La sal tiene numerosas virtudes. Esta combinación
de sodio y cloro regula el equilibrio ácido-base
del organismo, mantiene la presión osmótica,
conserva la excitabilidad muscular y ayuda a la permeabilidad
celular.
Además, se utiliza para preservar los alimentos
de las bacterias culpables de la putrefacción,
abre el apetito y es imprescindible para quienes siguen
un régimen vegetariano estricto.
Sin embargo, a pesar de que es un elemento necesario
en la alimentación, el organismo humano sólo
lo necesita en cantidades ínfimas. Hay estudios
que aseguran que el organismo necesita una cantidad
de sal veinte veces inferior a la que habitualmente
se consume, que suele rondar los 5 gramos diarios.
Además, dicen, esta cantidad ya se encuentra
en la propia composición de los alientos en
su estado natural.
La
sal en sí no es perjudicial, pero en exceso
actúa como estimulante de las glándulas
suprarrenales y favorece la hipertensión, la
arterioesclerosis y la retención de agua de
los tejidos grasos. También daña a los
riñones, trastorna el equilibrio hormonal y,
aunque parezca mentira, crea adicción (pero
no muy fuerte).
La
alimentación con poca sal, o totalmente carente
de ella, está médicamente indicada para
prevenir o aliviar afecciones tan dispares como las
citadas, pero también puede ser importante
en períodos concretos como el embarazo. Hay
especialistas que en los últimos meses limitan
la ingestión de sal de la gestante a dos gramos
diarios porque, aseguran, con ello se facilita el
parto.
Sal
y obesidad
La lista no acaba ahí. También deben
estar muy atentos quienes velen por su físico.
El líquido acumulado en los tejidos del cuerpo
es una de las causas más frecuentes de obesidad,
y la eliminación de éste requiere la
escasez de la sal.
Si
no hay sal, no hay sed ni necesidad de beber agua,
así que el organismo recurrirá a quemar
tejidos propios para formar ese agua que ya no se
le aporta. Además, se orina mejor y se facilita
la circulación sanguínea, es decir que
también se frena la celulitis.
Menos
sal, más gusto
Eliminar este condimento de la alimentación
diaria no es tan fácil. Supone vigilar constantemente
la composición de los alimentos que nos disponemos
a ingerir. Erróneamente, con frecuencia cuando
se habla de una dieta baja o carente de sal se entiende
que basta con no añadir este condimento a la
comida.
Los
dietistas dicen que si se pasan dos semanas sin tomarla
el sentido del gusto se agudiza, pero aún así
uno de los principales problemas de estos regímenes
es que suelen ser mal aceptados por los pacientes.
La
sal de cocina se puede sustituir fácilmente
por otros aromatizantes naturales. El sabor de estos
puede introducir agradables variaciones en la condimentación
de las comidas: laurel, tomillo, limón, estragón,
romero,… Sólo hay que tener cuidado con
la mostaza; su contenido en sodio es muy elevado.
Además, la industria dietética pone
a disposición del rebelde paladar sales a base
de otros elementos (como el potasio o el magnesio)
que pueden suavizar el cambio.
Alimentos
que se deben evitar
Cuando los médicos lo indiquen también
deberán quedar fuera de la dieta los alimentos
que contengan cantidades importantes de cloruro sódico.
No importa si éste forma parte de la composición
natural, como en la leche, o si ha sido añadido
en los procesos de elaboración, como sucede
con el pan o el queso.
El
pan, incluso el blanco, deberá sustituirse
por pan de régimen integral sin sal, y la leche
por leche vegetal. Los pescados de mar deben cambiarse
por los de agua dulce y habrá que olvidarse
de embutidos, mariscos, escabeches, conservas y animales
de caza.
Conviene
saber que, entre las carnes, la de conejo es la que
contiene menos sal y que la pechuga de las aves acumula
menos sal que el muslo. Ojo también con las
verduras. Por ejemplo, las zanahorias contienen dos
veces más sal que las coliflores.
CONTENIDO EN SODIO DE LOS ALIMENTOS
Uno de los principales componentes de la sal es el
sodio, de modo que para evitar los perjuicios de la
sal en los alimentos hay que saber en qué proporciones
podemos encontrarlo. Por ejemplo, por cada 100 gramos
de pan, ya sea blanco o integral se ingieren hasta
600 miligramos de sodio.
Tras
el pan, los alimentos más ricos en este minera
son los lácteos. El queso Gruyère llega
a los 220 miligramos y la mantequilla alcanza los
120. La mayoría de las carnes y pescados rondan
entre los 80 y los 95 miligramos; 96 el bacalao fresco,
87 el hígado de ternera, 80 el buey y la trucha,
75 el pollo…
Los
alimentos que menor cantidad de sodio aportan son
las frutas y verduras. Aunque hay excepciones como
las espinacas o las setas (con 84 y 70 miligramos
respectivamente) y las alcachofas, la lechuga, las
zanahorias, los higos secos y las uvas (que contienen
entre 30 y 40), lo habitual en estos productos es
que no superen ni los dos miligramos: los guisantes
tienen 0,9, las judías verdes 1,2, las patatas
0,8, las cerezas 2, las manzanas 1 y los plátanos
1.
Entre
los dulces no se puede establecer una regla fija:
el azúcar refinado no llega a los 0,4 miligramos,
mientras que el chocolate alcanza los 96. La miel
y las confituras se quedan en mitad de la tabla con
5 y 13, respectivamente.
SAL
MARINA Y SAL REFINADA
La
sal marina, obtenida directamente de las salinas,
es, a pesar de su color gris, más sana y completa
que la refinada que se emplea para condimentar la
comida. La sal de mesa es más seca debido a
la incorporación de fosfato de cal. La marina
se puede encontrar en establecimientos dedicados a
la dietética.
En
estas tiendas también se pueden comprar sales
a las que se han añadido especias o extractos
de vegetales que sustituyen al cloruro sódico
y consiguen un aroma más apetecible para el
paladar. Estos compuestos son muy resistentes al calor
y se pueden añadir a los alimentos antes de
cocinarlos.
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