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Chef
José Luis Armendáriz Sanz
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Eso, qué culpa tiene el tomate. El tomate,
esa fuente de sabor, de color, que durante siglos
ha sido el referente de los platos frescos del verano,
ensaladas, gazpachos, salmorejos, pipirranas... y
que ahora, no sabe a nada. |
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Qué
le ha pasado al tomate para eso, que no sepa a nada. Claro que
ahora tenemos tomate todo el año, ya no hay que prepararlo
en conservas, desecándolo como hacen en Mallorca, ni adquirir
los tomates canarios en el otoño, cuando se acaba la temporada
en la península. Ahora basta con acercarse a cualquier
mercado, mercadillo, hipermercado e incluso gasolinera que allí
estarán, esperando a que los compremos y hagamos de ellos
conspicuos protagonistas de nuestros platos.
Lo
peor es que el tiempo nos ha borrado el recuerdo del sabor y del
olor del tomate; y muchos, ni lo echan de menos, pues no lo han
conocido.
Producción
y Conservación del Tomate
Llamaban
la atención lo perfecto de forma y color de aquellos tomates
que venían de Holanda, cultivados en invernaderos con un
sistema de calefacción que terminaba por hacerlo poco rentable.
Las nuevas técnicas agrarias, orientadas a una mayor producción
en un mínimo espacio y a poner a nuestra disposición
sus productos en cualquier época del año y comodidad
en la recolección nos han traído los huertos bajo
plástico, el cultivo hidropónico y las cámaras
con atmósfera controlada.
El
plástico, además del impacto paisajísticos,
está el ambiental. Metros y metros de cubierta que deben
ser renovados periódicamente y cuyos residuos no son fácilmente
controlables ni degradables, aunque favorecen el microclima que
posibilita programar las cosechas independientemente de los ciclos
naturales, además de preservar de plagas e inclemencias
meteorológicas. También la disposición en
“pupitres” facilitan la atención y la recolección
de los productos. No viene mal amortiguar la dureza de las labores
del campo.
Quizás
esto sea lo de menos, pero, lo del cultivo hidropónico
qué es. Se trata de suprimir el sustrato natural, la tierra,
por un sistema de alimentación de la planta que, por goteo,
va aportando los nutrientes y el agua necesaria para el rápido
desarrollo de la planta. En el mejor de los casos implantados
en una tela de fibra de coco. La semillas los abonos y nutrientes,
de laboratorio. Para garantizar la trazabilidad del producto.
Hay que olvidarse de guardar la simiente, que en muchos productos
es estéril para tener que adquirirla para el nuevo cultivo,
nada de dejar tierras en barbecho para que se recuperen, podemos
adquirir los nutrientes justos y necesarios para la semilla que
nos han vendido. Rápido crecimiento, homogeneidad del producto
y sencilla evaluación de costes.
Pues
ahí está nuestro tomate, rodeado de plástico,
con la temperatura y humedad controlada y alimentado mediante
complejo sistema de riego. Como el la U.C.I. de un hospital.
Ya
está nuestro tomate maduro, no todavía no, pero
podemos recolectarlo y dejar libre el invernadero para una nueva
plantación. Pero, que hacemos con un producto que aún
no ha madurado, pues sencillamente ponemos la tecnología
al servicio de la agricultura y empleamos las cámaras con
“atmósfera modificada”. Tras la recolección
sometemos al producto a un enfriamiento rápido, mediante
el denominado “hidrocooling”. El frío retrasa
la maduración, pero hasta cierto punto; es aquí
donde entra la posibilidad de controlar y modificar la atmósfera
de conservación del producto, que, con una alta concentración
de anhídrido carbónico y una baja concentración
de oxígeno, podemos ralentizar meses la maduración
y diferir la puesta en el mercado del producto. Es decir madurar
sin sol.
Tenemos
tomates que no saben a nada. Es este el precio que hay que pagar
por disponer de un producto todo el año. Ojalá...
El
Olvidado Sabor del Tomate
El
resultado de tanta agricultura intensiva es el de las llamadas
“zonas muertas” del mar en donde se han acumulado
el nitrógeno procedente de los abonos utilizados y que
acaban con los recursos pesqueros en muchas partes del planeta.
Y como ejemplo, el pobre tomate, qué culpa tendrá
el tomate. Triste elegido para ilustrar esta precipitación
al vacío de muchos productos. Y es que, recuerdo la intervención
de Pepe Rodríguez (El Bohío) en unas jornadas de
maridaje en el pasado Salón de la Alimentación en
Madrid; puntualizaba “.. y esto es un tomate, un tomate
de verdad, vamos que me los trae un señor que conozco y
los cultiva él”, mientras montaba su “ensalada
de cochino”.
La
dicha la encontré el pasado verano cuando, una amiga de
mi mujer aparece con unas bolsas, “... mira, huele”
– “Cabernet sauvignon” pensé yo, ese
característico olor a pimientos verdes de esa variedad
de uva; no eran pimientos que olían a pimientos, de ahí
mi sorpresa. Y en la otra bolsa tomates, tomates que olían
a tomate. Pero, qué era aquello; un vecino de una calle
paralela a la mía que tiene un huerto y que vende lo que
le sobra. Todos distintos, con alguna irregularidad en el color
o en la forma, alguno con algún picotazo de un pájaro,
pero todos sabían a algo, que todavía mi memoria
recuerda. Tendrán nuestros hijos la posibilidad de conocer
estos sabores perdidos.
Y
después vendrán los transgénicos, cuyo principal
argumento es que con ellos se puede erradicar el hambre. Justificación
que no se cree nadie cuando uno ve como se destruyen los excedentes
agrícolas y ganaderos para evitar la caída de los
precios y por haber superado las cuotas de producción;
o como se abandona y no se recogen los frutos aquellas plantaciones
con subvencionados al cultivo y no a la producción, subvenciones
cuyo único fin fijar la población rural. No podrían
utilizarse estos excedentes en paliar el hambre y a la ver fijar
la población rural. Seguro que no interesa. Aunque el principal
problema de lo transgénico será ecológico.
Desaparecerán variedades, como está ocurriendo ya
con la agricultura y ganadería intensiva, premiando la
producción a la variedad y al sabor, y desaparecerán
también aquellas aves, insectos y microorganismos que,
desde el inicio de los tiempos, han ido alimentándose de
estos productos que, a pesar de esta presión han seguido
subsistiendo y ha habido de sobra para alimentarnos. Esta alteración
en los ecosistemas se verá al cabo de varios años,
y cuando los cazadores se quejen de que no hay codornices, de
que ya no vienen las tórtolas, tampoco los zorzales, alguien
se dará cuenta de que, a los pesticidas, funguicidas y
otros tratamientos de la agricultura intensiva se les une la inmunidad
de los transgénicos a otros organismos vivos que terminarán
por desaparecer. Al igual que muchos agricultores.
Afortunadamente
en la cocina se busca el sabor, y cuando el cocinero se preocupa
de esto por encima de criterios de costes y uniformidad en el
producto, se favorecerá el mantenimiento y desarrollo de
los productos biológicos y de temporada, porque las reglas
que marca la naturaleza son por las que debemos regirnos. La cocina
no es más que aprovechar y transformar los productos disponibles
al ritmo que la naturaleza nos da opción a disponer de
ellos. Todo lo demás, por mucha tecnología que se
le aplique, es sacrificar las variedades y los sabores a un precio
demasiado elevado para la naturaleza, y a un precio, el del sabor,
que quien gusta del buen yantar tampoco está dispuesto
a pagar.
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