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Uno de los calificativos más empleados, de
modo incluso abusivo, a la hora de promocionar un
producto alimenticio es, sin lugar a duda, y especialmente
en los últimos años el de "natural".
Para muchas
personas, la adición del adjetivo "natural"
al nombre de un alimento o régimen de alimentación,
basta para dotarlo automáticamente de propiedades
de las que supuestamente carecen cuando no son objeto
de tal calificación. La realidad enseña,
sin embargo, que dichas propiedades sólo existen
en la imaginación de los creyentes en la llamada
"alimentación natural". La supuesta
superioridad de los denominados alimentos naturales
nunca ha podido ser científicamente documentada
y las propiedades arbitrariamente atribuidas a los
mismos son, muy frecuentemente, incompatibles con
los conocimientos generalmente admitidos en la actualidad.
Paradójicamente,
el mito de la alimentación natural consiste,
a fin de cuentas, en atribuir a los llamados "alimentos
naturales" propiedades que son, de hecho, sobrenaturales,
sin posible explicación racional. La pseudoetiqueta
"natural" hace pensar, a su vez, que es
inocuo para la salud y en este sentido basta recordar
que a Sócrates lo mataron los atenienses con
el jugo de una planta denominada cicuta y "naturalmente"
que se murió.
En un sentido estricto,
el calificativo "natural" sólo es
aplicable a aquello que se produce espontáneamente
sin la intervención de la mano del hombre.
Desde el comienzo de la agricultura y la domesticación
de animales, las especies vegetales y animales han
sido objeto de distintos métodos de cultivo
y crianza con objeto de aumentar su productividad
y de hacerlas más apetecibles, es decir, han
sido manipuladas. Estos hechos van del todo unidos
al proceso de civilización por lo que es absolutamente
impensable que la humanidad vuelva a alimentarse en
estos momentos con las plantas que crecen espontáneamente
y de animales salvajes. Y no estará de más
señalar que antes del comienzo de la agricultura,
la duración de la vida de la mitad de la especie
humana no pasaba de los 20 años y que el 90%
de los que pasaban de dicha edad no llegaban a los
40 años. Hoy en día la expectativa de
vida para la mujer supera los 80 años y para
el hombre los 73 (INE, 1993) lo que demuestra, en
contra de lo que se nos quiere hacer creer, que el
hombre primitivo distaba de vivir en condiciones ideales.
Por otra parte, no
todo lo que crece espontáneamente sin intervención
de la mano del hombre es adecuado para nuestra alimentación;
la propia naturaleza aporta sustancias tóxicas,
como ejemplo algunas setas que pueden ser venenosas.
La cassava, yuca o mandioca (Manihot esculenta) utilizada
como alimento en muchas regiones tropicales contiene
una sustancia que libera ácido cianhídrico,
sustancia muy tóxica que puede ser eliminada
moliendo la raíz de la planta o manteniéndola
en agua y secándola posteriormente. La cassava
natural es tóxica y deja de serlo cuando deja
de ser natural. Entre otras muchas sustancias tóxicas
conocidas y presentes en muchos alimentos que consumimos
con regularidad están: alcaloides tóxicos,
cianuros, arsénico en las patatas, algunas
de las cuales son especialmente tóxicas como
las aflatoxinas de los mohos a los que se les atribuye
ser los agentes cancerígenos más potentes
que conocemos.
Además, cuando
de alimentos se trata, el adjetivo "natural"
suele emplearse sin tener en cuenta el sujeto al que
se destina (Grande Covián, 1988): "Hace
años apareció en la prensa madrileña
una carta en defensa de la alimentación natural
firmada por un caballero de 86 años, quien
confesaba tener una excelente salud que él
atribuía a su alimentación con alimentos
"naturales" como la leche de vaca o los
huevos de gallina. No hay inconveniente en admitir
que la leche de vaca es el alimento destinado por
la naturaleza para la alimentación del ternero
durante la primera época de su vida y que el
huevo de gallina es el alimento destinado a la alimentación
del embrión de pollo, hasta que alcanza el
desarrollo necesario para romper el cascarón
y alimentarse por su cuenta. Pero es más difícil
aceptar que la leche de vaca o los huevos sean alimentos
destinados por la naturaleza para la alimentación
de un caballero octogenario que nos es evidentemente
ni un ternero ni un embrión de pollo. Esto
no quiere decir que por supuesto la leche de vaca
y los huevos de gallina no sean alimentos excelentes
para el hombre".
Hay al menos tres razones
para dudar que los alimentos generalmente consumidos
por el hombre sean "naturales" es decir,
hayan sido creados por la naturaleza, con el exclusivo
objeto de servir de alimentos a los miembros de nuestra
especie:
Con la excepción
de la leche materna para los 4-6 meses de la vida,
ninguno de los alimentos que nos sirven de sustento
posee las proporciones necesarias de los 50 nutrientes
esenciales para nuestra nutrición.
La casi totalidad de los alimentos que habitualmente
consumimos, contiene numerosas sustancias que no son
indispensables para nuestra nutrición. La patata,
por ejemplo, contiene unas 150 sustancias no nutritivas,
químicamente identificadas, algunas de las
cuales incluso pueden ser tóxicas, como la
solanina que aparece en la base de los brotes de las
patatas viejas. Sólo una tercera parte de ellas
desempeñan un papel conocido en los procesos
nutritivos.
Las especies vegetales y animales de las que proceden
nuestros alimentos estaban en el mundo millones de
años antes de que apareciesen en él
las primeras formas de vida humana.
Durante más de 2 millones de años, nuestros
antepasados se vieron obligados a cambiar repetidamente
de hábitos de alimentación, lo que demuestra,
la capacidad de nuestra especie para sobrevivir alimentándose
con las más variadas mezclas de los alimentos
a su alcance. Es erróneo creer que la dieta
consumida por el hombre primitivo en un determinado
momento debe ser considerada la dieta "natural",
con exclusión de todas las demás.
Por supuesto, los anteriores
comentarios están en la línea del pensamiento
evolutivo actual admitido por cualquier investigador
independientemente de sus creencias religiosas. Así,
tanto los pensadores cristianos como marxistas están
absolutamente de acuerdo en aceptar el proceso evolutivo
que explica de modo satisfactorio la aparición
entre especies y la aparición del hombre biológico,
así como los diferentes tipos de alimentación
en que éste supo encontrar la energía
y nutrientes que necesitaba para sobrevivir.
Muchas ideas de la
"alimentación natural" o naturismo,
se acercan mucho a las de los vegetarianos, así
sus defensores preconizan la eliminación total
del azúcar de caña que sutituyen por
azúcares más nutritivos como jarabes
de fruta, miel, arrope. Además, sugieren siempre
que sea posible la exclusión de los productos
animales, por ejemplo, cambiar las grasas animales
por animales vegetales.
Por otra parte, la
palabra "natural" se aplica para describir
cualquier alimento sin procesar. Desde hace más
de medio millón de años, la aplicación
del fuego para la cocción de los alimentos
permitió al hombre un cambio en sus hábitos
alimentarios. El antropólogo americano Carlton
Coon (1954) ha postulado que la cocción de
los alimentos puede haber sido un factor decisivo
en el tránsito de una forma de vida primariamente
animal a otra más propiamente humana. Pero
dado que en la cocción interviene la mano del
hombre, puede decirse con toda lógica que un
alimento cocido ha dejado de ser un alimento natural,
dando lugar a que los entusiastas de la alimentación
natural defiendan el consumo de alimentos crudos (crudívoros).
Según los crudívoros,
el fuego apareció hace 100.000 años
para modificar la estructura molecular de los alimentos,
desnaturalizándolos y destruyendo una gran
parte de las sustancias esenciales de la alimentación,
como vitaminas y enzimas. Los defensores del consumo
de alimentos crudos realizan, incluso, las siguientes
aseveraciones: "Al hacerse cocinero, el hombre
enfermó y acortó su existencia"
(lo que sabemos hoy en día que es completamente
falso). En este sentido, no se puede olvidar que el
consumo de alimentos crudos puede suponer un riesgo
para la salud especialmente por la facilidad de transmisión
de infecciones a través de los mismos.
La cocción sirve
también para eliminar otras sustancias potencialmente
tóxicas de los alimentos, como es el caso de
algunas leguminosas crudas que contienen hemaglutininas,
que producen aglutinación de los glóbulos
rojos. Para destruirlas es necesario una cocción
de al menos 10 minutos. Otros alimentos crudos contienen
sustancias que destruyen vitaminas, interfieren con
las enzimas digestivas. Así, el pescado crudo
contiene sustancias ¾antitiaminasas¾
que pueden interferir con la vitamina B1 o lesionar
la pared del intestino; incluso se han descrito casos
excepcionales de deficiencias de biotina por el consumo
de huevos crudos que contienen avidina que impide
su digestión.
Otro ejemplo para desmitificar
lo "natural" frente a los alimentos procesados
es el de la leche. ¿Consumir leche recién
ordeñada es más seguro que consumir
leche pasteurizada? Realmente no es cierto, por el
contrario, si consumimos leche cruda aumentamos las
probabilidades de desarrollar algunas enfermedades,
como fiebre de Malta (Brucellosos). Por otro lado,
habría que pensar por un momento lo que supondría
consumir los cereales o las legumbres crudos y no
como afortunadamente el hombre aprendió a hacerlo,
sometiéndolos a tratamientos térmicos
que no sólo incrementan su palatabilidad y
los hace más comestibles, sino que facilitan
extraordinariamente su biodisponibilidad.
Por tanto y, contrariamente
a la opinión popular, algunos alimentos procesados
pueden ser más seguros y son superiores en
su contenido y minerales a sus equivalentes sin procesar,
especialmente si el supuesto alimento fresco ha estado
conservado inapropiadamente.
Uno de los campos en
el que más se ha intentado contraponer el término
"natural" a "artificial", sinónimo
este último de sintético, es el de las
vitaminas. Es habitual creer que una vitamina obtenida
de una planta es superior a la misma vitamina obtenida
por síntesis en el laboratorio, olvidando así
que nuestro organismo es incapaz de distinguir una
vitamina de la otra, puesto que se trata de dos moléculas
iguales, con las mismas propiedades físicas,
químicas y biológicas. Además
no se puede olvidar que todas las vitaminas son compuestos
químicos ni tampoco que el hombre tiene un
digestivo y, así ni una naranja ni un comprimido
con vitamina C son absorbidos como tales, sino lo
único que es absorbido es la vitamina C, molécula
química y una vez en la sangre es imposible
diferenciar su procedencia (Whelan & Stare, 1977).
Dentro de los alimentos,
uno de los que con más frecuencia van acompañados
del adjetivo "natural" es el yogurt y otras
leches fermentadas. Estos son excelentes alimentos
con alta riqueza en calcio, proteína y un bajo
contenido en grasas (Moreiras y cols., 1995; Angulo
y cols., 1995) que no necesitan recurrir a propiedades
mágicas y que formando parte de una dieta variada
cumplen perfectamente con su cometido. El consumo
de yogurt en 1964 era casi inexistente, se adquiría
únicamente en farmacia y su uso se limitaba
a las personas con alteraciones intestinales, pero
actualmente, en la comunidad Autónoma de Madrid
el consumo de yogurt es de 19,4 g/día (Varela
y cols., 1995) y así se puede afirmar que durante
los últimos 30 años es uno de los alimentos
que con mayor fuerza se ha introducido en los hábitos
alimentarios de los españoles como un claro
ejemplo de la influencia de la publicidad en la elección
de los alimentos, pero al que por supuesto hay que
dismitificar de afirmaciones tales como que el "yogurt
alarga la vida" o "que el yogurt es la mejor
manera de tomar calcio".
Otra idea errónea
y muy extendida en el campo de los "naturistas"
es la que los aditivos son sustancias perjudiciales
para la salud. Hay que aclarar que los aditivos son
unas sustancias perfectamente utilizables que permiten
una mayor variedad en nuestros hábitos alimentarios.
Según el Código Alimentario Español
(capítulo XXXI, Sección 1ª. Art.
4.31.01) podemos definir aditivo como: "toda
sustancia que es intencionadamente añadida
a los alimentos y bebidas, sin propósito de
cambiar su valor nutritivo, a fin de modificar sus
caracteres, técnicas de elaboración
o conservación para mejorar su adaptación
al uso al que son destinados". Para ser aprobado
su uso, el balance de su utilización ha de
ser claramente positivo, por lo que la presencia de
un aditivo en un alimento, en la mayoría de
los casos, no está sólo justificada
sino que es conveniente.
De la propia definición
de aditivo, por tanto, podemos sacar varias conclusiones:
en primer lugar, y según esta misma definición,
los aditivos se añaden intencionadamente a
los alimentos con la finalidad de conseguir una mejora
tanto en la producción (modificando su color,
olor, sabor, textura), en la conservación (evitando
alteraciones biológicas o químicas)
o en el empleo de los alimentos. Debe quedar, por
tanto, del todo claro que los aditivos no tienen porque
ser productos nocivos, ya que su utilización
está permitida y controlada por las autoridades
sanitarias, y para que una sustancia pueda ser permitida
por la legislación como aditivo, entre otras
muchas condiciones, se establece que "su uso
esté exento de peligro para el consumidor".
Los distintos países, atendiendo a los datos
científicos disponibles y a las recomendaciones
del Codex Alimentarius, que recogen a su vez la FAO/OMS
(1990), fijan las listas permitidas de aditivios.
A su vez, la legislación española dispone
como obligatoria la declaración de los aditivos
añadidos a un alimento debiendo indicar el
tipo de los mismos y su número de identificación
para poder ser controlados (Reglamentación
Técnico Sanitaria Española, 1971)
Por otro lado, los
aditivos no deben producir ningún cambio en
el valor nutricional de los alimentos y, por tanto,
la idea que constantemente se quiere vender a través
de los medios de comunicación y de la publicidad
de ciertos productos de que los alimentos sin conservantes
u otros aditivios son más nutritivos, no es
cierta. Una de las condiciones que exige a los aditivos
alimentarios es "que no provoquen disminución
del valor nutritivo y que no impidan o retrasen la
acción de los enzimas digestivos" y por
supuesto, han sido probados experimentalmente en largos
y costosos ensayos en el que se demuestra su efecto
beneficioso (Villanua, 1985)
Otro aspecto que hoy
en día está adquiriendo muchísimo
interés en relación con la "alimentación
natural" es el de los llamados productos "ecológicos
o biológicos". Para que un producto pueda
ser comercializado como ecológico requiere
una serie de requisitos, estipulados de acuerdo con
la Normativa Europea: está prohibida la utilización
de hormonas, abonos inorgánicos, plaguicidas
y herbicidad compuestos por productos químicos
y, así, únicamente los abonos orgánicos,
como el humus se utilizan para estos cultivos.
Muchos de los defensores
de los productos ecológicos asumen que los
aditivos, contaminantes ambientales e incluso los
contaminantes de origen microbiano o de la propia
composición no están presentes en estos
productos. Es verdad que los residuos de pesticidas,
herbicidas y fungicidas pueden ser menores en estos
productos pero no existe ninguna garantía de
que no contengan otras sustancias potencialmente tóxicas
(microbios, toxinas naturales) (Jellife and Jellife,
1982). Así, contaminantes ambientales como
bifenil polibromados, bifenil policlorados y cetonas
pueden estar presentes. Contaminantes microbiológicos
como las esporas del "Clostridium Botulinum"
se han descubierto recientemente en miel producida
mediante cultivos "ecológicos (Andrews,
1979) y algunas de las toxinas, como es el caso de
las aflatoxinas de los mohos, que como ya se ha comentado
pueden aparecer como constituyentes tóxicos
de algunos alimentos "per se", tienen tanta
probabilidad de aparecer en un alimento ecológico
como en uno tradicional. Los fertilizantes procesados
pueden ser de tanta calidad y corregir deficiencias
nutricionales de la misma manera que los que proceden
del suelo cuando son correctamente utilizados.
Se puede afirmar con
certeza que hasta el momento no se ha podido demostrar
ninguna diferencia en el contenido de nutrientes de
estos productos en relación a los cultivos
tradicionales. Una manzana será una manzana
siempre y no es posible cambiar su contenido en nutrientes
simplemente variando su modo de crecimiento. Tampoco
se ha podido demostrar ningún efecto sobre
la salud e incluso algunos pueden presentar un mayor
riesgo de parasitosis.
Por supuesto que tampoco
existe ninguna razón para prohibir los alimentos
ecológicos pero es necesario saber y aclarar
que no suponen ninguna ventaja desde el punto de vista
nutricional ni son más saludables. Además,
hay que tenr en cuenta que algunos productos llevan
fraudulentamente la etiqueta de productos ecológicos
cuando en realidad no los son. A consecuencia de estos
posibles fraudes y de la gran expansión que
el mercado de productos "ecológicos"
está teniendo fraudes y de la gran expansión
que el mercado de productos "ecológicos"
está teniendo en nuestros días, se ha
hecho necesario la realización de un documento
normativo a nivel comunitario: Reglamento CEE nº
2092/91 del Consejo 24 de junio de 1991 (Carrera,
1995)
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