El
primer año es el periodo de crecimiento y desarrollo
más rápido en la vida del niño y cuando
éste es más inmaduro y vulnerable. Por ello, es
especialmente importante asegurarle una alimentación
suficiente y adecuada, con el triple objetivo de satisfacer
sus necesidades nutritivas, prevenir y /o tratar diversas situaciones
patológicas y crear unos buenos hábitos alimentarios.
Las
pautas nutricionales vienen marcadas por las recomendaciones
e informes técnicos de la Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO), el Comité de Nutrición de la Academia Europea
de Pediatría y el Comité de Nutrición de
la Sociedad Europea de Nutrición y Gastroenterología
Pediátrica (ESPGAN), y se adaptan a tres etapas bien
diferenciadas:
Periodo lácteo.
La
leche es su único alimento, sea leche humana o artificial.
Desde el nacimiento hasta los 4-6 meses aproximadamente. Durante
este período, el lactante es capaz de succionar y deglutir,
pero aún no ha desarrollado la capacidad de digerir ciertas
proteínas y sus riñones no son capaces de soportar
cargas osmolares excesivas (líquidos muy concentrados
en partículas: sales minerales, glucosa...). El recién
nacido no nace sabiendo mamar pero desarrolla esa capacidad
en las primeras 48 horas de vida. El reflejo de succión
tiene la máxima respuesta a los 20-30 minutos después
del parto y debería ser aprovechado.
Periodo de transición, destete o BEIKOST. A partir del
cuarto mes de vida. En este periodo se van introduciendo con
prudencia alimentos no lácteos, preparados de forma adecuada
en consistencia y cantidad, para no alterar el ritmo de maduración
digestiva y renal, así como el progresivo desarrollo
neuromuscular. Esta etapa debe favorecer el desarrollo de los
sentidos de modo que se puede pasar de succión a cuchara,
lo que permitirá paladear mejor, y cambiar la textura,
de líquido a triturado, y cuando ya tenga dientes a troceado.
Periodo
de maduración digestiva.
La
alimentación se debe de adaptar a la capacidad digestiva
y al estado de desarrollo fisiológico y neuromotor, haciendo
paulatina la introducción de alimentos. La capacidad
gástrica del recién nacido es de 10 a 20 mililitros
(mL) y aumenta durante el transcurso de su primer año
hasta los 200 mL, lo que va a permitir que el niño haga
comidas más abundantes y menos frecuentes.
Nutrición del bebé
Lactancia
materna.
La
lactancia materna es, o debe ser, la principal fuente de alimento
a esta edad, exclusiva en los primeros meses, ya que la leche
de mujer se adapta perfectamente a las necesidades nutricionales
y las características digestivas de los lactantes hasta
la introducción de la alimentación complementaria.
Introducción
de la alimentación complementaria: Beikost.
La leche como alimento único a partir de los seis meses
no proporciona la energía y nutrientes que precisa el
lactante a partir de esta edad, y además, como sus funciones
digestivas han madurado, se deben incluir nuevos alimentos en
su dieta, siguiendo unas normas regladas. No está justificado
introducir nuevos alimentos antes de los tres meses, aunque
tampoco es aconsejable hacerlo más allá de los
seis, porque la falta de diversificación es motivo frecuente
de pérdida de apetito, a la vez que se desaprovecha una
época muy válida para la educación del
gusto y el conocimiento de los alimentos básicos que
permitirán al bebé adaptarse a una alimentación
equilibrada, variada y suficiente.
Se
ha de ir sustituyendo, de una en una, las tomas de leche que
recibe el lactante por los distintos componentes de la alimentación
complementaria (papilla de cereales, fruta, puré de verdura...),
de forma paulatina, con intervalo suficiente para que el niño
vaya aceptando los nuevos alimentos, probando su tolerancia
antes de introducir uno nuevo y dando tiempo a la adaptación
de su organismo. En este periodo es muy importante permitir
que la cantidad de alimento pueda variar de un día a
otro y de una semana a otra, según el apetito.
Introducción de los nuevos alimentos
uno por uno
Los
cereales.
Se introducen
a los 4-6 meses. Nunca antes de los cuatro. Primero serán
sin gluten para evitar sensibilizaciones e intolerancias a esta
proteína (el trigo, avena, centeno y cebada contienen
gluten; el arroz y el maíz, no) y a partir de los 7-8
meses se pueden mezclar. Los cereales contribuyen al aporte
energético, son fuente de proteínas, minerales,
vitaminas (tiamina especialmente), ácidos grasos esenciales
e hidratos de carbono de absorción lenta, por lo que
permiten un mayor espaciamiento de las tomas. No obstante, al
tratarse de un alimento calórico, existe riesgo de sobrealimentación
si se abusa de su consumo. Para preparar las papillas debe utilizarse
la leche habitual y añadir el cereal necesario, manteniendo
así el aporte mínimo de 500 centímetros
cúbicos de leche diarios. Son menos recomendables los
preparados que contienen de origen cereales y leche y se preparan
con agua, ya que es más difícil calcular la cantidad
de leche usada.
Las
frutas.
Se
empezará a partir de los 4-6 meses con una papilla de
frutas por su aporte vitamínico, nunca sustituyendo a
una toma de leche, sino complementándola. Se deben emplear
frutas variadas (naranja, manzana, pera, uva, ciruela...), para
educar el gusto, y es preferible evitar las más alergénicas
como la fresa y el melocotón. Suelen introducirse después
de conseguida la aceptación de los cereales, aunque puede
hacerse al revés, primero la fruta y después los
cereales. No deben endulzarse con azúcar y no se incorporarán
galletas hasta después de los 7 meses, ya que éstas
contienen gluten.
Las
verduras y patatas.
Se irán
introduciendo a partir de los 6 meses buscando su aporte de
sales minerales. Primero puede darse el caldo añadido
al biberón de medio día, después verduras
solas en puré, complementadas con leche. Se deben evitar
al principio las verduras con alto contenido en nitritos, como
remolacha, espinacas, acelgas y nabos, y decantarse por patatas,
judías verdes, calabacín, etc. para más
tarde introducir las demás. Se puede añadir una
cuchara de postre de aceite de oliva al puré, pero nunca
sal. Deben cocerse con poca agua y aprovechar el caldo de cocción,
en el que quedan disueltas parte de las sales minerales. Al
inicio, se recomienda evitar las verduras flatulentas (col,
coliflor, nabo) o muy aromáticas (ajo, espárragos).
Se han dado casos en niños pequeños que han consumido
vegetales recalentados, en los que su piel se vuelve azulada,
debido a que se ve afectado el transporte de oxígeno,
un cuadro aparatoso pero que no reviste gravedad con el tratamiento
adecuado. También hay riesgo de que se produzca esta
situación si se conservan las verduras cocidas en la
nevera más de 48 horas.
Carnes.
Preferiblemente
las menos grasas, empezando por el pollo y nunca antes de los
seis meses, en una cantidad de 10-15 gramos por día y
aumentando 10-15 gramos por mes, máximo de 40 a 50 gramos,
mezclada y batida la carne con las verduras. Posteriormente
se introduce la ternera y el cordero. Aportan proteínas
de alto valor biológico, lípidos, hierro, zinc
y ciertas vitaminas. Las vísceras (hígado, sesos,
etc.) no tienen ventajas sobre la carne magra y aportan exceso
de colesterol y grasa saturada.
Pescados.
Nunca
antes de los nueve meses debido a su mayor capacidad de provocar
alergia, y si el bebé tiene antecedentes familiares de
alergia alimentaria, incluso hasta pasado el año de vida.
A partir de esta edad, el pescado puede sustituir a algunas
tomas de la carne. Es conveniente empezar por pescados blancos.
Huevos.
Nunca
crudos. Se introducirá primero la yema cocida sobre el
noveno mes; inicialmente un cuarto, la semana siguiente media
y al mes entera, añadida al puré de medio día,
para tomar el huevo entero (con la clara) hacia los doce meses.
Puede sustituir a la carne, tomando 2-3 unidades por semana.
La yema es buena fuente grasas, ácidos grasos esenciales,
vitamina A, D y hierro. La clara aporta principalmente proteínas
de alto valor biológico, pero entre ellas se encuentra
la ovoalbúmina, con gran capacidad de provocar alergias.
Legumbres.
Añadidas
al puré de verduras a partir de los 18 meses. Si se mezclan
con arroz u otros cereales, sustituyen a la carne, y se pueden
tomar así hasta dos veces por semana. Yogures. A partir
del octavo mes; natural sin azucarar, como complemento o mezclado
con la papilla de frutas de la merienda.
Azúcares
refinados, miel y otros dulces
No
es recomendable el consumo de azúcar, pues la dieta del
bebé tiene un aporte adecuado de hidratos de carbono.
Es muy importante no alimentar a los lactantes con miel ni jarabe
de maíz debido a que estos alimentos se han identificado
como las únicas fuentes dietéticas de las esporas
del Clostridium botulinum y a esta edad, no tienen la inmunidad
para resistir el desarrollo de estas esporas causantes del botulismo.
Agua.
Mientras
el lactante recibe sólo leche materna o fórmula
adaptada, no suele requerir líquidos adicionales, salvo
en situaciones extremas de calor o pérdidas aumentadas
(fiebre, diarrea). Por el contrario, cuando se introduce una
alimentación complementaria al suponer ésta una
mayor carga renal de solutos (sustancias disueltas en líquido:
sales minerales, glucosa...), no basta con los líquidos
aportados por la leche y otros alimentos, y se debe ofrecer
al niño agua con frecuencia.
La
leche de vaca.
Nunca
se introducirá antes del año, y cuando se incluya
en la dieta deberá ser entera, por su aporte de vitaminas
liposolubles y grasas, salvo que haya recomendación médica
que especifique otra cosa.
Ritmo de crecimiento y desarrollo
Algunos
parámetros antropométricos orientan y sirven para
comprender porque las necesidades nutritivas en esta etapa son
proporcionalmente tan superiores a las de la persona adulta.
Peso:
Durante el primer año de vida se triplica el
peso del nacimiento.
Talla:
Pasa de 45-50 centímetros (cm) al nacimiento a 75-80
cm al año de vida, mientras que el segundo año
sólo aumenta unos 20-25 cm, y después 7-10 cm
por año.
Cerebro:
Los primeros cuatro meses su volumen aumenta a razón
de dos gramos al día.
Dentición:
Normalmente comienza sobre los 6-8 meses. Si la salida de los
dientes se retrasa y no se observan problemas de crecimiento
óseo, puede tratarse de una característica genética
familiar.