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Parece un consejo muy evidente y sencillo, pero no
lo es. Cada uno tenemos solamente una vida, que hemos
de vivir con el cuerpo que vemos todas las mañanas
reflejado en el espejo.
Debemos por ello decidir
qué hacer para cuidarlo, y mantener esas decisiones
con independencia de lo que opinen o deseen los demás.
Mientras nos esforzamos
por adelgazar, cuántas veces nos han dicho
otras personas frases como: "¿Pero vas
a despreciar mi postre?" o "Mejor, empieza
mañana tu régimen". Pues es entonces
cuando debes ser tú mismo y exigir con firmeza
a los demás que respeten tus decisiones porque
tu cuerpo es muy importante para ti: es el soporte
de tu vida.
¿El agua o la sal engordan? ¿Para adelgazar
hay que olvidarse del pan? ¿No hay que picar
entre horas?... El adelgazamiento es un tema muy popular
y está lleno de mitos. Veamos algunos de los
más importantes (y a veces, incluso peligrosos),
que ha desmontado la ciencia.
Para adelgazar
hay que hacer una sola comida al día.
Falso.
Hay que hacer desayuno, comida y cena, intercalando
tentempiés.
La fruta no engorda.
En general, engorda
menos que otros alimentos, pero hay algunas frutas
que sí engordan bastante, como los higos o
los plátanos.
Hay alimentos que adelgazan, porque
"se comen la grasa" o porque se gasta más
energía en digerirlos que la que dan.
No es cierto.
Todos los alimentos engordan, aunque, como se sabe,
unos más que otros.
Las vitaminas engordan.
No sólo no
engordan (por sí mismas), sino que son fundamentales
para nuestra salud. Otra cosa es que un alimento con
vitaminas engorde, pero no engordará por ellas,
sino por su contenido en grasas, hidratos o proteínas.
Para adelgazar, conviene no comer pan.
No es cierto, pues
el pan aporta nutrientes importantes, como hidratos,
fibra, proteínas y ciertos minerales. Lo que
sí puede ser conveniente es reducir la cantidad
ingerida, pues también aporta calorías,
como es sabido.
Las bebidas con gas engordan.
Si engordan, será por el azúcar que
contienen, pero no por el gas, aunque éste
sí que puede producir otros efectos indeseables,
sobre todo en los niños, como hinchazón
del estómago o flatulencia.
No se debe comer entre horas,
pues una determinada ingesta a media mañana
engorda más que durante la comida. Engorda
lo mismo. Lo que sí puede ocurrir es que se
escojan para "picar" productos más
engordantes y menos sanos que los que se toman en
la comida.
El
agua engorda.
Ya lo hemos tratado
en otros artículos. No sólo no aporta
ni una caloría, sino que es conveniente y beneficioso
tomarla en abundancia, al menos dos o tres litros
al día. Además, llena el estómago
y da sensación de saciedad. Por otra parte,
es indiferente el momento en que se tome, y si es
durante la comida o entre horas.
La mayoría de las dietas recomiendan beber
mucha agua, unos dos litros diarios, pero hasta ahora
no se había demostrado que, aparte de un efecto
depurativo, ello tuviese algún resultado sobre
la reducción de peso. La investigación
se realizó sobre 14 personas de peso normal,
la mitad hombres y la mitad mujeres, que bebieron
el agua bajo estricta observación científica.
A los 10 minutos de
beber medio litro de agua, los índices metabólicos
de los sujetos estudiados, tanto en los hombres como
en las mujeres, reflejaron un aumento de la quema
de calorías que alcanzó un nivel máximo
del 30% a los 30-40 minutos, comenzando luego a descender
hasta alcanzar su nivel normal al cabo de varias horas.
Según el equipo
dirigido por Michael Boschmann, del centro de investigación
clínica Franz-Volhard de Berlín, este
efecto, aunque real, no deja de ser modesto, por lo
que el aumento de consumo de agua sólo debe
ser considerado como un factor coadyuvante más
en el marco de un plan de adelgazamiento serio. Los
investigadores estiman que una persona que aumentase
su consumo de agua en 1,5 litros diarios (incremento
éste muy elevado), al cabo de un año
habría quemado unas 17.400 Kilocalorías
suplementarias, lo que supondría una pérdida
de peso de 2 kilos aproximadamente. Esto es: aumentar
el consumo de agua en 6 vasos supone quemar 48 Kcal
más.
Este estudio descarta
la creencia ampliamente arraigada entre personas a
régimen, de que beber mucha agua adelgaza porque
elimina grasas del organismo.
Si se abandona temporalmente un régimen,
hay que comenzarlo de nuevo desde cero.
No es cierto, pues basta con continuarlo, aunque no
hay que despreciar los perjuicios producidos durante
el abandono.
Sudar adelgaza.
La costumbre de hacer ejercicio con ropa que transpire
poco o muy abrigados, para sudar más, es equivocada
e incómoda. Se pierde más peso, es cierto,
pero sólo de agua, que se recupera en cuanto
se bebe lo necesario. Únicamente el ejercicio
realizado nos hace quemar calorías, con independencia
de que se sude mucho o poco.
A partir de los 40 ó 50 es inevitable
engordar.
No es verdad; lo que ocurre es que baja el metabolismo.
Si seguimos comiendo lo mismo y además reducimos
la actividad física, engordaremos inevitablemente.
Por eso hay que comer en cada edad lo necesario, pero
no más.
La sal engorda.
Tomarla en exceso produce elevación de la tensión
arterial, y por eso conviene reducir su ingesta. Respecto
al peso, hace que retengamos más agua, pero
ésta no engorda.
Los hidratos engordan mucho.
Por unidad de peso engordan algo menos que las proteínas,
y mucho menos que las grasas.
Para adelgazar hay que pasar hambre.
No es ni necesario ni conveniente, pues el hambre
puede producir un efecto de rebote, y podemos tender
a "darnos el atracón" tras pasar
hambre. Otra cosa es la "gula", que sí
habrá que controlar, sobre todo por ciertos
alimentos que nos apetecen pero no nos convienen.
Uso
de anticonceptivos,engorda?
La utilización
de anticonceptivos orales tiene variados efectos secundarios,
pero no aumento de peso, así que podremos optar
por estos métodos (a expensas del criterio
médico) sin temor a engordar.
Una amplia serie de
estudios de la Universidad de Leiden (Holanda) y de
la Family Health International (USA), podría
acabar con una de las más arraigadas creencias
entre las mujeres, hasta el punto de ser la principal
causa para no utilizar este tipo de anticonceptivos,
ya sean orales o en parche. Según la revista
"Obstetrics and Gynecology", en algunos
de estos estudios se comparó la evolución
del peso de dos grupos de mujeres, uno que utilizó
anticonceptivos orales, y otro grupo de control que
tomó placebos, sin que se pudiera observar
diferencia alguna de peso entre las integrantes de
ambos.
La razón de
la amplia aceptación de la idea, desmentida
por estos estudios, de que utilizar anticonceptivos
orales engorda, quizá esté en el hecho
de que en algunas pacientes puede producirse una discreta
retención de agua en el organismo al comienzo
del tratamiento. Por otra parte, puede aumentar la
confusión la contraindicación existente
en el uso de estos anticonceptivos en el caso de mujeres
con serio sobrepeso (en torno a un 50 % más
del peso ideal), pero esto no significa, ni mucho
menos, que su uso produzca este sobrepeso.
En todo caso, habrá
que seguir el criterio médico a la hora de
decidirse por uno u otro método anticonceptivo,
pero no podremos alegar razones de mantener la línea.
La
obesidad se hereda.
Si bien en torno a
un treinta por ciento de los casos de obesidad tienen
base genética, para que se manifieste dicha
obesidad deben darse también ciertos hábitos
o comportamientos. La identificación de los
factores genéticos que concurren en cada individuo
puede ayudar en la terapia para tratar su obesidad,
orientando acerca de qué comportamientos debe
modificar.
Recientes investigaciones
dirigidas por Alfredo Martínez, Catedrático
de Nutrición de la Universidad de Navarra,
indican que, si bien muchos casos de obesidad tienen
su causa en ciertos defectos genéticos, para
que se manifieste dicha obesidad deben darse también
determinadas conductas, como vida sedentaria, ingesta
excesiva de grasas, y otras. Esta diferencia genética
explicaría la razón de que haya personas
que comen poco y engordan, mientras otras comen de
todo y se mantienen delgadas.
La importancia de estas
investigaciones radica en que abren una vía
para mejorar el tratamiento de la obesidad de cada
paciente, según su perfil genético.
Por ejemplo, se ha demostrado que la alteración
de un determinado gen (receptor adrenérgico
beta 2) hace que la persona que sufre dicha alteración
engorde si no hace ejercicio con regularidad. Si identificamos,
pues, este defecto genético en un determinado
paciente obeso, deberemos resaltar en su tratamiento
le realización de ejercicio, por encima de
la limitación de la ingesta de grasas, por
ejemplo, ya que la causa principal de su obesidad
sería la falta de ejercicio.
Igualmente, y por lo
que respecta a la metabolización de los distintos
nutrientes, la base genética hace que cada
persona metabolice de forma diferente las proteínas,
los hidratos y las grasas. Conocida esta información
genética, podría recomendarse a cada
paciente que limitara la ingesta, preferentemente,
de uno de estos tipos de nutrientes, por ser el que
más le perjudicaría en el tratamiento
de su obesidad. Así por ejemplo, ya se ha demostrado
que ciertas personas que sufren una mutación
en el gen PPAR deben limitar la ingesta de grasas,
de forma preferente a otros hábitos, para tratar
su obesidad de forma más efectiva.
De cualquier manera,
es mucho lo que queda todavía por investigar,
pues hasta el momento se han identificado más
de 300 genes (de los 30.000 que componen el genoma
humano) relacionados con la obesidad: apetito, termogénesis,
depósito de grasa, etc.
Más
calorias, más saciedad?
A
igualdad de calorías, la capacidad de saciar
de los distintos alimentos no es la misma; si escogemos
los que más sacian, la ingesta total de calorías
será menor.
Mucha gente piensa
que la capacidad de saciar de los alimentos es relación
directa de su contenido en calorías, y que
por ello es indiferente comer uno u otro porque los
que menos engordan sacian menos y comeremos más
cantidad de ellos, hasta consumir una cantidad similar
de calorías.
Sin embargo, recientes
investigaciones indican lo contrario: a igualdad de
calorías ingeridas, unos alimentos sacian más
que otros. De esto se deduce que hay alimentos poco
convenientes para mantener la línea, pues sacian
menos. Con ellos, tenderemos a ingerir más
calorías, pues en general comemos hasta alcanzar
un determinado nivel de saciedad.
En un experimento,
diversas personas de ambos sexos tomaron la misma
cantidad de calorías de distintos alimentos,
y se valoró a continuación cada 15 minutos
la sensación de saciedad que experimentaban.
Se comprobó así que los alimentos que
más sacian (recordemos, a igualdad de calorías)
son aquellos ricos en proteínas (pescado, carne,
legumbres). A continuación, también
con una alta capacidad de saciar, los abundantes en
fibra, hidratos y agua: frutas, verduras, arroz, pasta
y pan. Por último, los que menos sacian son
los ricos en grasas: bollería, galletas y similares.
De lo anterior podemos
sacar importantes enseñanzas prácticas
en orden a mantener la línea, pues parece evidente
que, respetando siempre la necesaria variedad alimenticia
que nos garantice una nutrición saludable,
es preferible consumir más proteínas,
fibra e hidratos y menos grasas, pues aquellos nos
saciarán más y al final tomaremos menos
calorías.
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