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Chef
Norberto E. Petryk
Amarcord, de Federico Fellini
Receta contra el olvido
Por Juan Carlos González A.
Texto publicado en la revista Kinetoscopio no. 54
(Medellín, vol. 11, 2000) págs. 86-88
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Italian
chiken Amacord
Es
cualquiera de sus imágenes. Es el pavo real exponiendo
su plumaje a la nieve, es el bañista gordo caminando rumbo
al puerto, es el rumiante de enormes cuernos que aparece –fantasmagórico-
entre la bruma, es el transatlántico partiendo en dos el
mar nocturno, es el tío loco subido a un árbol,
es la sonriente bruja de trapo quemada en la pira, es Aurelio
persiguiendo a Titta alrededor de la casa. Es Amarcord, es la
vida, es la memoria que derrota el olvido y la muerte.
¿Recordar
o reinventar? A pesar que el título hace referencia a la
palabra amarcor, que traduce “yo me acuerdo” en italiano
coloquial, nunca sabremos porque se utilizó ese nombre
ni que tanto de los recuerdos de juventud de Federico Fellini
están expuestos aquí. El director buscaba un título
y según cuenta, mientras almorzaba con un amigo escribió
en una servilleta la palabra “hammarcord”, sin ningún
sentido, pero que le recordaba la palabra del dialecto. Cuando
la cinta era un proyecto, su nombre era Hammarcord-L’uomo
invaso, pero al momento de distribuirla quedó abreviado
a Amarcord. Es difícil aseverar que este episodio sea cierto,
pues la biografía de Fellini se bifurca en senderos muy
diversos, muchos cubiertos por el mito y la ficción, de
ahí que no sea importante si Amarcord refleja con veracidad
parte de la vida de su director. Él lo dice: “los
filmes sobre mi pasado recogen recuerdos que son completamente
inventados. Y al final, ¿eso que importa?” . Lo que
este filme si refleja con precisión es la nostalgia de
los tiempos ya idos, de una forma de vivir pueblerina, sencilla
y corriente, hermosa en su ingenuidad parroquial, pero en cierta
medida ya contaminada por influjos políticos y religiosos.
La
película es un viaje a la Italia de los años treinta,
a un pueblo junto al mar -quizás aquel natal Rimini- al
que acompañamos durante un año, según lo
indican el paso de las estaciones. Un año no es mucho en
la vida de un pueblo y Fellini lo sabía: en Amarcord no
pasa nada extraordinario, no hay aventuras gloriosas, no hay un
misterio agazapado. Convaleciente de una grave enfermedad en 1966,
escribe un ensayo, Mi Rimini, en el que se bosqueja y esboza el
origen de esta cinta. El director y su coguionista, el poeta y
escritor Tonino Guerra, se dedican entonces a contarnos anécdotas
que pudieron haber ocurrido en un lapso mayor de un año,
reunidas todas aquí en una profusión episódica
de historias y situaciones pintorescas, algunas humorísticas,
algunas bajo la sombra apabullante del fascismo o de la iglesia,
otras guiadas por apremios de adolescencia, ninguna aburrida.
El guionista había nacido en San Arcangelo, apenas a ocho
kilómetros de Rimini. “A él y a mi nos une
el mismo dialecto, y una infancia pasada en la misma campiña,
la misma nieve, el mismo mar” – dijo el director.
Para
realizar la cinta, Fellini deja a Turi Vasile, que lo había
acompañado en Roma y encuentra un nuevo productor en la
figura de Franco Cristaldi, quien consigue interesar en el proyecto
a la Warner Brothers, que aportó dos millones de dólares.
Giuseppe Rotunno haría de nuevo la fotografía y
Nino Rota la música, y para mostrar el flujo de la vida
tal cual es, el director crea una coral de personajes donde todos
-y a la vez ninguno- son el protagonista, interpretados por actores
poco conocidos y algunos de ellos naturales, para que la identificación
del espectador con los mismos fuera más fácil.
Buscando
no confundir a ese mismo espectador, el eje es -sin embargo- una
familia, la de Aurelio (Armando Brancia) y Miranda (Pupella Maggio),
que viven con sus dos hijos, un tío materno (Nandino Orfei)
y el abuelo paterno, obrando Titta (Bruno Zanin) -el mayor de
los hijos- como el alter ego adolescente de Fellini. El pasado
anarquista de Aurelio -ahora un capataz de construcción,
no ha quedado atrás, como lo percibimos cada vez que hay
un disturbio callejero. Pero afirmar que Amarcord es la historia
de una familia es cerrar los ojos: a su alrededor conocemos a
otros habitantes del lugar como la Gradisca (Magali Noël)
la dama que todos desean, la Volpina (Josiane Tanzilli) -la loquita
del pueblo-, los compañeros de Titta o sus terribles profesores.
Sentimos su ritmo vital, nos asomamos al mar, jugamos con la nieve
y nos dejamos llevar, sin darnos cuenta a que horas, en el juego
nostálgico que Fellini nos propone, pero detrás
del cual hay una aguda reflexión sobre la inocencia perdida,
sobre lo que es crecer con el totalitarismo –tanto político
como de la fe- a cuestas.
Olvidar
es morir y Federico Fellini -sabio- utilizó su cine como
antídoto para derrotar la muerte. Sus imágenes están
vivas, traslucen humanidad, corazón, ideas inteligentes
y complejas, aunadas a una inmensa calidad visual y a un estilo
personalisimo que lo convirtió en un autor de inmediato
reconocimiento. Su filmografía atravesó varias etapas:
coqueteos con el neorrealismo, búsquedas existenciales
y espirituales, retozos lúdicos y reflexivos, autoindulgencia
narrativa, barroquismo visual. Viendo la aparente calidez y llaneza
de Amarcord, pareciera un alto en el camino de las propuestas
estéticas cada vez más elaboradas que Fellini insistió
en mostrarnos en esta ultima etapa de su carrera, considerando
que la película fue realizada en 1974, luego de Roma (1972)
y antes de Casanova (1976), filmes estos que recrean con mas soltura
los mundos barrocos de su director. Pero no por esto podría
tildarse de extraña a su filmografía: esta película
estuvo obviamente muy cerca al corazón de Fellini, quien
la adornó con detalles muy hermosos y a la vez completamente
personales, revestidos de una mezcla curiosa de ternura y fealdad:
hay un acordeonista ciego que parece un payaso sin maquillaje,
hay un vendedor de cachivaches mitómano, hay una vendedora
de tabaco de generosas proporciones, hay un monumento floral a
Mussolini que habla, hay un gramófono subversivo que los
fascistas dan de baja a balazos, hay una monja diminuta, hay un
pueblo al que todos sus habitantes abandonan para ir al encuentro
furtivo de un transatlántico a mar abierto. Son parte del
mundo alucinado de Federico Fellini, insertos en un filme al que
el adjetivo de mágico le sienta muy bien. Pero aquí
también están –como ya veremos- su ironía
de siempre, sus ataques a la iglesia, al absolutismo, al poder
indiscriminado, a la banalidad irresponsable de sus compatriotas.
Como
lo mencionábamos previamente, narrativamente Amarcord es
una antología de historias, de pequeños episodios
lineales que conforman un fresco melancólico, donde son
factores comunes el humor y la continua exploración de
mitos juveniles sobre la religión, el sexo, la educación
y el amor no correspondido. Un fundido a negro separa estos pequeños
retratos, unidos por la lineariedad temporal en que ocurren y
por la hermosisima banda sonora que Nino Rotta –en su decimacuarta
colaboración con Fellini- les regala. En ocasiones un narrador-personaje
le habla directamente a la cámara, contándonos detalles
de la historia local y puntualizando algunas historias, pero por
lo general estas se explican por si solas. También hay
voces que se sobreponen, gente que mira la cámara, y hasta
se adivina al propio director (fuera de cámara) dictando
lo que deben decir los personajes. Fellini es un narrador, no
un historiador, y estos artificios ayudan a confirmar que su película
no es un recuento histórico preciso, sino sólo un
cuento, una ficción. La interconexión de estas mismas
viñetas individuales es magistral, pues a un evento cómico
le sigue una secuencia que revela las consecuencias de ese hecho
a un nivel más amplio, brindando al espectador un retrato
coherente de la cultura fascista italiana de esa época.
Elementos
nostálgicos aparte, Fellini utiliza la coralidad de Amarcord
para realizar una concentración de tópicos políticos
desde un punto de vista que es –según sus palabras
“un juicio, un juicio triste, un juicio melancólico”.
Lo que el director pretende, y logra, es combinar la mirada evocadora
con una implacable disección de los orígenes del
fascismo, pero evitando el cliché explotador y desgastado
del fascista deshumanizado, ignorante y dogmáticamente
ciego. Fellini se rehusa a hacer de Amarcord una película
política típica y a dividir los personajes en buenos
(anti-fascistas) y malos (fascistas) El italiano promedio durante
ese periodo tenia muy poca familiaridad con ideologías
políticas y lo que predominaba era la confusión:
la gente vivía en términos de símbolos y
mitos. El fascismo dominó Italia por cerca de veinte años
porqué explotó una debilidad italiana crónica:
la sensación de eterna adolescencia, de desarrollo interrumpido,
de un bloqueo que había ocurrido en el camino hacia la
madurez y la responsabilidad. Habla el director: “Tengo
la impresión que el fascismo y la adolescencia continúan
siendo, en cierta medida, estaciones históricas permanentes
de nuestras vidas: adolescencia en nuestras vidas individuales,
fascismo en nuestra vida nacional” (1).
Esa
perenne adolescencia italiana la hace manifiesta como una falta
de interiorización y reflexión que los llevaba a
constantes manifestaciones grupales, a la exhibición pública,
donde eran una masa, como apreciamos en la hoguera del día
de San José, con la visita del corregidor fascista el día
del aniversario de la fundación de Roma, o con la salida
al mar a ver el barco y el matrimonio de la Gradisca. “Al
vivir en esta clase de medio ambiente, cada persona no desarrolla
características individuales sino sólo defectos
patológicos” (...). “Es el ritual el que los
mantiene unidos a todos. Puesto que ningún personaje tiene
un sentido real de responsabilidad individual, o solo tiene sueños
absurdos, nadie tiene la fortaleza de no hacer parte del ritual,
de quedarse en casa lejos de él” -afirmaba. Los italianos
se despojaban así de cualquier responsabilidad, pues siempre
había alguien que pensaba por ellos: sus padres, sus profesores,
el alcalde, el rey, Mussolini. Y si ese que pensaba por ellos
exaltaba su nacionalismo y sus valores patrios, pues mejor.
Como
parte actuante de ese “bloqueo” del desarrollo de
los italianos, otro factor era el influjo contundente y negativo
de la iglesia católica como agente de represión
sexual, como diseminadora de una doctrina probablemente bien intencionada,
pero de discutibles efectos. Y aunque a lo largo del filme vemos
situaciones concretas donde la religión actúa de
manera castradora, es el caso del tío Teo el ejemplo más
extremo de los resultados feroces de la represión sexual.
Subido a un árbol y pidiendo a los gritos una mujer, representaría
a todos los italianos que crecieron pensando que las urgencias
de su cuerpo eran pecado. Impidiendo el normal flujo del impulso
sexual, la iglesia creó un mito alrededor del cuerpo de
la mujer que Fellini – sin duda, víctima alguna vez
del mismo- explora y recrea con sus contundentes imágenes
de mujeres, redondas y rotundas, que persiguen, atraen y repelen
a Titta.
Al
sumarle este tono de denuncia, Fellini salva a Amacord del idealismo
ingenuo y lo pone lejos del sentimentalismo romántico de
I Vitelloni (1953). El maestro de Rimini no vuelve a su personaje
de Moraldo, que lo ha acompañado en diferentes tramos de
su obra. No, ahora regresa a su infancia con la sabiduría
de la madurez para maravillarnos con un filme lúdico, profundo
y sensible. Un capitulo de la vida, de cualquier vida. “Si
fuera a hacer una película acerca de la vida de un alma,
terminaría siendo sobre mí” –decía.
¿Y como no creerle esta vez?.
Citas:
1. Fellini, Federico. “Amarcord: The fascism within us –
An interview with Valerio Riva”. En Federico Fellini: Essays
in criticism, Ed. Bondanella. Pág. 20-21
Olvidar
es morir un poco, rescatando los sabores de la vieja Italia es
que llegué a esta receta de “italian chiken”,
pollo a la italiana, espero que la disfrutes.
Receta
Ingredientes
-pechuga de pollo a la diabola con chips de papa al ajo, salsa
agridulce de cerezas y ensalada caprece-
Ingredientes
para dos comensales:
-
1 pechuga de pollo
- el jugo de 1 limón grande o dos chicos
- 1 cucharada sopera –colmada- de pimienta negra en minionet
- 1 papa (patata) grande –hervida- cocida con su cáscara
- 1 cucharada de ajo confitado
- sal y pimienta negra recién molida
- 6 cerezas (cherry´s)
- 50g de azúcar
- 5 cucharadas de vinagre blanco
- 150g de queso mozzarella fresco (queso italiano)
- 1 tomate (jitomate) grande maduro o dos pequeños
- ¼ cucharadita de gelatina sin sabor
- 1 clara de huevo
- 10 hojas de albahaca (basílico) fresca
- 3 cucharadas de aceite de oliva extra-virgen
- aceite de oliva para freír
Preparación:
Limpiar
la pechuga y dividir en dos mitades (se obtienen dos porciones,
una de cada lado), macerar durante unos 30 minutos con la pimienta,
jugo de limón y un poco de sal. Escurrir bien y freír
en aceite de oliva bien caliente. Reservar al calor.
Pelar la papa aun tibia y pisarla muy bien o procesarla en un
mixer o minipimer con el ajo confitado, agregando un poco de sal,
pimienta negra recién molida y un toquesito de aceite de
oliva. Sobre un silpat y con ayuda de una cuchara hacer pequeñas
circunferencias con esta pasta, aplastándola bien y dejándola
bien finita. Llevar al horno 150° y secar bien, hasta que
queden crujientes y doraditas.
Descarozar o deshuesar las cerezas y procesarlas junto con el
vinagre blanco, con ayuda de un minipimer o en una licuadora,
pasar por un colador de malla fina y mezclar con el azúcar,
una pizca de sal y pimienta negra, llevar en una cacerolita al
fuego hasta que tome la consistencia de un almíbar espeso
(no mucho ya que al enfriarse se espesa aun más). Dejar
tomar temperatura ambiente.
Pelar y despepitar (quitar las semillas) el tomate, procesarlo
con un minipimer o licuadora, llevarlo al fuego para reducir un
poco la cantidad de agua, incorporarle la gelatina previamente
hidratada y mezclar bien, salpimimentar, incorporarle suavemente
la clara de huevo montada a punto nieve, dejar bajar la temperatura
y llevar al congelador o freezer.
Colocar las hojas de albahaca bien labradas y secas con 3 cucharadas
de aceite de oliva en un baso y procesar con la minipimer (puede
hacerse también en licuadora), pasar por un cedazo o colador
de malla muy fina. Reservar.
Cortar el queso mozzarella en dos aros de unos 75g, pasar levemente
por harina y freírlos en aceite de oliva rápidamente
para que no pierdan forma y se mantengan calientes.
Montado
del plato:
Colocar
unos chips de papa en un costado, casi sobre ellos la pechuga
de pollo, hacia el otro borde el queso mozzarella caliente y encimado
una quenepa o quenelle de helado de tomate, sobre la mozzarella
y el helado de tomate un hilo de aceite de albahaca, al costado
de los chips de papa y la pechuga, llevando un leve hilo sobre
esta, la salsa agridulce de cereza (en muy poca cantidad).
Se puede completar la decoración con tomates secos y hojas
de albahaca fritas.
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