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Yogur,
kefir, requesón, salsa de soja fermentada,
col y otras verduras fermentadas... o los brotes germinados
de soja, alfalfa, trigo o cebada, son alimentos que
algunos consumidores están incorporando a su
dieta.
Movidos
por la curiosidad, los deseos de cambio y variación
de las comidas o por la convicción de que estos
productos fermentados (como el primer grupo de los
antes citados) o germinados (como los brotes, también
reseñados) aportan ventajas a su nutrición
y, por ende, a su salud.
En realidad, fermentación y germinación
se realizan desde épocas remotas y consisten
en procesos de transformación que buscaban
mejorar la conservación de ciertos alimentos.
Ya más recientemente, con ellos se busca obtener
productos con un valor añadido en lo que se
refiere a sus propiedades culinarias y nutritivas.
Los
alimentos fermentados y germinados pueden enriquecer
muchos de nuestros platos habituales, ayudándonos
a mantener una alimentación equilibrada, completa
y saludable. Y no por ello menos sabrosa.
La
fermentación puede mejorar las cualidades nutritivas
de algunos alimentos
La
fermentación transforma el alimento mediante
la acción de enzimas o fermentos producidao
por organismos diminutos como el moho, las bacterias
y la levadura. Hoy, su uso está muy extendido
y se sabe que, además de alargar la vida útil
del producto de origen, los alimentos fermentados
mejoran sus propiedades nutritivas.
Hay
varios tipos de fermentación: láctica,
alcohólica y otras que se producen de forma
natural. La fermentación láctica es
la más frecuente y se produce a partir de la
lactosa (azúcar propio de la leche) o de otros
hidratos de carbono presentes en cereales (trigo,
sésamo, centeno, cebada, girasol, mijo¿),
leguminosas (soja remojada) y verduras. Se añaden
bacterias lácticas a la leche para obtener
yogur o kefir, y se fermenta el suero de la leche
para elaborar requesón.
La
fermentación alcohólica, entre otros
usos, se utiliza para producir bebidas tradicionales
poco alcohólicas de algún valor alimenticio
(cerveza, sidra...) y para elevar la masa de pan.
En esta fermentación determinadas enzimas convierten
los azúcares sencillos, como la glucosa o azúcar
de uva y la fructosa, en alcohol etílico y
anhídrido carbónico. Las fermentaciones
naturales se emplean para la obtención de vinagre
de vino, de manzana, etc.
Efectos beneficiosos
Mediante
la fermentación, algunas sustancias indeseables
(como el ácido fítico, presente en la
cubierta del grano de cereales y leguminosas, que
puede impedir la absorción de calcio, hierro
y cinc) quedan destruidas. Con la fermentación,
las proteínas realizan una predigestión,
por lo que mejora su asimilación por parte
de nuestro organismo. Ya más en concreto, el
yogur se digiere mejor que la leche, la col fermentada
o choucroute mejor que la col fresca y el tamarí
(salsa de soja fermentada) mejor que la soja en granos.
Con este proceso, el alimento se enriquece en vitaminas,
especialmente en las del grupo B y C. Por ejemplo,
los quesos azules (muy fermentados) son más
ricos en vitaminas del grupo B que otros quesos, y
las salsas de soja fermentada y el tempeh (semillas
de soja a las que se añade un hongo) constituyen
una fuente de vitamina B12 para quienes se abstienen
de ingerir alimentos de origen animal.
Además,
según diversos estudios, la presencia de bacterias
lácticas y de enzimas de fermentación,
ayuda a restablecer el equilibrio de la flora intestinal,
lo que resulta beneficioso para el organismo, especialmente
en personas con problemas de hinchazón abdominal,
meteorismo, estreñimiento y diarrea. Ahora
bien, quienes padecen de acidez de estómago
no deben incluir con frecuencia estos alimentos en
su dieta ya que pueden causarles molestias.
Alimentos
fermentados
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Picles:
verduras (col, nabo, remolacha roja, pepinos)
sometidas a una fermentación láctica.
La choucroute es la más conocida y disponible.
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Tempeh: se obtiene poniendo a
remojo y sometiendo a cocción semillas
de soja a las que se añade un hongo específico
para su fermentación. Se sirve frito o
asado. Es una buena fuente de proteínas
(semejante al contenido proteico de la carne),
vitamina B12 (la mitad que en carnes y el triple
que en la leche de vaca) y hierro. |
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Miso: su obtención es
similar a la del tempeh. Las semillas de soja
se mezclan con arroz y cebada antes de ser fermentadas.
Se añade a sopas y salsas, una cucharilla
de café por cada taza de sopa. Rico en
proteínas. |
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Tamarí: salsa elaborada
con soja fermentada, trigo y sal marina, de sabor
intenso y rica en vitamina B12. Se emplea como
condimento para sopas y otros platos. |
¿Qué
es la germinación?
Proceso natural de obtención de alimentos
muy extendido en todo el mundo, la germinación
hace que las semillas de cereales y leguminosas aumenten
su valor nutricional.
Cuando
un grano cuenta con el agua, el oxígeno y el
calor necesario, germina para formar un nuevo ser
vivo, una planta que a su vez producirá nuevas
semillas. Cualquier semilla de leguminosa o grano
de cereal puede ser germinado; los más apreciados
por su textura y por el buen sabor de sus brotes son
los obtenidos de legumbres (soja verde, judía
mungo, alfalfa), cereales (trigo, cebada) y de berro,
rábano, calabaza, girasol, lino y sésamo.
Germinar
una semilla en nuestra propia casa Aunque se encuentran
productos germinados en establecimientos de alimentación
biológica y herbodietética, podemos
elaborarlos en nuestra propia casa, si seguimos estos
pasos:
Seleccionar
semillas apropiadas para ser consumidas germinadas,
en buenas condiciones higiénicas y de conservación.
Ponerlas a remojo en un frasco de vidrio (nunca de
metal) tapado con una tela fina. La cantidad de agua:
tres o cuatro veces superior al volumen de semillas.
Dejar reposar las semillas durante 12 horas en un
lugar oscuro y cálido.
Desechar el agua y lavar las semillas con agua tibia.
Enjuagarlas y cambiar el agua dos o tres veces al
día hasta que se vean los brotes (tardan de
dos a cinco días). Las semillas no germinadas
se han de tirar.
Alternativa
a la cocción de cereales y leguminosas
Los
granos de cereales y las leguminosas son alimentos
concentrados y, debido a su bajo contenido de agua
y su riqueza en hidratos de carbono complejos (almidón)
y proteínas, no pueden consumirse crudos. Se
cuecen en agua o se asan para facilitar su asimilación
por el organismo.
Se
trata, por tanto, de una especie de predigestión
que nuestro organismo por sí solo no puede
realizar. En cambio, los germinados se asemejan en
su valor nutritivo a frutas y verduras por su contenido
de agua y su riqueza en vitaminas y minerales, enzimas
y clorofila. Están ya predigeridos y se asimilan
muy bien por nuestro organismo. Por su composición,
estimulan los procesos digestivos, regeneran la flora
intestinal y son ricos en antioxidantes (vitamina
C y beta carotenos) y en ciertos minerales.
Aportan
muy pocas calorías, por lo que resultan de
utilidad en regímenes para controlar el peso
(los brotes de soja, por ejemplo, aportan tan solo
30 calorías por cada 100 gramos). Su consumo
se recomienda en casos de anemia (por su riqueza en
clorofila, que posee efectos antianémicos,
según algunos estudios) y también para
personas con el estómago delicado (las hay
que no toleran legumbres cocinadas pero que sí
sus germinados).
Además,
resultan sencillos de preparar, se comen tal cual,
crudos en ensalada, salteados, en tortillas o formando
parte de diversos platos cocinados, en cuyo caso se
recomienda añadirlos al final para que no pierdan
sus propiedades.
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