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Al crecer, las células grasas bloquean la circulación sanguínea, lo que impide una correcta oxigenación de los tejidos, y la circulación linfática, cuya misión es depurar nuestro organismo. Además, la presión que ejercen los líquidos estancados destroza los capilares que alimentan a las células adiposas y las libera del exceso de linfa. Por una cuestión hormonal, la celulitis se ensaña con más del 90% de las mujeres y no es patrimonio exclusivo de las gruesas. La progesterona potencia la acumulación de grasas, mientras que los estrógenos favorecen la retención de líquidos. A ello se suman las características del tejido adiposo femenino y su disposición vertical. La adolescencia, el síndrome premestrual, el embarazo y la menopausia son momentos críticos a la hora de desencadenarse. La herencia también juega su baza. Se distinguen tres tipos de celulitis. Una incipiente que resulta fácil combatir, otra blanda o flácida que se ve reforzada por malos hábitos, y la edematosa, que suele ir acompañada de dolores y cierta hinchazón. Sus lugares favoritos para instalarse son los muslos, morada de las clásicas y antiestéticas pistoleras; las nalgas, donde puede irrumpir con la adolescencia y se deja notar por su aspecto acolchado; el vientre, un espacio muy frecuentado por la celulitis a partir de los cuarenta años y cuya principal causa es el sedentarismo; el interior de las rodillas, donde aparece con la pubertad y resulta muy difícil de eliminar; el interior de los brazos, un terreno abonado durante el embarazo o tras un importante aumento de peso; y el cuello durante y después de la menopausia y que en el argot celulítico se denomina cuello de bisonte. Prevención y constancia Tampoco conviene pasarse con el azúcar y los dulces, sus calorías provocan un rápido acopio de grasa y dificultan la correcta absorción de las proteínas. Beber dos litros de agua al día y entre comidas viene al pelo para eliminar toxinas. No caiga en el error de desterrar las proteínas de su dieta, éstas deben cubrir el 15% de sus necesidades calóricas diarias. Ellas mantienen los músculos a tono, limitan la expansión de las células grasas y evitan la retención de líquidos. Se recomienda la asociación de proteínas de origen animal y vegetal; las combinaciones más saludables son: cereales-lácteos; patatas-lácteos; legumbres-pescado y pan-pescado. Las grasas que se hacen cargo del buen aspecto de la piel, nos ayudan a asimilar ciertas vitaminas. Elija siempre aquellas de origen vegetal como el aceite de oliva. Las legumbres también deben estar presentes, ya que limitan la absorción de azúcares y grasas y favorece la actividad intestinal. |
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