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El
hombre se dio cuenta rápidamente de la importancia
de las aves en su alimentación y comenzó
a domesticar aquellas que no podían volar. La avicultura
surge en varios lugares del planeta simultáneamente,
pero se dice que los pollos empezaron a domesticarse en
Asia hace más de cuatro milenios y que llegaron
a Europa a través del comercio con Persia.
La
intensidad en el consumo del pollo ha variado a lo largo
del tiempo, siendo la Edad Media un flaco periodo para
esta carne. Los aristócratas y cortesanos preferían
en esta época otras variedades como el capón
o la pularda, mucho más ricas en grasas. Sin
embargo, durante el siglo XVI volvería a ser
merecidamente apreciada. Es con la Revolución
Industrial cuando comienza la cría de pollo masiva
hasta llegar a nuestros días, en los que el pollo
es una de las carnes más baratas que podemos
encontrar en el mercado.
Diferentes
ejemplares y propiedades nutritivas
La
edad del pollo al ser sacrificado y su sexo determinan
la calidad de la carne y parte de su contenido nutricional.
Por ejemplo, el capón es un pollo muy típico
de la Navidad. Se trata de un macho castrado y sobrealimentado,
de unos tres kilos y que presenta gran cantidad de grasa
entreverada, de modo que resulta una carne muy sabrosa.
La pularda es otro ejemplo: un ejemplar hembra sobrealimentado,
con ocho meses de edad, con una carne muy apreciada
por su sabor.
La
gallina es la hembra vieja del pollo. Algunos consumidores
prefieren utilizar la gallina exclusivamente para guisos
y caldos, ya que su carne es muy grasa y fibrosa, aromática,
pero con peor textura. Otra diferencia apreciable a
la hora de elegir el producto en el mercado es si se
trata de pollo de corral o de granja. Estos últimos
se corresponden con ejemplares criados masivamente,
con precios muy asequibles. Los pollos rurales o de
corral se alimentan con grano, así que su carne
es mucho más sabrosa y tiene menos grasa.
Valor
nutricional
Dependiendo
de la pieza del pollo existen diferencias nutricionales.
La pechuga sin piel es la menos grasa, con menos del
1% en peso, y la parte del animal con menos colesterol.
Los muslos tienen menos proteínas que la pechuga
y el triple de grasa, así como las vísceras,
con cinco veces más de grasa. El hígado
tiene nueve veces más contenido en colesterol
que la pechuga.
La
carne roja no tiene más proteínas que
el pollo, aunque mucha gente crea lo contrario. Sus
aportes proteicos son similares. El pollo destaca por
su alto contenido en vitamina B3 y ácido fólico,
y aunque posee mayores cantidades de hierro y zinc,
la carne roja supera a la carne de pollo en niveles
de fósforo y potasio. Aunque las vísceras
administran importantes cantidades de colesterol, su
aporte mineral y vitamínico es altísimo,
sobre todo en vitaminas A, C, B12 y ácido fólico.
La
piel es otro factor esencial en el valor nutritivo del
pollo. 100 gramos de esta carne con piel aportan 167
calorías, 9,7 gramos de grasa y 110 mg de colesterol.
La misma cantidad de pollo sin piel tiene 112 calorías,
2,8 gr. de grasa y 96 mg. de colesterol. El contenido
en vitaminas y minerales, en cambio, es similar.
En
el mercado
Es
importante saber elegir en el mercado las mejores piezas
para cocinar. Podemos comprar los pollos enteros al
natural en la pollería o preparados para cocinar,
limpios, sin piel y con pocas vísceras (sólo
la molleja, el corazón y el hígado). Si
compramos sólo ciertas partes del pollo (pechuga,
muslos, alitas), la carne se conserva peor.
Un
buen pollo debe tener un color uniforme (blanco o ligeramente
amarillento -en este caso la pigmentación se
debe a que se ha alimentado con maíz-). La piel
no será pegajosa, los muslos estarán bien
provistos de carne y los ojos serán brillantes.
Manchas en la piel, la carne o el cuello son indicativos
de que la pieza no es fresca.
Al
llegar a casa, el pollo no se conservará en la
nevera más de dos días. Nada más
venir del mercado, lo mejor es retirar el plástico
y ponerle papel de aluminio para que aguante más
horas fresco y conserve su aroma. Cocinado podemos conservarlo
en el refrigerador hasta cuatro días. Si no se
va a cocinar nada más comprarlo, lo mejor es
congelar la carne.
En la cocina
El pollo es un alimento muy versátil que se presta
a multitud de preparaciones culinarias. La preparación
más sencilla y tal vez la que resalte más
su sabor, es el asado. El pollo admite todos los acompañamientos
imaginables, con verduras y hierbas aromáticas,
escabechados y en adobo.
Antes de cocinar un pollo, y una vez eviscerado, se
lo ha de lavar interna y externamente con agua potable.
Son tantas las formas de cocinar el pollo como gustos
regionales existen: entero o en piezas, frito, guisado,
estofado, a la plancha, asado al horno, al grill, con
espetón, al microondas, salteado y hervido.
El
despiece básico consiste en partir el ejemplar
a lo largo del esternón y separar el espinazo
cortando a ambos lados con el cuchillo. De esta forma
se obtienen las pechugas con las alas, que también
se pueden separar. A continuación, se separan
las patas cortando a la altura de la articulación
y, finalmente, se separa el muslo del contramuslo. La
pechuga es la parte más adecuada para la obtención
de filetes, y la podemos comprar entera o fileteada.
Resulta algo más seca que el muslo debido a que
contiene menos grasa.
En general, los ejemplares más jóvenes
resultan muy apropiados para ser cocinados al horno,
mientras que los de mayor edad precisan cocciones prolongadas
como guisos y estofados, para conseguir ablandar su
carne.
Para los caldos y sopas se suelen emplear las alas y
la carcasa. También se puede añadir el
caldo para dar gusto a la masa de croquetas de ave.
Es muy importante que la carne esté bien hecha,
de forma que se asegure la destrucción de la
salmonella, bacteria causante de la salmonelosis.
Igualmente, conviene tener en cuenta que el método
empleado influye en la cantidad de grasa final y por
tanto de calorías. Muchas veces las partes más
magras (pechugas) se suelen cocinar envueltas en lonchas
de tocino o rebozadas para que no pierdan jugosidad,
de modo que aumentan ostensiblemente las calorías
del plato.
Además
de su consumo directo, la carne de pollo se emplea en
la industria alimentaria para la elaboración
de diferentes derivados, como salchichas cocidas, pastas
finas tipo paté, rollos loncheables de carne
o platos precocinados.
Cocinar
con pollo
El
pollo asado es una de las formas más deliciosas
de comer esta carne. Es muy fácil de preparar
y se le pueden dar muchos aromas diferentes, dependiendo
de cómo rellenemos su interior: uvas, ciruelas,
frutos secos, limón, manzana, especias...
La
pechuga de pollo a la plancha es un plato fundamental
para hacer una dieta, ya que sus propiedades nutritivas
son muchas, pero tiene pocas calorías. El pollo
a la plancha troceado es un buen ingrediente para las
ensaladas y la piel, el cuello y los cuartos, son perfectos
para enriquecer caldos, consomés y sopas.
Otras
partes del pollo que son muy apreciadas son los muslos
y las alitas, perfectas como tapas y a la barbacoa.
Sin embargo, el pollo, tanto entero, como en partes,
admite recetas muy variadas: se puede guisar, freír
solo o empanado, hacer en salsa, al grill, estofado,
hervido e incluso salteado.
Con
el pollo se elaboran, además, muchos productos
derivados, entre ellos, hamburguesas, salchichas, patés,
fiambres y platos precocinados.
Criterios de calidad en la compra y conservación
La carne de pollo es de color blanco, aunque puede presentar
una tonalidad ligeramente amarillenta, lo que significa
que ha sido alimentado con maíz.
A la hora de la compra, se pueden encontrar diferentes
formas de presentación. Las aves comercializadas
para cocinar ya están evisceradas, aunque se
pueden adquirir limpias, conservado los mendulillos
(hígado, corazón y molleja).
Otra opción es adquirir piezas cárnicas
sueltas, aunque en este caso hay que tener en cuenta
que la carne es más perecedera que si se presenta
el ave entera y cubierta por la piel.
Un
buen ejemplar de pollo fresco debe presentar las patas
de un color amarillo claro, con escamas pequeñas,
y la piel no debe estar pegajosa, será bastante
lisa y tersa, de color uniforme y sin manchas. Debe
tener el cuello fuerte, los muslos gruesos y redondeados
y la pechuga ancha y rolliza. El ojo brillante y poco
hundido en la órbita. La presencia de reflejos
violetas o verdosos en la carne, el oscurecimiento del
extremo de las alas, así como la decoloración
verdosa alrededor del cuello, son claros síntomas
de que la carne no es muy fresca.
Podemos encontrar los pollos en las carnicerías
con cabeza y patas. El carnicero los suele guardar dos
o tres días para que desarrolle el sabor, antes
de ponerlos a la venta.
Una
vez en el hogar, se recomienda retirar en primer lugar
el plástico con el que frecuentemente se envuelven,
y sustituirlo por papel de aluminio, si no se va a preparar
inmediatamente. El pollo sin eviscerar se mantiene durante
poco más de 24 horas. Crudo y eviscerado no debe
permanecer más de dos días en la nevera.
Si está cocinado se puede guardar tres o cuatro
días, y si se congela, puede guardarse hasta
6 meses. El caparazón y las alas del pollo se
pueden congelar y ser utilizados en otra ocasión
para hacer caldos y sopas.
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