La menopausia es el periodo de la vida de las mujeres
entre los 40 y los 50 años en el que se produce
el cese de la ovulación.
El cuerpo femenino en esta etapa de la vida experimenta
una serie de desarreglos orgánicos consecuencia
directa de la falta de estrógenos (hormonas
sexuales femeninas). Para algunas mujeres, estos cambios
se traducen en síntomas soportables; sin embargo,
otras muchas sufren física y emocionalmente
las consecuencias de la ausencia hormonal.
Síntomas
habituales
Los
síntomas que sugieren el comienzo de la menopausia
van desde los comunes sofocos, acompañados
de calor, enrojecimiento facial y sudoración,
hasta desordenes psíquicos, como irritabilidad,
ansiedad e insomnio entre otros.
El aumento de peso en torno a los 2 ó
3 kilos, como mínimo, es un hecho
significativo en la mayoría de las mujeres
tras la menopausia. Y dado que el aumento de peso
se traduce en aumento de grasa y ésta se distribuye
principalmente en la región abdominal, esto
supone un riesgo añadido de sufrir accidentes
vasculares.
La descalcificación ósea y otros trastornos
esqueléticos es más incidente en este
grupo de población.
Sofocos.
Son uno de los primeros signos y pueden producirse
dos o tres años antes de que las reglas lleguen
a desaparecer totalmente. Esta sensación repentina
de calor en la cara y en el cuello, progresa hacia
el pecho y los brazos y va seguida de sudoración
y frío. A veces, se acompaña de enrojecimiento
de la piel y se acelera el pulso.
Sequedad vaginal.
Cuando la producción de estrógenos disminuye,
las paredes de la vagina se hacen más frágiles
y delicadas y se reduce la humedad natural. Esto puede
producir sensación de escozor, tirantez o sequedad,
aunque no se manifiesta en todas las mujeres.
Alteraciones psíquicas.
La irritabilidad, la ansiedad, el nerviosismo y el
insomnio son las afecciones más frecuentes,
aunque hay quien llega a padecer depresión.
Descalcificación
de los huesos. El deterioro óseo
favorece el desarrollo y aparición de la osteroporosis,
y por tanto existe un riesgo mayor de fracturas y
otros trastornos esqueléticos (pinzamientos,
aplastamientos, etc.).
Tendencia a engordar. Durante esta etapa es habitual
un incremento lento y progresivo de peso de 2 a 3
kilos, y un cambio en la distribución de la
masa grasa, lo que se traduce en un aumento del volumen
de grasa en la tripa (zona abdominal).
Cuidar
la alimentación
A
partir de los 40 años las necesidades metabólicas
de energía de las mujeres disminuyen un 5 %
por cada década. Esto se traduce directamente
en la necesidad de un aporte calórico menor.
Si no existen complicaciones o enfermedades asociadas
durante este periodo, la alimentación deberá
seguir los patrones de dieta equilibrada en función
de aspectos individuales como la edad, la talla y
la actividad física, entre otros.
Los
vegetales, prioritarios
Los
alimentos ricos en hidratos de carbono complejos (cereales
y derivados como el arroz, la pasta, el pan y los
cereales, legumbres y patatas) deben constituir la
base de la alimentación en una cantidad modesta.
Las frutas y las verduras se han de contemplar en
el menú diario.
Los
vegetales crudos son más abundantes en vitaminas,
minerales y fibra, lo que contribuye a mantener un
buen estado nutritivo.
La
calidad de la grasa
Cuidar
la calidad de la grasa es tan importante como considerar
la cantidad. Para ello, se ha de reducir la grasa
de origen animal (grasa saturada) por su capacidad
de aumentar los niveles de colesterol en sangre y,
consecuentemente, de favorecer el desarrollo de arteriosclerosis.
La grasa saturada abunda en: embutidos, bacon, manteca,
mantequilla, nata, leche entera, productos lácteos
elaborados con leche entera, productos de pastelería,
galletería y bollería.
Como
contrapartida, se potenciará el consumo semanal
de pescado azul. El aceite de oliva (de preferencia);
y los aceites de semillas y los frutos secos como
complemento dietético, son alimentos son ricos
en grasa insaturada, con cualidades para reducir los
niveles de colesterol plasmático.
Respecto a los dulces también conviene ser
prudente.
Se
recomienda reducir su consumo habitual por su riqueza
en azúcares simples y calorías, y de
manera más estricta si existe obesidad, diabetes
o dislipemias.
El
calcio, fundamental
Resulta
fundamental el papel del calcio en la prevención
de la osteroporosis postmenopáusica. Por esta
razón, es recomendable tomar tres raciones
de leche o derivados, fuente de calcio por excelencia,
con objeto de conservar la masa ósea. La vitamina
D, abundante en los lácteos enteros, la mantequilla,
la nata y el huevo, se estima imprescindible para
fijar el calcio en los huesos.
La hidratación
Cualquier
persona para mantener una hidratación apropiada
requiere el aporte de al menos un litro y medio de
líquido, y a esta cantidad se suma el agua
que proporcionan los alimentos que ingiere. Las alternativas
son múltiples y van desde el agua de bebida
hasta infusiones, caldos de verduras, zumos de frutas,
etc.
Planificar la comida
diaria
Hacer
comidas irregulares y dejar pasar demasiado tiempo
entre ellas produce hipoglucemia que podría
ser la causa de los sofocos. Por tanto, distribuir
la alimentación total diaria en 4 o 5 comidas
más ligeras es una buena medida.
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