatro Chaques, o dioses de
la lluvia y cuatro Pahuahtunes, deidades de los vientos.
En
el inframundo hay cuatro caminos, de los cuales el negro conduce
directamente al Xibalbá. El símbolo maya más
importante del eje del universo es una gran ceiba verde, la "Gran
Madre Ceiba", que atraviesa los tres niveles cósmicos:
sus raíces se hunden en el inframundo y su fronda penetra
en los cielos. Es por ello el punto donde se fusionan el espacio
y el tiempo. Sobre ella se posa el pájaro verde-azul o
quetzal, con cabezas de serpiente en las alas, símbolo
del dragón, dios supremo.
El
Ritual
Por la idea maya de que sin la acción ritual del hombre
los dioses morirían y, con ellos, el universo entero, la
vida humana estaba dedicada principalmente al servicio de los
dioses. Cada ciudad maya tenía en el centro su ámbito
ceremonial, donde se llevaban a cabo los grandes ritos comunitarios.
Todos
los ritos tenían en común ceremonias propiciatorias,
como la abstinencia sexual, el insomnio, el ayuno, los baños,
las sangrías y el cambio de vestiduras, entre otros. Asimismo,
se sacralizaban el lugar y los objetos que se usarían para
el rito, y se buscaba un día propicio en el calendario
adivinatorio de 260 días. Después de la purificación
se hacían los ritos principales en donde se pronunciaban
oraciones, se hacían sahumerios con resina de copal, danzas,
cantos, representaciones dramáticas de los mitos y la historia
de los antepasados ilustres, que eran venerados. Se ingerían
comidas especiales de maíz, cacao y carne de perro o de
pavo, principalmente, así como bebidas alcohólicas
sagradas y, como parte central, se hacían ofrendas y sacrificios
de animales y de seres humanos para alimentar a los dioses.
Los
ritos centrales eran grandes, además de las complejas ceremonias
públicas relacionadas con los periodos calendáricos,
como los de Año Nuevo, presididas por los sacerdotes principales.
Se llevaban a cabo ritos de fertilidad, gremiales, iniciáticos,
de adivinación y curación, y ritos del ciclo de
vida, como embarazo, nacimiento, infancia, pubertad, matrimonio
y muerte.
Estos
últimos señalaban los cambios del individuo y de
su función social. Las ceremonias mortuorias en particular
eran muy importantes, porque ayudaban al individuo en el último
gran cambio de su vida. Los mayas creían en la inmortalidad
del espíritu. El lugar de destino en el más allá
dependía de la forma de muerte y no de la conducta moral
en la existencia corpórea. La mayoría de los espíritus
iba al Xibalbá, donde se integraban a la energía
de muerte.
Pero
mientras descendían a través de los nueve niveles
permanecían "vivos", por lo que debían
ser alimentados y protegidos con agua, comida, amuletos y los
objetos que habían usado en vida. Los cuerpos de los grandes
señores portaban sus joyas, una máscara de jade
para conservar la identidad y una cuenta de jade dentro de la
boca, que recogía y preservaba el espíritu. En sus
suntuosas sepulturas también iban "acompañantes":
esclavos y mujeres a los que sacrificaban en el funeral.
Uno
de los principales ritos, que realizaban los propios gobernantes,
fue el juego de pelota, que simbolizó la lucha de contrarios
cósmicos que hacían posible la existencia. A veces
esos contrarios eran el Sol y la Luna, o sea, las fuerzas diurnas
y las fuerzas nocturnas; otras, la lucha de los dioses del inframundo,
que representan la muerte, contra los dioses astrales de la vida.
Pero el juego siempre estaba relacionado con los astros y con
la guerra sagrada, por su sentido de oposición de contrarios.
El
juego se acompañaba de procesiones y ceremonias de decapitación
de algún prisionero o esclavo. La cabeza simbolizaba al
astro, a la pelota, y en ceremonias de fertilidad, a la mazorca
de maíz. El rito del juego de pelota, que imitaba el movimiento
de los astros en el cielo, tuvo un sentido de magia simpática,
ya que al realizarlo, se propiciaba mágicamente dicho movimiento
y, con él, la continuidad de la vida.
El
maíz, planta sagrada entre los aborígenes americanos,
para algunas culturas asiáticas también simboliza
la fertilidad y la abundancia. Alimento rico en “Qi”
(energizante), neutro (Yin/Yang), pertenece al elemento “tierra”,
responde al tercer chakra (Manipura) centro del plexo solar, función
sensorial: vista.
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