Los
cambios fisiológicos comunes a ambos sexos
que se presentan en la edad madura -entre los 40
y los 60 años- condicionan el tipo de alimentación
a seguir en esta etapa de la vida.
-
A
partir de esa edad desciende la necesidad de energía
en un 5% por cada década (debido a que disminuye la
energía que consume el organismo en situaciones de
reposo para mantener las funciones vitales), por lo que se
han de ingerir menos calorías. Además, se produce
un marcado aumento en la proporción de masa grasa en
el cuerpo, con lo que conviene limitar alimentos que la contienen,
y se da también una pérdida gradual, pequeña
pero constante, de masa ósea. La necesidad de adecuar
la dieta a los cambios citados resulta, pues, manifiesta.
Adaptando la dieta a esta etapa de la vida se puede mantener
un óptimo estado de salud, mejorar la calidad de vida
y prevenir el desarrollo de enfermedades, ya que se sabe con
certeza que numerosas enfermedades están estrechamente
relacionadas con unos incorrectos hábitos de alimentación.
Cambios
del organismo propios de la edad
Disminuye
el metabolismo basal.
OMS
(Organización Mundial de la Salud) estima que a partir
de los 40 años la necesidad de energía para
ambos sexos desciende un 5% por cada década. Ello se
debe a que disminuye el metabolismo basal del individuo, es
decir, la energía que consume el organismo en situaciones
de reposo para mantener las funciones vitales: bombeo de sangre,
mantenimiento de la temperatura corporal, etc. Esta reducción
se traduce en la necesidad de aportar menos calorías,
algo no contemplado por muchas personas y que explica porqué
aumentan progresivamente de peso si mantienen los mismos hábitos
de alimentación que años atrás. Este
incremento gradual de peso conduce a la obesidad si no se
corrige a tiempo.
El
parámetro objetivo que permite definir la existencia
de obesidad es el Indice de Masa Corporal (IMC) que resulta
de dividir el peso real de la persona en kilogramos entre
la talla expresada en metros al cuadrado. Se considera que
una persona es obesa cuando su IMC es igual o superior a 30
Kg/m2. Dos factores ejercen un impacto importante en el aumento
de peso: el consumo excesivo de calorías y la escasa
actividad física.
Cambios
en la composición corporal (grasa, músculo,
hueso y agua), que se van produciendo a lo largo de la vida
del individuo al igual que en el funcionamiento de todos los
órganos.
Distribución de la grasa.
Entre
los 40 y los 50 años se produce un marcado aumento
en la proporción de masa grasa en ambos sexos que continúa
aumentando hasta los 70-75 años. Además, se
modifica la distribución de la misma, que se acumula
en mayor medida alrededor del abdomen y ocurre lo mismo en
los órganos internos. Este cambio se hace más
notable en la mujer. Está demostrado que la distribución
abdominal de la grasa es un marcador sensible del riesgo cardiovascular.
Una relación o índice cintura/cadera (se obtiene
al dividir el perímetro de la cintura medido a la altura
del ombligo entre el perímetro de la cadera) superior
a 0,95 en el varón y a 0,80 en la mujer, se asocia
con un aumento en el riesgo de desarrollar problemas cardiovasculares
y diabetes mellitus.
Pérdida
de masa ósea (hueso).
Es a partir de los 30-35 años cuando se inicia una
pérdida gradual, pequeña pero constante, de
masa ósea. Los estrógenos (hormonas sexuales
femeninas) cumplen la importante función de preservar
la resistencia de los huesos a lo largo de la vida de la mujer.
Ésta, después de la menopausia, al cesar la
producción de estrógenos, presenta un riesgo
aumentado con respecto al varón de su misma edad, de
fragilidad y posibilidad de fracturas y de aparición
y desarrollo de osteoporosis. No obstante, los varones con
antecedentes familiares de osteoporosis tienen así
mismo, riesgo de desarrollarla en la edad adulta.
Bases
de la alimentación en la madurez
Se
sabe con certeza que muchos desarreglos de nuestra salud están
directamente vinculados con qué, cuánto y cómo
comemos; lo que nos obliga, en numerosas ocasiones, a cambiar
ciertos comportamientos y actitudes relacionados con la alimentación,
con el fin de adecuarla a los patrones de dieta saludable
y a las enfermedades que padecemos o deseamos prevenir. Los
aspectos dietéticos que merecen especial atención
en esta etapa de la vida son:
Favorecer los procesos depurativos. Mediante
ellos, se eliminan los radicales libres (ver octubre de 2001)
y otras sustancias de deshecho (urea, creatina…) formados
como resultado de la propia actividad del organismo o procedentes
de la contaminación externa. Los radicales libres se
producen en nuestro organismo como consecuencia de la respiración
en presencia de oxígeno, y ocasionan a lo largo de
la vida efectos negativos para la salud por su capacidad de
alterar el ADN (los genes), las proteínas y los lípidos
o grasas. Con los años, los radicales libres pueden
producir una alteración genética sobre ciertas
células, aumentando así el riesgo de padecer
cáncer, y reducir la funcionalidad de otras, característica
del envejecimiento.
Para depurar el organismo hay que ayudarle a llevar a cabo
sus propios procesos de limpieza:
Aumentar la producción de orina mediante la ingesta
de suficientes líquidos –1,5-2 litros/día-
a través de agua, zumos, caldos, infusiones, etc.,
y el consumo suficiente de frutas y hortalizas.
Favorecer la función hepática, al consumir
habitualmente frutas y hortalizas coleréticas (con
capacidad de aumentar la producción de bilis):
verduras con ligero sabor amargo (alcachofa, achicoria,
endibia, escarola, rábano, berenjena, cardo), manzana,
uva, níspero, fresa y plátano.
Evitar el estreñimiento al incluir vegetales por
su riqueza en fibra.
Combinar
los hábitos alimentarios saludables con unos hábitos
de vida propicios que incluyan la práctica
regular de ejercicio físico, así como la reducción
de tóxicos como el alcohol o el tabaco.
Consumir
alimentos ricos en sustancias antioxidantes.
Los alimentos vegetales, especialmente las frutas, las verduras
y las hortalizas, proporcionan abundantes sustancias con acción
antioxidante que neutralizan la acción nociva de los
radicales libres.
Cuidar
la calidad de la grasa de los alimentos. Conviene
reducir la grasa de origen animal (lácteos enteros,
carnes grasas, mantequilla, nata, manteca, embutidos…).
La grasa que abunda en estos alimentos es grasa saturada,
que tiene la capacidad de aumentar los niveles de colesterol
en sangre y de acumularse en las paredes de las arterias dificultando
el paso de la sangre por ellas y aumentando el riesgo de arteriosclerosis.
Como contrapartida, aumente el consumo de pescado azul y consuma
aceite de oliva y de semillas. Estos alimentos son ricos en
graso insaturada con indiscutibles cualidades dietéticas
de reducir los niveles de colesterol sanguíneos y de
disminuir la viscosidad de la sangre, con lo que disminuye
el riesgo de aparición de trombos. Los frutos secos
son así mismo, ricos en grasa insaturada, no obstante,
hay que tener en cuenta que son fuente concentrada de calorías.
Comidas bien repartidas a lo largo del día
Es
aconsejable mantener los horarios de comidas de un día
para otro y no saltarse ninguna toma. Realizar comidas irregulares
y dejar pasar demasiado tiempo entre ellas produce hipoglucemia
que podría explicar el porqué de sofocos (en
el caso de la mujer que atraviesa la menopausia), irritabilidad,
cansancio, etc. Por tanto, se recomienda distribuir la alimentación
diaria en 3 comidas principales y valorar la toma de almuerzos
o meriendas más ligeras, considerando ciertos matices.
A la hora de comer, distinga entre hambre y apetito.
El
desayuno es una de las comidas más importantes del
día, debido a que el organismo lleva muchas horas sin
recibir ningún alimento. Ha de incluir al menos un
lácteo y cereales. Si, además, se toma una fruta
o su zumo, mejor aún. El almuerzo o la merienda es
conveniente si transcurren más de 4 horas de una comida
a otra. La cantidad y tipo de alimentos a ingerir dependerán
de la actividad laboral de cada persona. No obstante, limite
el consumo de bollería y repostería, snacks,
refrescos, bebidas alcohólicas… productos que
aportan "calorías vacías", es decir,
que "llenan" pero que no nutren. Prefiera fruta
fresca, lácteos o bocadillos preparados en casa, sin
abusar de embutidos, patés y quesos grasos. Para la
comida se debe propiciar un clima tranquilo, sosegado y sin
interferencias (TV, radio, animales…), con el fin de
comer despacio, de manera relajada y dedicando como mínimo
20-30 minutos a esta parte esencial del día. En cuanto
a la cena, el tipo y la cantidad de alimentos que se toman
influyen en la digestión y en la capacidad de conciliar
el sueño. Lo más adecuado es no ingerir alimentos
o líquidos durante las dos horas precedentes al momento
de acostarse, excepto si se trata de un vaso de leche templada
o una infusión. La cena de puede "utilizar"
para compensar excesos y conseguir el equilibrio dietético
diario.
Guía
básica de alimentación
Leche
y derivados
2
vasos de leche o alimento equivalente al día.
Su consumo contribuye al mantenimiento de su masa ósea.
Elija los lácteos bajos en grasa (semidescremados
o descremados).
Carnes
y derivados
Carnes,
menos de 6 veces/semana (120 g la ración de carne).
Prefiera la carne menos grasa: pollo y pavo sin piel,
caballo, conejo, solomillos, filete de ternera, lomo
de cerdo, fiambre de pavo, jamón serrano sin
el tocino…
Pescados
Mínimo
4 veces/ semana (140 g la ración), y al menos
dos raciones semanales de pescado azul (chicharro, atún,
bonito, sardina, anchoa o boquerón, salmón,
trucha, besugo, caballa…).
Huevos
Hasta
seis unidades a la semana si no existe contraindicación
médica, incluidos los rebozados y salsas elaboradas
con huevo tipo mayonesa.
Pan,
arroz, pasta, patata y legumbres
Pan
diario en cada comida, aunque la cantidad dependerá
de las necesidades personales… En las comidas
principales, alterne arroz, pasta, legumbre o patata…,
con una frecuencia de 2 a 3 veces a la semana. Combine
estos alimentos preferentemente con ingredientes vegetales.
Ejemplo: lentejas con verduras, garbanzos con arroz,
espaguetis con pisto, arroz con champiñones,
etc.
Verduras
y hortalizas
Verdura
como ingrediente de los primeros platos o como guarnición
de los segundos platos, en comidas y cenas. Mínimo
una ensalada al día. Son, junto con las frutas,
los alimentos más ricos en sustancias antioxidantes
y fibra.
Frutas
frescas
De
dos a tres raciones al día. Una ración
es una pieza de fruta mediana, 2-3 unidades pequeñas
(mandarinas, ciruelas…), un vaso de zumo. Procure
incluir cada día una fruta rica en vitamina C
(naranja, mandarina, kiwi, fresas, melón, etc.).
Azúcar
y dulces
No
abuse de estos alimentos. Son fuente concentrada de
azúcares y grasas y por tanto de calorías.
Comida
rápida
Consumo
esporádico, por su elevado aporte calórico,
de grasa saturada, colesterol y sodio (sal).
Aceites
y grasas
Modere
la cantidad. Especialmente recomendado el aceite de
oliva virgen, aunque sin olvidarse de los de semillas
(girasol, maíz…). Todos ellos cuentan con
probados beneficios para la salud.
Bebidas
alcohólicas
Si
no existe contraindicación médica y la
persona está habituada a beber vino, se admiten
2 vasos al día (250 mL), no más cantidad.
No obstante, hay que considerar su aporte de "calorías
vacías".
Técnicas
culinarias
A
la hora de cocinar, elija con frecuencia las técnicas
culinarias que no necesitan un aporte excesivo de aceite,
que son muchas y variadas: cocido, vapor, escalfado,
horno, papillote, microondas, plancha, rehogados y guisados
o estofados con poco aceite. Los alimentos fritos, empanados
o rebozados, sería interesante que no estuvieran
presentes más de dos veces a la semana.