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Hay situaciones que inevitablemente despiertan ansiedad.
Hay inclusive boleros que nos proponen esa clase de
ansiedad romántica en la que se añora
el abrazo amado.
Ansiedad al comenzar un nuevo trabajo; la universidad;
ansiedad por los preparativos de un matrimonio, de
unas vacaciones, de una cita esperada. Los exámenes
generan ansiedad; un juicio, una apuesta, un inicio
en cualquier ámbito genera ese estado que comúnmente
definimos como ansiedad. ¿Es normal, pues?
Sí. La ansiedad forma parte del bagaje de emociones
de que disponemos en tanto seres sociales; emociones
que se impactan con manifestaciones orgánico-fisiológicas
que le son propias.
No
podemos concebir formas de enfrentar el mundo que
no involucren un monto, aunque sea mínimo,
de ansiedad. Forma parte de los recursos de que disponemos
para hacer frente, con el cuerpo y la mente, a situaciones
que se nos aparecen como nuevas o desconocidas. Parte
de nuestras herramientas adaptativas, nuestra lupa
de análisis y llave de ajuste.
Pero entre la ansiedad
normal y el trastorno de ansiedad hay marcadas diferencias.
Se pierde el sentido práctico-adaptativo de
la ansiedad para presentarla en todos sus aspectos
patológicamente restrictivos. Una herramienta
que nos ayuda a superar obstáculos y seguir
se convierte en un freno que se sufre de manera impensada,
con intensidad y con un carácter que lo aleja
de toda decisión voluntaria: la obligatoriedad,
la inevitabilidad de los síntomas.
La
fórmula de desgaste
Los trastornos de ansiedad comprenden un incremento
–irracional– de los montos de ansiedad
generados por situaciones específicas. Implican
un desgaste corporal, ya que su sintomatología
se presenta con gran compromiso del cuerpo que lo
padece. Implican una variada gama de limitaciones
a cuestiones que pueden ser absolutamente cotidianas,
inofensivas o necesarias.
Pueden asimismo, significar
recortes, restricciones, privaciones, que pueden aumentar
en el tiempo –destinadas a evitar el incremento
de la ansiedad. Cuando la vida cotidiana de una persona
se encuentra limitada –o comienza a verse suspendida
en algunas actividades- nos encontramos frente a algún
tipo de trastorno de ansiedad. Sumado al malestar
que acompaña el despliegue sintomático,
se transforman en una situación de sufrimiento.
La gente inmediatamente
supone que – a causa de la irracionalidad de
los síntomas- esto se supera a base de un esfuerzo
de voluntad personal, sin tener en cuenta que lo más
efectivo generalmente es recibir ayuda profesional
que ayude a superar la enfermedad.
Cuando comprobamos
la presencia de un trastorno de ansiedad, aún
debemos delimitar diagnósticamente de qué
tipo, o sub-clase – se trata. Muchas veces,
un trastorno de ansiedad se complejiza acompañándose
por otras enfermedades como depresión, trastornos
alimenticios, abuso de sustancias, alcoholismo, variadas
adicciones, manifestaciones de otros tipos de trastornos
de ansiedad, estado de ánimo variable, etc.
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