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Cuando
nos aqueja una enfermedad y queremos curarnos, esa
simple elección, nos cambia la vida. Las herramientas
que encontraremos a nuestro alcance pueden ser muchas
pero debemos saber cómo usarlas y por qué.
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Existe
una forma de curarse que es la de tratar y solucionar solamente
los síntomas sin averiguar las causas que han producido
la enfermedad.
A
este campo se refiere la medicina sintomática, que es la
que suprime los procesos por los cuales trata de manifestarse
un desequilibrio orgánico, que por lo general vuelve a
aparecer a lo largo de la vida como otra serie de síntomas
que aparentemente no guardan relación con las primeras
manifestaciones de enfermedad o desequilibrio.
También
existe otra forma de curarse:
A
través de la búsqueda de las causas de dicha enfermedad
y su tratamiento. Esto significa un compromiso activo y profundo,
principalmente con uno mismo y con la vida que nos fue dada. A
esta medicina se la llama «medicina no supresora»
(porque no suprime los síntomas).
La
alimentación es una de las medicinas que, basada en el
buen diagnóstico de las causas, nos sirve para equilibrarlas.
Los
alimentos curan o enferman.
Es un hecho, y las investigaciones lo confirman cada vez con mayor
ahínco. El regreso a la comida natural, el auge de los
productos orgánicos, las dietas sin excesos (ni por mucho
ni por poco), la parquedad en el consumo de grasas y azúcares
así como el equilibrio son todos consejos que se insertan
en lo que podría denominarse como una alimentación
para la longevidad con bienestar y fortaleza.
Las
nutricionistas americanas, ambas investigadoras en varios países,
reiteran la necesidad de diseñar dietas completas, que
incluyan todos los elementos necesarios para la buena salud y
el funcionamiento integral del organismo, pero también
enseñan a discernir lo que es conveniente para cada persona.
Si una verdura le hace daño, existen sustitutos. Si el
exceso de fibra a usted le produce flatulencia, a otros les puede
corregir el estreñimiento. Y si no le agrada la carne,
quizá la pueda remplazar por pollo. O de pronto -porque
también incluyen recetas- con una preparación distinta,
la podrá consumir con placer, y sin que le haga daño.
De
todos los temas tratados, y son muchos, se presenta hoy uno de
ellos: el síndrome del colon irritable (SCI). Se le destaca
porque este es uno de los grandes problemas que sufren el hombre,
y sobre todo la mujer moderna. Un trastorno que, si bien no reviste
la gravedad que otras enfermedades del sistema digestivo sí
encierran, es culpable de malestares severos, ausencias laborales
y dificultades para el desempeño social.
Ahora
veamos cómo conseguimos equilibrarnos a través de
la alimentación:
Todos
sabemos que los alimentos son transformados por el cuerpo en energía
nutricia y que estos nutrientes son desdoblados en la boca y asimilados
por el intestino que los envía directamente a la sangre.
Nuestra sangre tiene un PH (equilibrio) Sodio - Potasio 1-7. Este
equilibrio es el que nos permite estar sanos y vivos. Los alimentos
también tienen un equilibrio Sodio-Potasio. Cuando nuestra
ingesta diaria sobrepasa en demasía esta relación
Sodio-Potasio, el organismo se ve obligado a equilibrarse "robando"
minerales de los huesos y dientes. Es así como actúa,
en este caso, el proceso de Homeostasis o Homeodinamia. Para evitar
que este mecanismo equilibrante sea tan extremo y que a la larga
termine desgastando a las células y órganos demasiado
pronto y que también comprometan las emociones y nuestra
vida de relación con negatividad y sufrimiento, existen
toda una gama de herramientas curativas como la Homeopatía,
la Osteopatía, las Flores de Bach, la Gestalt, la Psicología
Transpersonal, el Masaje, la Medicina China, el Trabajo Corporal
Armónico y muchas otras.
En
el caso de la alimentación, recurrimos a diario a ella
para nutrirnos y también nos sirve para curarnos. Sólo
debemos entender que hay alimentos que nos curan y otros que nos
enferman. Un ejemplo de esto es el azúcar, que guarda una
relación Sodio – Potasio 1-800 y que es un gran ladrón
de calcio. Otros alimentos peligrosos son el tomate o la berenjena,
que tienen 1-700.
También,
la miel (que tiene 1-900) y otros alimentos industrializados que
caen dentro de esta categoría.
Con
una alimentación sana y equilibrada, en la cual los alimentos
ingeridos a diario guarden una relación Sodio-Potasio más
aproximada al PH sanguíneo, no solo conseguimos recuperar
las funciones orgánicas alteradas, sino que también
evitaremos el envejecimiento prematuro y también recuperaremos
la armonía de los pensamientos y las emociones.
En
nuestro cuerpo:
Llevamos
los códigos que nos dicen de qué manera alimentarnos,
pero a medida que nos fuimos alejando del entorno natural y nuestra
vida fue derivando en ésta que conocemos actualmente, altamente
tecnificada y artificial, nuestros alimentos se han transformado
de igual modo. Como consecuencia de esto, tenemos muchas enfermedades
derivadas de esta forma de vida y por ende de esta forma de alimentarnos.
En
la boca encontramos algunos de esos códigos:
Los
dientes. El 50% de nuestros dientes son molares y premolares,
o sea que están diseñados para "moler";
el 30% de los dientes anteriores están destinados a morder
verduras, bulbos, raíces y frutas, y un 15% son caninos
(o lo que vendría a ser un esbozo de caninos, ya que los
verdaderos son más "puntiagudos", afilados y
sin puntos de contacto). ¿Cómo se traducen estos
códigos a la hora de sentarnos a comer todos los días?
Con un 50% de cereales integrales, un 30 o 35 % de verduras y
frutas (raíces redondas y hojas), las que varían
su proporción según la época del año.
Entre las frutas debemos elegir las de estación, pequeñas
y maduras. Finalmente, un 15% corresponde a las proteínas
de origen animal o vegetal. Entre las de origen animal las de
mejor calidad son las carnes blancas y magras de animales alimentados
en forma natural o las de pescado de mar que habita en aguas frías
y profundas. Entre las de origen vegetal encontramos las legumbres
(porotos y chauchas).
En la fase curativa se tratan de evitar las proteínas de
origen animal ya que impiden la eliminación de toxinas
acumuladas en el cuerpo. Las hierbas medicinales, tomadas en forma
de infusión o tinturas madres, vendrían a completar
nuestra dieta diaria.
El
capítulo comienza describiendo lo que es el trastorno,
también conocido como colitis mucosa o colon espástico,
y sus síntomas. Entre éstos, incluyen:
Dolores
abdominales, flatulencia, hinchazón o distensión
Evacuaciones irregulares que incluyen episodios de diarrea seguidos
por estreñimiento
Náuseas y pérdida de peso
Dolores de cabeza, dificultades para concentrarse, fatiga
Ansiedad o depresión.
Las causas del SCI son diversas.
Sin
embargo, algunos alimentos o bebidas, hábitos de vida pueden
disparar los episodios. Entre ellos, se incluyen el estrés,
el abuso de laxantes, los trastornos del sueño, el tabaquismo,
las bebidas alcohólicas, la cafeína (incluida también
en el té y el chocolate), y algunos alimentos.
De
acuerdo con las investigaciones citadas por las autoras, y siendo
la lista de alimentos que pueden desatar episodios de SCI, se
incluyeron como los más frecuentes:
Verduras,
entre las cuales las manzanas, plátanos, naranjas y frutas
pasas
Verduras:
cebollas, guisantes, papas y aquellas de hojas verdes
Comidas
ahumadas y fritas, algunos embutidos.
En
cambio, se habla del consumo de la fibra como posible solución
a muchos de los casos de SCI. Entre otras razones, se le presenta
como factor que ayuda a regularizar el funcionamiento
del intestino. Se cita primordialmente el salvado de trigo.
Observarse
Quizá
uno de los grandes aportes de éste y de otros capítulos
es la invitación a que cada persona se observe a sí
mismo. De esta manera, le es posible detectar los alimentos, bebidas
y/o situaciones que le alteran el sistema digestivo para poder,
a su vez, eliminarlos, remplazarlos
o corregirlos. Y, de todos modos, la necesidad de solicitar la
ayuda de un especialista antes de que la situación se vuelva
inmanejable.
Un
detalle que llama la atención es la diferenciación
que se hace entre la reacción alérgica a un alimento
y la intolerancia al mismo. Si bien en ambos casos el consumo
puede llevar a malestares con síntomas similares, -ambos
pueden interpretarse como colon irritable- el hecho de diferenciarlos
ayuda a establecer una mayor claridad en el tratamiento.
Las
alergias a los alimentos
Las
alergias a los alimentos que, de hecho son muy frecuentes, se
detectan con certeza mediante pruebas realizadas en el consultorio
del alergista. Sin embargo, existen algunos indicios que ayudan
a despertar la duda, y son los siguientes:
Cuando
en la familia hay antecedentes de alergias
Cuando
la reacción se presenta casi en forma inmediata después
de haberse ingerido el alimento
Cuando
hay reacción adversa aún si se comen muy pequeñas
cantidades
Y
cuando el trastorno digestivo va acompañado de otros síntomas
como salpullido, urticaria, picores, que desaparecen bajo el efecto
de un antihistamínico.
La
edad también lleva a sospechar porque, aunque las alergias
alimenticias pueden presentarse a cualquier edad, son más
frecuentes durante la infancia.
La
intolerancia a un alimento es bien distinta. Se le define como
la incapacidad que tiene un organismo para consumir y digerir
algún alimento. No tiene relación con el sistema
inmunológico sino que se relaciona generalmente con la
ausencia de una enzima que ayuda a la asimilación del alimento
o de una de las sustancias que lo componen. Caso muy frecuente
es la intolerancia a la lactosa, definida popularmente como el
azúcar de la leche, y que puede ser solucionada con los
productos bajos en lactosa que se encuentran en el mercado.
Como
es fácil concluir, el síndrome del colon irritable
suele no tener su origen ni en las alergias ni en la intolerancia.
En consecuencia, si usted logra identificar y discernir estas
diferencias, le será más fácil a su médico
ayudarle a encontrar una solución.
Un
consejo adicional: tenga
en cuenta que usted es una persona única. Y que lo que
le produce malestares no suele producírselo a sus compañeros,
amigos, y ni siquiera a sus hijos. En este sentido, antes de buscar
y tomar los medicamentos que han sido formulados para otros, y
antes de asumir dietas ajenas, asuma la decisión más
oportuna y apropiada: visita su propio médico.
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