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100 gramos de spaghetti, con una cucharada de aceite
de oliva y otra de queso parmigiano rallado, tienen
250 calorías (el equivalente a dos yogures).
De quién era la culpa? De la salsa.
Alimento ecológico y Dietético.
Descalificada durante mucho tiempo con la famosa frase:
“las pastas engorda”, la pasta ha sido
hoy revalorizada como un excelente alimento que cubre
un amplio espectro de posibilidades nutricionales.
Nacidas a partir de un recurso fácilmente renovable
como es el trigo, su fabricación no genera
desechos que no sean aprovechables, admite (en el
caso de la pasta secada en casa) su conservación
por largos períodos sin necesidad de costosos
procesos técnicos como el frío. Aún
mucho más tiempo que en el freezer.
Desde un punto de vista de la composición química,
por cada 100 gramos, hay 75 % de hidratos de carbono,
13% de proteínas y 1% de grasa. Además,
hay fibra, sodio, calcio, hierro, fósforo,
potasio, vitamina B1, vitamina B2 y niacina.
La mayor riqueza de las pastas son los hidratos de
carbono, el aporte de proteínas es el gluten.
El gluten es la proteína de la pasta. En realidad
en la harina de trigo existen dos proteínas:
la gliadina y la glutenina. El agregado de agua y
el amasado hacen que aquellas dos proteínas
se unan y formen el gluten. Este elemento es el responsable
de la consistencia y elasticidad de la masa que no
se da con otras harinas.
En cuanto, a las grasas, las pastas no contiene colesterol,
ni triglicéridos. Además, los aceites
vegetales que se utilizan en las salsas disminuyen
el colesterol y en el caso particular del aceite de
oliva.
Otra de las ventajas que tiene la pasta, es que son
fácilmente digeribles y por su consistencia
y su neutralidad están especialmente indicadas
cuando hace falta un régimen blando.
En la actividad física, quienes realizan deportes
intensos y sobre todo competitivos, suelen consumir
grandes cantidades de pastas antes de las competencias,
porque son la fuente más importante y prolongada
de energía.
Cargaron
con la culpa de ser hipercalóricas y el plato
prohibido de los que estaban a dieta. Reivindicadas
y con justicia, hoy se instalan con gloria en menúes
light y energéticos.
100 gramos de spaghetti, con una cucharada de aceite
de oliva y otra de queso parmigiano rallado, tienen
250 calorías (el equivalente a dos yogures).
De quién era la culpa? De la salsa.
Milenarias y chinas,
llegaron a Occidente de la mano de Marco Polo y encontraron
en Italia su lugar en el mundo. Desde allí
ingresaron a los cinco continentes cargando con el
peso de sus calorías. Fue mérito de
la dieta mediterránea desmitificarlas: si se
acompañan con verduras, pescados y salsas sin
frituras, las pastas NO ENGORDAN.
Tips
inteligentes
- Usar aceite de oliva
para rehogar los vegetales o las carne.
- Condimentar con
hierbas frescas.
- Reemplazar el medio
graso por queso blanco y leche descremada en partes
iguales.
- Espolvorear con
queso rallado pero no más de una cucharadita
(tamaño de té) por porción.
- Emplear -preferentemente-
pasta sin relleno, de harina de gluten, considerando
100g por porción.
Categorias
y Forma de preparación
Hay dos categorías
principales: pastas hechas con agua y harina y pastas
hechas con huevo.
Es importante comprender las características
de cada una. Las pastas hechas con agua y harina usan
harina hecha de trigo durum (duro), una harina de
alto contenido de gluten, llamada en italiano semolina.
Esta categoría incluye pastas envasadas como
spaghetti, tubos y muchas de formas especiales. Son
firmes y van bien con salsas picantes y sabrosas y
con las que tienen una base de aceite de oliva. Estas
pastas se compran en negocios y son mejores cuando
se hacen en fábricas. La otra categoría
de pastas es la que se hace con harina y huevos, y
se las llama en general pastas caseras al huevo o
simplemente pastas caseras. Se hacen con una harina
de trigo blando, conocida en Italia como "00"
y en algún aspecto equivalente a la harina
común para todo propósito. La receta
para la masa varía según la región.
En Toscana, por ejemplo, se agregan un poco de aceite
de oliva y sal, y en Liguria se usa un poco de agua.
Pero en Emilia-Romagna, que es famosa por producir
las mejores pastas caseras y es el lugar de nacimiento
de los tagliatelle, tagliolini, lasagne y varias pastas
rellenas, la masa se hace usando sólo harina
y huevos y nada más (excepto espinaca o pasta
de tomate).
Las pastas al huevo son capaces de absorber salsas
con más facilidad que las de agua y harina.
Estas pastas se adaptan mejor a las salsas a base
de crema o mantequilla, y a salsas más suaves
que son compatibles con su delicada textura. Con salsas
en la que predomina el aceite de oliva, las pastas
al huevo absorben demasiado aceite y se vuelven resbaladizas
y pegajosas. Las pastas al huevo, a diferencia de
las pastas compradas en negocios, deben ser hechas
en casa. Las mejores pastas caseras son porosas, de
delicada textura y muy delgadas, un resultado que
puede alcanzar sólo amasando la masa a mano
y afinándola con un palo de amasar.
También pueden obtenerse muy buenas pastas
al huevo amasando con una máquina. En este
caso, hay que estar dispuesto a sacrificar parte de
la porosidad y la textura. Las llamadas pastas "frescas"
que se encuentran en los refrigeradores de los supermercados
y en los negocios de especialidades son las peores
pastas al huevo. Los fideos son generalmente demasiados
gruesos, la masa está hecha con semolina, que
es una harina demasiado dura para pastas al huevo,
y se hallan refrigeradas para que se las pueda llamar
"frescas".
El frío es el mayor enemigo de las pastas.
De hecho, se deben evitar los ingredientes fríos
o las superficies frías cuando se las hace,
y la mejor manera de conservarlas es dejar que se
sequen por completo y luego mantenerlas a temperatura
ambiente. No tiene ninguna importancia si las pastas
son "frescas" o no. No hay ninguna diferencia
apreciable entre las pastas usadas inmediatamente
después de hechas, mientras todavía
están húmedas, y las pastas que se han
secado por completo y han sido guardadas durante varias
semanas.
Si hay que comprar pastas al huevo, se deben buscar
los fideos envasados que han sido secados y enrollados
en nidos y controlar los ingredientes para asegurarse
de que esté hechos con huevo. La pasta es un
alimento muy saludable y los expertos en alimentación
sugieren comer diariamente al menos 100 gr. de pasta
porque de este modo, se da al organismo de un 14%
a un 18% de su necesidad energética. Ha sido
probado clínicamente que la pasta baja el grado
de colesterol en la sangre y favorece el funcionamiento
regular de la tiroide. La pasta, moderadamente condimentada,
puede ser incluida, también, en dietas de adelgazamiento.
De hecho, al aumentar de volumen durante la cocción
provoca saciedad manteniendo las calorías en
los límites permitidos.
La pasta es un energético muy rico y, como
tal, un alimento bastante nutritivo. Es algo que no
debe faltar en la dieta de aquellos que necesitan
una sobrealimentación, realizan ejercicio físico
o tienen una difícil digestión. Para
los niños es ideal porque su consumo garantiza
buena parte de las energías que necesitan,
además de ser muy apetecida por ellos debido
a las múltiples formas en que puede servirse
y la gran cantidad de figuras atractivas con que se
confecciona. Sin embargo, la pasta suele ser relegada
de muchas mesas debido a que dicen que engorda. Esto
es verdad hasta cierto punto ya que, en realidad,
todos los alimentos en exceso engordan. Hay que comerla
con moderación y no precisamente a diario.
Sólo estaría contraindicada en caso
de obesidad o diabetes. De hecho, lo ligero o pesado
de cualquier pasta dependerá de los condimentos
con que se sazone o de las salsas y aderezos con que
se acompañe. De esto dependerá también
su valor nutritivo: acompañada de carne, queso
y crema aporta proteína animal además
de calorías; acompañada de salsas de
tomate y otros vegetales se enriquece en vitaminas.
Tanto las pastas sencillas como las enriquecidas con
huevo u otros ingredientes tienen un gran poder nutritivo
. Los 100 gr. de pasta en crudo aportan un 14% de
proteínas, 4% de fibra y 67% de hidratos de
carbono, además de 54 mg. de potasio, 5 mg.
de sodio, 22 mg. de calcio, 144 mg. de fósforo,
38 mg. de magnesio y 1,6 mg. de hierro, cantidad esta
última que se duplica en el caso de la pasta
integral. También contiene vitaminas del grupo
B, PP y E.
Se trata de una fuente de energía de fácil
asimilación e imprescindible en la dieta de
personas que hacen deporte o tienen gran actividad
física. Su valor nutritivo es de 350 calorías
por 100 gr. de pasta en crudo, cantidad que puede
incrementarse notablemente con las salsas e ingredientes
que la acompañen. Hay dos pasos fundamentales
para el cocinero en cuanto a la elaboración
de la pasta: la selección y la cocción.
En cuanto a la selección de la pasta cruda,
simplemente hay que tener cuidado de que ésta
sea lo más amarillo-ámbar posible. Su
aspecto debe ser liso, brillante y uniforme, sin quebraduras.
Las pastas quebradizas pasaron generalmente por un
mal proceso de desecación o no son de grano
duro. Es quizás la cocción el punto
clave para obtener buenos resultados con la pasta.
Es, un punto clave, pero no por ello difícil.
Para cocinar bien la pasta, el agua tiene que ser
muy abundante, al menos un litro para cada 100 gr.
de pasta. La razón es simple: a mayor cantidad
de agua más rápidamente volverá
a hervir ésta después de la inmersión
de la pasta. Es preferible usar sal gorda de cocina
en vez de sal fina. La proporción aproximada
es de 7gr. por cada litro de agua. La pasta tiene
que ser echada en el agua en el momento de máxima
ebullición y mezclada enseguida. Una vez que
el agua vuelve a hervir, la cocción debe continuar
sin la tapa de la cazuela. El fuego debe ser alto
al principio. Una vez que la pasta está echada
y el agua ha vuelto a hervir se baja un poco la llama
y se continua la cocción a fuego medio. El
tiempo de cocción se calcula desde el momento
en el cual el agua vuelve a hervir (una vez echada
la pasta). La pasta, para que realmente esté
buena, tiene que estar hecha "al dente".
Es decir, sólo el tiempo necesario para que
se vuelva tierna. Para juzgar el tiempo de cocción
correcto, el único sistema seguro consiste
en ir probando, de tanto en tanto, un trocito. Transcurrido
el tiempo requerido en cada formato, la cocción
debe pararse inmediatamente, echando en la cazuela
un chorrito de agua fría. Finalmente, pasaremos
la pasta de la cazuela al colador y de ahí
a la bandeja. Para controlar si la pasta es de buena
calidad pondremos en un vaso un poco de agua de la
cocción y lo miraremos a contraluz.
Cuanto más limpia esté el agua, mejor
es la pasta. Si por algún motivo no se va a
usar la pasta hasta después de un tiempo de
haberla cocido, hay que mantenerla en agua fría,
pues de otra manera se secará. Para calentar
una pasta que esté guardada en remojo, hay
que ponerla a hervir en agua y, cuando haya alcanzado
pleno hervor, sumergir la pasta tan sólo unos
segundos. Apagar el fuego y volver a escurrir la pasta.
De cualquier forma, una buena pasta cocida debe tener
olor y sabor agradables y sus elementos no deben tener
quebraduras. El aumento de su volumen debe ser tres
veces en relación con la pasta cruda.
Un
poco de Historia
Nadie sabe en
realidad de dónde vino la pasta, o mejor dicho,
dónde apareció. Los napolitanos han
sostenido su paternidad e incluso le han inventado
leyendas muy imaginativas, pero poco verosímiles,
con el fin de apropiarsela más. Pero, aunque
seguramente los macarrones no nacieron en el sur de
Italia, es allí donde el arte de la pasta alcanzó
su mayor exquisitez.
Parece más probable
que la pasta haya sido un legado de la antigua China,
pues Marco Polo se refiere a ella. También
se populariza en Grecia, donde seguramente tomó
el conocido nombre de macarrón (de makros,
largo, y de makares, bienaventurados los difuntos,
en cuyo honor se preparaban platillos a base de pasta).
Muy probable es que
de Grecia haya llegado la pasta a Napoles que durante
algún tiempo fue colonia del imperio griego.
Ya en la historia moderna, la pasta es aceptada ampliamente
en España, sobre todo a partir del siglo XVI,
época del virreinato español en Napoles.
La palabra "Pasta" deriva
muy probablemente de un término griego que
significa "harina mezclada con líquido".
Más adelante vino a definir un alimento de
origen itálico, que los antiguos romanos llamaban
"lagano". Horacio, en sus sátiras,
describe el placer de volver a casa para comerse una
buena sopa de puerros y "lagano".
Del manual gastronómico
de Apicio aprendemos, además, que los romanos
ponían en algunas de sus recetas pasta troceada
para que la comida fuera más compacta. Por
otra parte, la cámara sepulcral de la famosa
tumba etrusca de Cerveteri, llamada "de los relieves",
lleva numerosas decoraciones que reproducen utensilios
domésticos entre los cuales varios de ellos
están destinados a cocinar, dar forma y cortar
la pasta. Por lo tanto, la pasta fresca era usada
y apreciada en Italia desde la época de los
etruscos y de los romanos. Con el pasar de los siglos,
la pasta siguió apareciendo en las mesas de
Italia con diferentes nombres. Por ejemplo, en el
1400 la pasta se llamaba "lasagna" y los
fabricantes de pasta "lasagnare". En el
1800 cambiaron de nombre y se llamaron "vermicellai".
Pero entre el 1400 y el 1800 entre "lasagne"
y "vermicelli" nacieron los "fidelli",
que eran hilos de pasta con forma cilíndrica.
De este modo los fabricantes de pasta también
se llamaron "fidellai". Por último,
muchos afirman que la pasta fue introducida en Italia
por primera vez en 1292 por Marco Polo. Sin embargo,
un documento notarial de 1279, que se conserva en
el archivo de Génova, desmiente esta creencia.
De hecho, en él se habla claramente de los
macarrones, testimoniando así la existencia
de la pasta en Italia antes de esa época. Los
sicilianos dicen que las inventaron, y brindan como
prueba la referencia a los "macarruni" en
la literatura, mientras que una escritora napolitana
de fines del siglo XIX, Matilde Serao, cuenta una
fábula que intenta designar a Nápoles
como el lugar donde la pasta hizo su primera aparición.
Escribió que en 1220 vivía en Nápoles
un mago llamado Chico. Rara vez salía de sus
habitaciones en el piso superior de la casa excepto
para ocasionales excursiones al mercado en busca de
diversas hierbas y tomates (Conseguir tomates fué
un buen truco de magia de parte de Chico, porque todos
en Europa tuvieron que esperar otros 400 años,
hasta que los europeos llegaran a América).
Pasaba sus días delante de un caldero burbujeante,
y sus noches revisando antiguos textos y manuscritos.
Después de muchos años, alcanzó
su meta. Se regocijó al saber que había
descubierto algo que contribuiría a la felicidad
de toda la gente.
Durante todo
ese tiempo, Jovanella, cuyo marido trabajaba en la
cocina del palacio del rey, había estado espiando
a Chico en todos sus movimientos desde el balcón
de su casa que daba a las habitaciones del mago. Cuando
finalmente descubrió el secreto, se lo contó
a su marido: "Ve a decirle al cocinero del rey
que he descubierto una nueva comida que merece ser
probada por su Majestad". Así, su marido
habló con el cocinero, que habló con
el mayordomo, que habló con un conde, que,
después de grandes deliberaciones, habló
con su Majestad, el rey, que estaba aburrido de su
comida, recibió con beneplácito la oportunidad
de probar algo diferente. Jovanella fué admitida
en la cocina real y comenzó a preparar lo que
había visto crear al mago. Combinó harina,
agua y huevos para formar una masa, que, con mucho
esfuerzo, estiró hasta que quedó tan
delgada como un pergamino. La cortó en tiras
y formó anillos, que dejó secar. Luego
cocinó cebollas, carne y tomates sobre fuego
muy lento durante largo rato hasta que formaron la
salsa. Cuando llegó el momento de comer, cocinó
la pasta en agua hirviendo, la coló y mezcló
con la salsa y con "el famoso queso de Parma".
El rey quedó tan impresionado por lo que ella
había hecho que le pregunto cómo había
logrado inventar algo tan notable.
Respondió
que un ángel se lo había revelado en
sueños. El rey ordenó que fuera cuantiosamente
recompensada por haber hecho una contribución
tan importante a la felicidad de la humanidad. Un
día, Chico sintió que el aroma de su
maravillosa invención, provenía de una
casa vecina. Incrédulo, preguntó qué
se estaba preparando. Se le dijo que un nuevo plato
maravilloso que un ángel había revelado
en sueños a una mujer. Con el corazón
destrozado, salió corriendo y no se volvió
a ver nunca más. Por otra parte, es muy probable
que de Grecia llegara la pasta a Nápoles que
durante algún tiempo fue colonia del imperio
griego. Ya en la historia moderna, la pasta es aceptada
ampliamente en España, sobre todo a partir
del siglo XVI, época del virreinato español
en Nápoles, de donde los españoles la
llevaron a su vez a tierras mexicanas
. Diversas formas de
pasta, de la gran variedad existente, fueron adaptadas,
pues, a la dieta mexicana. La nobleza de esa neutral
combinación a base de harina y huevo encontró
un acoplamiento perfecto con los ingredientes clásicos
de México, haciendo mestizo lo que en un principio
fue una aportación eminentemente europea. Cualquiera
fuera la forma en que aparecieron por primera vez,
los italianos han estado haciendo pastas durante siglos.
aunque se han procesado de muchas maneras diferentes
los ingredientes básicos siguen siendo los
mismos.
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