|
|
|
|
Hay situaciones que inevitablemente
despiertan ansiedad. Hay inclusive boleros que nos proponen
esa clase de ansiedad romántica en la que se
añora el abrazo amado. |
|
Ansiedad
al comenzar un nuevo trabajo; la universidad; ansiedad por los
preparativos de un matrimonio, de unas vacaciones, de una cita
esperada. Los exámenes generan ansiedad; un juicio, una
apuesta, un inicio en cualquier ámbito genera ese estado
que comúnmente definimos como ansiedad.
¿Es
normal, pues? Sí. La ansiedad forma parte del bagaje de
emociones de que disponemos en tanto seres sociales; emociones
que se impactan con manifestaciones orgánico-fisiológicas
que le son propias.
No
podemos concebir formas de enfrentar el mundo que no involucren
un monto, aunque sea mínimo, de ansiedad. Forma parte de
los recursos de que disponemos para hacer frente, con el cuerpo
y la mente, a situaciones que se nos aparecen como nuevas o desconocidas.
Parte de nuestras herramientas adaptativas, nuestra lupa de análisis
y llave de ajuste.
Pero
entre la ansiedad normal y el trastorno de ansiedad hay marcadas
diferencias. Se pierde el sentido práctico-adaptativo de
la ansiedad para presentarla en todos sus aspectos patológicamente
restrictivos. Una herramienta que nos ayuda a superar obstáculos
y seguir se convierte en un freno que se sufre de manera impensada,
con intensidad y con un carácter que lo aleja de toda decisión
voluntaria: la obligatoriedad, la inevitabilidad de los síntomas.
Los
síntomas
Es
normal que las personas sientan ansiedad en diversos momentos
de tensión, de miedo o de apuro porque es una respuesta
adaptativa. Es decir, la ansiedad es un reflejo que permite salir
adelante ante situaciones de alarma, comenta Nieto Caraveo.
Cuando se convierte un problema, la respuesta es más intensa,
e incluso puede dispararse esta respuesta ante situaciones que
no existen o que no lo ameritan.
Cuando
hay un trastorno de ansiedad, la persona siente preocupación
constante por todo: miedo, angustia, pesimismo y tensión.
Sufre dolores musculares, le duele la mandíbula y el cuello
por apretar los dientes y padece permanentemente de problemas
intestinales.
No toman ningún riesgo porque temen que les pase algo catastrófico
o más grave de lo que en realidad será y normalmente
tienen molestias físicas como dolor de cabeza, piernas
y espalda.
En
los casos más fuertes se puede llegar a crisis de angustia
o ataques de pánico, en los que los síntomas son
muy intensos, la persona puede presentar náuseas y/o vómito,
sudoración y tener una percepción de irrealidad.
La
ansiedad en adultos puede ser resultado de una depresión
mal tratada o consecuencia de problemas de pareja o laborales,
por ejemplo.
Los niños pueden presentar terrores nocturnos por una situación
de separación por los padres o por estrés postraumático,
comenta García.
Y si existe una predisposición genética es más
fácil que una persona padezca el trastorno.
Sin embargo existen también factores predisponentes como
el uso de sustancias como alcohol o drogas, pastillas para bajar
de peso, enfermedades hormonales como las de las glándulas
tiroides y suprarrenales, medicamentos anticongestionantes, procinéticos
(que favorecen el tránsito intestinal), y el no respetar
el ritmo circadiano o del sueño.
"Las
personas pueden dejar de ser funcionales porque este problema
afecta tremendamente su calidad de vida", señala el
terapeuta.
La
ansiedad puede ser a nivel motor (las personas se están
moviendo todo el tiempo y se truenan los dedos o hacen ruiditos
con éstos); a nivel neurovegetativo (padecen colitis, gastritis
o alta presión); y a nivel cognitivo (esas personas que
le dan vueltas a lo mismo todo el tiempo, lo que les provoca mucho
desgaste).
"Las señales de alarma son un equivalente emocional
del miedo, sólo que en lugar de que disminuyan cuando lo
amenazante se va, van en aumento", agrega el psicólogo
García.
La
fórmula de desgaste
Los trastornos de ansiedad comprenden un incremento –irracional–
de los montos de ansiedad generados por situaciones específicas.
Implican un desgaste corporal, ya que su sintomatología
se presenta con gran compromiso del cuerpo que lo padece. Implican
una variada gama de limitaciones a cuestiones que pueden ser absolutamente
cotidianas, inofensivas o necesarias.
Pueden
asimismo, significar recortes, restricciones, privaciones, que
pueden aumentar en el tiempo –destinadas a evitar el incremento
de la ansiedad. Cuando la vida cotidiana de una persona se encuentra
limitada –o comienza a verse suspendida en algunas actividades-
nos encontramos frente a algún tipo de trastorno de ansiedad.
Sumado al malestar que acompaña el despliegue sintomático,
se transforman en una situación de sufrimiento.
La
gente inmediatamente supone que – a causa de la irracionalidad
de los síntomas- esto se supera a base de un esfuerzo de
voluntad personal, sin tener en cuenta que lo más efectivo
generalmente es recibir ayuda profesional que ayude a superar
la enfermedad.
Cuando
comprobamos la presencia de un trastorno de ansiedad, aún
debemos delimitar diagnósticamente de qué tipo,
o sub-clase – se trata. Muchas veces, un trastorno de ansiedad
se complejiza acompañándose por otras enfermedades
como depresión, trastornos alimenticios, abuso de sustancias,
alcoholismo, variadas adicciones, manifestaciones de otros tipos
de trastornos de ansiedad, estado de ánimo variable, etc.
|