|
|
|
|
Suponemos,
conjeturamos la mayoria del día. Imaginamos
situaciones, conflictos, creamos en nuestra mente
momentos agradables, que luego nunca existen. |
|
Creamos
e imaginamos problemas ... .
Imaginamos situaciones que nunca pasaran pero las vivimos hoy
como reales. Suponer nos enferma.,
Meditar es una aventura, la aventura más grande que la
mente humana puede acometer. La meditación consiste simplemente
en ser; ser sin hacer nada, sin acción, sin pensamiento,
sin emoción. Simplemente eres, y ello es puro gozo. ¿De
dónde viene ese gozo si es que no estás haciendo
nada? No viene de ninguna parte, o viene de todas partes. No tiene
causa, ya que la existencia está hecha de esa sustancia
llamada gozo.
Cuando no estás haciendo nada en absoluto -ni corporalmente,
ni mentalmente, ni a ningún otro nivel-, cuando toda actividad
ha cesado en ti y simplemente eres, simplemente estás siendo,
eso es meditación. No puedes hacerla, no puedes practicarla;
solamente tienes que entenderla.
Siempre que puedas encontrar tiempo para solamente ser, abandona
toda acción. Pensar también es hacer, la concentración
también es hacer, la contemplación también
es hacer. Aunque sólo sea por un instante, si no estás
haciendo nada y estás en tu centro, completamente relajado,
eso es meditación. Y una vez le hayas cogido el truco,
puedes permanecer en ese estado tanto tiempo como quieras, hasta
que finalmente puedas permanecer en ese estado las veinticuatro
horas del día.
Lentamente, cuando te hayas dado cuenta de cómo tu ser
puede permanecer imperturbable, puedes entonces empezar a hacer
cosas, manteniéndote atento a que tu ser no se altere.
Esa es la segunda parte de la meditación. Primero aprender
a ser, después aprender a llevar a cabo pequeñas
acciones -como limpiar el suelo o ducharse- pero manteniéndote
centrado. Después podrás hacer cosas más
complicadas. Por ejemplo, yo te estoy hablando, pero mi meditación
no se interrumpe. Puedo seguir hablando, pero en mi propio centro
no hay ni tan siquiera un murmullo; sólo silencio, un silencio
absoluto.
Por tanto, la meditación no está en contra de la
acción. No hay que huir de la vida. Simplemente te enseña
una nueva forma de vivir, te conviertes en el centro del ciclón.
Tu vida prosigue, y en realidad lo hace más intensamente,
con más alegría, más claridad, más
creatividad, con mayor visión; sin embargo estás
por encima, eres sólo un espectador que contempla desde
la cima de la colina todo lo que está ocurriendo a su alrededor.
Tú
no eres el hacedor, eres el observador.
Ese es el secreto de la meditación, que te conviertes en
observador.
El hacer continúa a su propio nivel, no hay problema en
eso: cortar leña, sacar agua del pozo... Puedes hacer cualquier
cosa, ya sea pequeña o grande; sólo hay algo que
no está permitido hacer: no debes perder tu centro.
Esa consciencia, esa observación, debe permanecer absolutamente
clara e inmutable.
En el judaísmo hay una escuela mistérica rebelde
llamada Jasidismo. Su fundador, Baal Shem, era un individuo extraño.
Solía regresar del río a mitad de la noche. Tenía
esa costumbre, pues en el río, de noche, había absoluta
calma y quietud. Allí solía sentarse, simplemente,
sin hacer nada, observándose a sí mismo, observando
al observador. Una noche, cuando estaba de regreso, al pasar frente
a la casa de un hombre rico se cruzó con el guarda apostado
en la puerta.
El guarda, extrañado porque cada noche, exactamente a la
misma hora, pasaba este hombre, salió y dijo: «Perdóname
por interrumpirte, pero ya no puedo contener más mi curiosidad
que me azuza día y noche, cada día. ¿Qué
es lo que haces? ¿Por qué vas al río? Muchas
veces te he seguido y allí no hay nada. Te sientas allí
durante horas y a media noche regresas». Baal Shem le contestó:
«Ya sé que me has seguido muchas veces, porque la
noche es tan silenciosa que puedo oír tus pisadas. Y sé
que cada día te escondes detrás de la puerta. Pero
no eres el único que tiene curiosidad, yo también.
¿A qué te dedicas?».
El guardián dijo: «¿Que a qué me dedico?
Soy un simple vigilante».
Baal Shem exclamó: «¡Dios mío, me has
dado la palabra clave! ¡Yo también lo soy!».
El guarda respondió: «No lo entiendo. Si eres un
vigilante deberías estar vigilando alguna casa, algún
palacio. ¿Qué estás vigilando allí,
sentado en la arena?».
Baal Shem dijo: «Hay una pequeña diferencia: tú
vigilas para que nadie pueda entrar en el palacio; yo vigilo a
éste vigilante. ¿Quién es éste vigilante?
Ese es el esfuerzo de toda mi vida: me vigilo a mí mismo».
El vigilante dijo: «Extraña ocupación. ¿Quién
va a retribuirte?».
«Es tal la dicha, tal la alegría, tan inmensa la
bendición, que es, en sí misma, una recompensa.
Todos los tesoros no son nada comparados con uno solo de estos
momentos», contestó Baal Shem.
El vigilante dijo: «Es extraño. He estado observando
toda mi vida y nunca tuve una experiencia así de hermosa.
Mañana por la noche iré contigo; enséñame.
Porque yo sé cómo vigilar; pero parece ser que debe
hacerse en otra dirección; tú observas en una dirección
distinta».
Sólo hay un paso, y ese paso tiene que ver con la dirección,
con la dimensión. Podemos focalizarnos sobre lo exterior,
o bien cerrar nuestros ojos al exterior y permitir que toda nuestra
consciencia se centre interiormente; y entonces sabrás;
porque eres un conocedor, eres consciencia. Nunca la has perdido.
Simplemente la tienes enredada en mil y una cosas. Deja de dirigir
tu atención a todas partes, permite que la consciencia
repose en ti y habrás llegado a casa.
El núcleo esencial de la meditación,
su espíritu, es aprender a atestiguar.
Un cuervo grazna... tú lo escuchas. Son dos cosas: objeto
y sujeto. Pero, ¿acaso no ves al testigo que observa a
ambos, al cuervo y al que escucha? Y, sin embargo, hay alguien
observando a ambos. Es un fenómeno sumamente simple.
Estás viendo un árbol: tú estás ahí,
el árbol está ahí; pero, ¿no encuentras
algo más? Y es que tú estás viendo el árbol,
y hay un testigo en ti que está viendo que tú estás
viendo el árbol.
Observar es meditación. Lo que observes es irrelevante.
Puedes observar árboles, puedes observar un río,
puedes observar las nubes, puedes observar a unos niños
jugando a tu alrededor. Observar es meditación. Lo que
observes no es importante; el objeto no es la cuestión.
La naturaleza de la observación, la cualidad de ser consciente
y estar alerta, eso es la meditación. Recuerda: meditación
significa consciencia. Cualquier cosa que hagas con consciencia
es meditación. No se trata de la acción en sí,
sino de la cualidad que le imprimas a la acción. Andar
puede ser meditación si lo haces estando alerta. Estar
sentado puede ser meditación si estás sentado alerta.
Escuchar a los pájaros puede ser meditación si escuchas
con consciencia. Escuchar el sonido interno de tu mente puede
ser meditación si permaneces alerta y vigilante.
Lo esencial es permanecer consciente. Entonces cualquier cosa
que hagas será meditación.
El primer paso para ser consciente es ser sumamente
observador de tu propio cuerpo.
Poco a poco uno toma consciencia de cada gesto, de cada movimiento.
Y a medida que te vas volviendo consciente empieza a ocurrir un
milagro: muchas cosas que solías hacer antes simplemente
desaparecen, tu cuerpo se vuelve más relajado, más
armónico, una profunda paz empieza a reinar en tu cuerpo,
una música sutil vibra en tu cuerpo. Después, empieza
a darte cuenta de tus pensamientos; el mismo proceso ha de seguirse
con los pensamientos. Son más sutiles que el cuerpo y,
desde luego, más peligrosos. Cuando seas consciente de
tus pensamientos, te sorprenderá descubrir lo que está
sucediendo dentro de ti. Si escribes lo que está sucediendo
en tu mente a cada momento, te llevarás una gran sorpresa.
No creerás lo que está ocurriendo en tu interior.
Pasados unos diez minutos, léelo: ¡verás que
hay un loco dentro de ti! Al no darnos cuenta, toda esa locura
nos arrastra como una corriente de fondo. Afecta a todo lo que
haces y a todo lo que no haces; afecta a todo.
¡Y la suma total de ello es lo que será tu vida!
Por tanto hay que transformar a este loco. Y el milagro de la
consciencia es que no necesitas hacer nada excepto ser consciente.
El propio fenómeno de observar lo cambia todo. Poco a poco
la locura desaparece, poco a poco los pensamientos empiezan a
encajar dentro de una pauta; ya no hay más caos, se convierte
en un cosmos. Entonces, prevalece una paz más profunda.
Cuando tu cuerpo y tu mente estén en paz, verás
que están en armonía el uno con el otro, que hay
un puente. Ya no corren en direcciones distintas, no cabalgan
sobre caballos distintos. Por primera vez hay acuerdo, y ese acuerdo
es de una ayuda inmensa para trabajar en la tercera etapa, que
consiste en ser consciente de tus sentimientos, emociones y estados
de ánimo.
Ésta es la etapa más sutil y la más difícil,
pero si puedes ser consciente de los pensamientos, sólo
es un paso más. Se necesita una consciencia más
profunda para empezar a reflejar tus estados de ánimo,
emociones y sentimientos. Una vez seas consciente de estas tres
cosas, todas ellas se unen en un mismo fenómeno. Y cuando
estas tres cosas sean una, funcionando juntas perfectamente, en
armonía, podrás sentir su música: se han
convertido en una orquesta. Entonces se llega a la cuarta etapa,
la cual no está en tus manos lograr. Ocurre por sí
misma. Es un regalo, una recompensa para aquéllos que han
recorrido las tres etapas anteriores.
La cuarta etapa es la consciencia suprema que le convierte a uno
en un ser despierto. Uno se vuelve consciente de su propia consciencia.
Esta es la cuarta etapa, lo que hace que uno sea un buda, el que
está despierto. Sólo en ese despertar se llega a
saber lo que es el estado de beatitud.
El cuerpo conoce el placer, la mente conoce la alegría,
el corazón conoce la felicidad. El que alcanza la cuarta
etapa conoce la beatitud. Esa dicha suprema es la meta de sannyas,
de un buscador, y la consciencia es el camino para ello.
Lo importante es que estés alerta, que no olvides observar,
estar observando... observando... observando.
Y poco a poco, a medida que el observador se vaya haciendo más
sólido, estable, inquebrantable, se produce una transformación:
desaparecen las cosas que estabas observando. Por primera vez
el propio observador se convierte en el observado, el que mira
se convierte en lo mirado.
Has llegado a casa.
|