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Limpiar, preparar y cocinar un nutritivo plato puede
suponer la pérdida de una significativa parte
de sus proteínas y vitaminas.
En otras palabras,
si perseguimos una perfecta combinación entre
placer culinario y salud no basta con elegir alimentos
saludables y de buena calidad organoléptica
(olor, sabor, color, textura, apariencia física...)
y componer con ellos una dieta equilibrada. Pero no
nos desanimemos: tampoco es tan difícil obtener
el máximo rendimiento de los alimentos y aprovechar
todas sus cualidades nutritivas.
Con un poco de maña
y respetando unas sencillas reglas podremos conseguir
que las lentejas aporten realmente a nuestro organismo
el hierro que les atribuimos, evitaremos las incómodas
flatulencias que producen algunas legumbres y aprovecharemos
todas las vitaminas de la verdura. Otro tanto puede
decirse en cuanto al modo de preparar el pescado o
la carne.
Volvamos a un ejemplo
concreto: si dejamos una patata pelada sobre un plato
y la observamos transcurridas unas horas, comprobamos
que el oxígeno del ambiente ha oxidado su superficie.
Si esta misma patata la dejamos en remojo, no ennegrece
como cuando entra en contacto con el aire pero (y
esto no se sabe) se oxida igualmente y pierde gran
parte de sus vitaminas. En general, los alimentos
sometidos a remojo durante más de media hora,
pierden una cantidad significativa de vitaminas, entre
ellas la C, por la acción del oxígeno
que contiene el agua.
Si se trocean, habrá
más superficie en contacto con el oxígeno
por lo que la oxidación será más
rápida. Lo mismo ocurre cuando los alimentos
se trituran, al introducirse oxígeno por acción
de la batidora, por lo que se recomienda consumir
de inmediato los purés de verdura o fruta,
para asegurar el aporte vitamínico. También
conviene saber que la parte que concentra mayor cantidad
de vitaminas es la más externa tanto en fruta
(justo debajo de la piel) como en verduras (las hojas
más verdes están más clorofiladas),
por lo que un pelado profundo puede representar pérdidas
importantes de este nutriente.
Conservar
frutas y verduras
El ambiente en que
se encuentran los alimentos también influye
decisivamente sobre la cantidad de nutrientes que
nos ofrecen. La luz, sin ir más lejos, aporta
la energía necesaria para que se produzcan
reacciones clave, como la oxidación de las
grasas y de ciertas vitaminas (C, B2, provitamina
A, ácido fólico). Es por ello que los
alimentos deben protegerse en envases opacos. El oxígeno,
por su parte y dependiendo de la duración y
las condiciones de almacenaje y distribución,
influye en la degradación de ciertos alimentos.
Hortalizas y frutas, una vez recolectadas, siguen
respirando durante su maduración: en el proceso
respiratorio secretan el etileno, un compuesto que
confiere sabores amargos a aquellas hortalizas o frutas
que se caracterizan por una menor respiración.
De ahí que no se deban almacenar juntos vegetales
con diferente actividad respiratoria. La mayoría
de las frutas y las verduras de hoja muestran una
actividad respiratoria alta, por lo que se conservan
durante menos tiempo. Las hortalizas de raíz
y los tubérculos tienen, sin embargo, una respiración
baja por lo que aguantan bien varias semanas en lugares
frescos. Lectura práctica: no conviene almacenar
juntas zanahorias (respiración baja) con manzanas
(respiración alta).
Como se sabe, las temperaturas
elevadas también conllevan pérdidas
de vitaminas. La conservación por frío
asegura el deterioro más lento, si se aplica
refrigeración, y lo detiene totalmente mediante
la congelación. La humedad, por su parte, favorece
el crecimiento de mohos y la acidez acelera o retarda
la degradación del alimento (se utiliza como
método de conservación de aceitunas,
pepinillos, pimientos, etc.)
Cada alimento
tiene una mejor forma de cocción
Durante el cocinado
se producen pérdidas nutritivas, cuya importancia
depende del cuidado con que se protejan a los alimentos
de los agentes físicos ya mencionados (luz,
oxígeno, temperatura...). La cocción
resulta beneficiosa para los alimentos de origen animal
pero, generalmente, presenta más inconvenientes
que ventajas para las frutas y algunas hortalizas.
Conviene utilizar la forma de cocción que mejor
mantiene las cualidades nutritivas de cada alimento,
ya que según la técnica que se utilice,
se puede enriquecer (sobre todo en calorías)
o empobrecer (en minerales y vitaminas principalmente).
Las
legumbres, siempre cocinadas
Las legumbres secas
deben consumirse siempre cocinadas, porque se eliminan
los tóxicos naturales que contienen y porque
el almidón (hidrato de carbono complejo) puede
ser digerido por nuestro organismo. Un buen remojo
(entre 6 ó 12 horas) es el recurso tradicional
para lograr unas legumbres bien cocinadas, ya que
se reblandece la piel. El agua de remojo se debe cambiar
y añadir doble volumen de agua que de legumbre.
A la hora de cocerlas, si se rompe el hervor sacando
la cazuela del fuego durante unos minutos o se añade
agua fría al agua hirviendo, se reducen al
máximo los oligosacáridos productores
de gas que son los que pueden dar lugar a flatulencia
y aerofagia. Si el agua de cocción es dura
(rica en sales) se puede añadir una pizca de
bicarbonato sódico para evitar que se endurezcan.
En caso de utilizar la olla a presión y para
evitar la formación de espuma, basta con añadir
una cucharada de aceite al agua antes de cerrar la
olla.
En cuanto al aporte
nutritivo de las legumbres, la creencia popular nos
habla de la riqueza en hierro de estos alimentos,
especialmente de las lentejas. Sin embargo, para que
el organismo humano pueda aprovechar la forma química
del hierro de los vegetales éste debe ir asociado
a la vitamina C. Se puede conseguir esta adición
añadiendo pimiento verde, alimento muy rico
en esta vitamina, al cocido de lentejas o tomando
un cítrico de postre.
Hortalizas,
verduras y tubérculos
Cocinadas son más fáciles de digerir;
sin embargo, se destruyen algunas de sus vitaminas,
especialmente la C. A su vez, con la cocción
se pierden las sales minerales que se disuelven en
el agua. Por ello, siempre que se pueda, las frutas
y hortalizas conviene tomarlas crudas o poco hervidas.
Algunas hortalizas deben consumirse cocinadas, porque
crudas resultan indigestas e incluso tóxicas,
como la mandioca, las berenjenas y las patatas (crudas
pueden contener solanina, alcaloide tóxico,
sobre todo si no están maduras) Por otra parte,
la patata puede ocasionar fermentaciones intestinales.
Como puré, se deberá "masticar"
para impregnarlo de saliva y facilitar así
la predigestión del almidón. Dar puré
de patata a niños o ancianos sin dientes, que
tienden a tragar "de golpe", es (si no se
consigue que "mastiquen") un error.
Por otra parte, verduras
y hortalizas deben manipularse y trocearse inmediatamente
antes del cocinado, evitando remojos prolongados y
cortes previos que aumentan las pérdidas nutritivas.
Las
frutas, mejor crudas
La mejor forma de aprovechar
las propiedades nutritivas de la fruta es consumirla
cruda. Si se comen sin pelar, es preciso lavarlas
bien para eliminar los pesticidas que podrían
haberse acumulado en la superficie.
El calor destruye un
porcentaje importante de las vitaminas. Por otra parte,
los zumos de fruta constituyen una opción saludable,
aunque se ha de tener en cuenta que contienen menos
fibra (pectina) que la fruta de la que proceden.
Carne
y pescado
¿crudos,
al punto o bien hechos?
Las carnes y pescados
crudos o poco cocinados presentan el riesgo de producir
toxiinfecciones debido a que podrían estar
contaminados por gérmenes. Con el cocinado,
estos alimentos, además de higienizarse, coagulan
las proteínas musculares lo que hace más
fácil la digestión, sobre todo en las
carnes. Por otra parte, el colágeno del tejido
conjuntivo (nervios, tendones...) se ablanda al convertirse
en gelatina. El inconveniente es una merma significativa
las vitaminas sensibles al calor, que puede llegar
hasta el 50% respecto al contenido en crudo.
Al asar carne, pescado
u otros alimentos no es preciso poner aceite; y si
se desea usar este condimento, bastan unas gotas.
Se puede añadir posteriormente y así
se evitan los inconvenientes de las grasas quemadas.
Con esta técnica, se forma una costra superficial
(las proteínas coagulan) que evita la salida
de agua y sustancias nutritivas del alimento. La carne
eberá hacerse a fuego fuerte para que la superficie
quede bien dorada; después, el calor se reduce
hasta que la carne quede hecha. Pescado y aves necesitan
un fuego más moderado. Si no estamos seguros
de que la carne va a resultar muy tierna, se le puede
propinar unos golpes con un rodillo de cocina o con
un mazo, a fin de aplastar las fibras, o somterla
a maceración con hierbas aromáticas
durante algunas horas.
La parrilla o barbacoa,
por su parte, confiere a carnes y pescados un sabor
y textura particulares, a pesar de que se producen
hidrocarburos aromáticos tóxicos, como
el benzopireno (también presente en el humo
del tabaco). Este proceso ocurre cuando las gotas
de grasa fundida caen sobre las rasas. Para reducir
estas sustancias indeseables se recomienda eliminar
la grasa visible de los alimentos antes de colocarlos
sobre el fuego, o precocinarlos previamente en el
horno con el fin de reducir el tiempo que necesite
pasar en la parrilla.
Para conseguir una
buena cocción en el asado al horno la temperatura
interior del alimento no superará los 70 grados.
Esto se consigue graduando el horno entre 180º
y 190ºC. Si se superan los 200ºC, aumenta
la formación de sustancias potencialmente tóxicas.
Es importante untar la pieza con aceite y dorarla
(en plancha o a horno fuerte inicialmente) para que
no pierda tanto jugo; evitaremos que el producto se
reseque. También se uede desgrasar el alimento
si antes de asarlo pinchamos la piel o superficie
con la punta de un cuchillo para que las grasas fluyan.
La carne asada en horno o en parrilla se sala cuando
ya esté dorada; si no, la sal hace exudar los
jugos de la carne y la reseca demasiado.
En estofados o guisados,
se mezclan ingredientes vegetales junto con la carne
previamente dorada, para favorecer la formación
de una corteza externa que evite la pérdida
de jugosidad. Si no se añade demasiado aceite,
estos platos son una opción sabrosa y saludable.
Por otra parte, si al cocer carne o pescado queremos
un cocido sabroso, añadamos los ingredientes,
en particular la carne, al agua hirviendo. Al freír
carne o pescado, conviene utilizar abundante aceite
bien caliente cuidando que no alcance el punto de
humo (sí el aceite está frío,
el alimento se impregnará de grasa). Hay transferencia
de grasa entre el alimento y el aceite, por lo que
el primero se enriquece en los ácidos grasos
insaturados si se utilizan aceites vegetales de calidad.
El mejor es el de oliva. Una vez fritos, se recomienda
escurrir bien los alimentos para que retengan la menor
cantidad de grasa y para que nos queden crujientes.
Si el producto está congelado, se introducirá
en abundante aceite y en pequeñas cantidades,
para que no descienda demasiado la temperatura. Si
se reboza con una capa de harina o huevo, se forma
una costra superficial que reduce la salidade agua
y sales minerales (significa una menor pérdida
nutritiva). Si queremos evitar el exceso de calorías
que supone el rebozado, podemos prescindir de él
y no consumirlo.
A
la hora de freir...
La utilización
en frío de aceite (aceite crudo para aliñar)
no presenta ningún problema nutritivo, ya que
la estructura de las grasas no se modifica. Sin embargo,
en caliente puede generar modificaciones, debido a
las características de los ácidos grasos
poliinsaturados más abundantes en los aceites
de semillas de girasol, maíz... Las frituras
se hacen entre 175º y 200ºC y los aceites
mencionados tienen temperaturas críticas de
160-180ºC, y una sobrepasadas pueden aparecer
compuestos irritantes o tóxicos.
No conviene mezclar,
para freír, dos tipos de aceites, ni aceites
nuevos con los ya utilizados. Cada tipo de aceite
soporta diferentes temperaturas de calentamiento y
al calentar uno antes que otro, se somete al ya calentado
a temperaturas de recalentamiento que pueden formar
cuerpos extraños, potencialmente nocivos. Después
de cada operación, debemos filtrar el aceite
usado siempre que no haya humeado mucho, pudiendo
reutilizarlo hasta 3 ó 4 veces. De todos modos,
lo más saludable en las frituras es utilizar
aceite nuevo o muy poco usado.
Para
cocinar vegetales
Siempre que se pueda,
enteros o en trozos grandes.
Introducirlos en agua hirviendo y utilizando la mínima
cantidad de agua, ya que las verduras tienen mucha
agua. Si se introducen en agua fría, la pérdida
vitamínica es muy elevada, sobre todo cuando
el alimento está troceado.
Añadir unas gotas de limón o vinagre
al agua de cocción (las vitaminas se conservan
mejor en medio ácido) y eliminar el bicarbonato
que algunos utilizan para conservar el color de las
verduras. Esto mismo sirve para las ensaladas después
de remojarlas.
No dejar los vegetales en el agua de cocción
después de cocinados si no se van a consumir
con el caldo. Podemos aproceharlo para elaborar sopas,
caldos o guisos (el caldo está enriquecido
con las sales minerales disueltas).
Si las verduras se asan (plancha u horno), el sabor
se realza pero se pierde un 25% de sus vitaminas (más
que con la cocción). Quedan bien las hortalizas
un poco carnosas (berenjena, calabacín, setas,
champiñones...) y las patatas. Una alternativa
más saludable: asarlas a la papillote, envolviéndolas
en papel de aluminio ligeramente engrasado. Así,
se cuecen en su propio jugo y es innecesario el aliño
posterior. Las sales minerales se conservan en su
totalidad siempre que consumamos el jugo de cocción.
Dado que no hay dilución del alimento en agua,
se pierde menos cantidad de vitaminas sensibles al
calor.
Cuando se fríen verduras, además de
perder la mayor cantidad de nutrientes, éstas
retienen aceite y se hacen más indigestas y
aumentan su poder calórico. Un alimento frito
puede doblar o triplicar su valor energético
inicial, por lo que no se debe abusar de esta técnica.
Si se cuecen en olla a presión se alcanzan
temperaturas superiores a la ebullición (105º
a 120ºC) por lo que se reduce el tiempo de cocción,
lo que se traduce en una menor pérdida nutritiva.
Las vitaminas soportan mejor temperaturas elevadas
durante poco tiempo que temperaturas más bajas
durante un periodo más largo. La cocción
a presión es el mejor método si se realiza
correctamente; pero puede ser el peor si se prolonga
más de lo necesario, ya que obtendríamos
un hervido con muy menor valor nutricional.
Al vapor, las verduras conservan las sales minerales,
y la pérdida vitamínica es menor que
con el hervido tradicional, ya que no se produce dilución.
Resultan mucho más sabrosas, y están
especialmente indicadas para personas que deben restringir
la sal en las comidas.
El escaldado es muy adecuado si después congelamos
las verduras, ya que destruye las enzimas que oxidan
las vitaminas. Cómo se hace: una vez limpias,
las verduras se introducen en agua hirviendo durante
2-4 minutos y, posteriormente, se colocan en el recipiente
donde se vayan a congelar (mejor al vacío).
También se pueden
cocinar al microondas ciertas verduras o trozos pequeños
de pescado, aunque la principal aplicación
del aparato es calentar platos ya cocinados y descongelar
productos. El aparato emite ondas que actúan
sobre las moléculas de agua del alimento generando
rápidamente calor que se propaga por todo el
alimento mediante conducción. No se reduce
el valor nutritivo del producto. Y, recalquémoslo,
stá suficientemente probado que las microondas
no ocasionan ningún efecto dañino ni
para el alimento ni para la persona que lo ingiere.
La
tortilla, más digestible
Hasta hace relativamente poco, se pensaba que los
huevos crudos alimentan más que los cocinados.
La realidad es que los huevos crudos tienen más
inconvenientes que ventajas. El calor hace que coagulen
las proteínas del huevo, resultando más
fáciles de digerir (92% de digestibilidad,
frente al 50% del huevo crudo) y asegura la destrucción
de los gérmenes que pudiera contener este alimentos,
como las salmonellas. Además, el huevo crudo
contiene una sustancia (avidina) que impide la absorción
de la vitamina que se encuentra en la yema.
Por otra parte, los
huevos más digestibles son los que se elaboran
como tortilla o en revueltos con poca grasa, además
de los pasados por agua y los escalfados. Los de más
trabajosa digestión son los huevos duros (los
glóbulos de grasa de la yema se agregan dificultando
la acción posterior de sales biliares y enzimas
pancreáticas necesarias para la digestión
de las grasas) y los fritos (si no se escurren bien,
quedan excesivamente grasos), aunque es cierto que
a muchas personas- afortunadas ellas- los huevos les
sientan bien de cualquier manera..
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